26 de noviembre - San Silvestre Gozzolini
San Silvestre Gozzolini
Carácter indomable fue el de San Silvestre, gloria de Osimo.
Su padre, Gislerio, hombre noble y de mucho prestigio en toda la comarca de Ancona, le envió primero a Padua y después a Bolonia para estudiar la jurisprudencia, que entonces y siempre ha sido utilísimo instrumento para labrarse una posición hermosa en el mundo.
Más que hacia el mundo, su espíritu se encaminaba hacia Dios; y por eso, en vez de la ciencia del mundo, se dedicó a estudiar la teología, que es la ciencia de Dios.
Se hizo sacerdote, y después le dieron una canonjía en Osimo, y predicaba y buscaba las ovejas extraviadas de Cristo; y hablaba con amor a los pobres y a los humildes, y con fortaleza a los soberbios y a los poderosos.
Fue un día Silvestre al entierro de un pariente suyo, que había sido un hombre muy celebrado por su belleza. Pero la muerte había destruido aquello que fue el orgullo de su vida. Silvestre no pudo ver un rastro siquiera de su tez rosada, de la viveza de sus ojos, de sus formas intachables.
Este espectáculo encierra siempre una profunda lección. Las almas delicadas la comprenden. El canónigo de Osimo la comprendió también, como la comprenderá más tarde el duque de Gandía. Desde aquel instante se le clavaron a Silvestre en el corazón aquellas, palabras que había leído en el sarcófago de San Pedro Damiano: Lo que tú eres, yo lo fui; lo que yo soy, tú lo serás.
Esa inteligencia iluminó el alma del joven clérigo como un relámpago. Otro relámpago fue para él aquella sentencia de Cristo. Silvestre dejó la canonjía, salió de la ciudad y se fue a buscar a Cristo en el desierto. Y allí vio pasar la gloria de Dios.
El Fano es un monte cuya cresta verde se divisa entre nubes desde la cercana ciudad de Fabriano; es el monte donde se abrió el Cielo a los ojos de Silvestre. Tenía frecuentes coloquios con los que habitan San Silvestre Gozzolini. Los santos venían a visitarlo, rodeados de claridad, entre el silencio oscuro de la noche.
En verdad que aquél era un siglo de generosidades. Silvestre levanto para sus compañeros un monasterio, que se llamó de Monte Fano, y les dio una túnica azul, un ceñidor azul y un escapulario azul. Al monasterio de Monte Fano siguieron otros muchos de hombres y mujeres, todas las fundaciones debían estar sujetas a las de Monte Fano, y los superiores serían temporales, perdiendo el título de abad.
El abad feudal de aquella época feudal era un gran dignatario, que representaba riqueza, pompa, preeminencia social, y Silvestre estaba enamorado de la sencillez, de la pobreza, del silencio.