cicloC 2La Sagrada Escritura ha sido dividida, desde el Concilio Vaticano II, en tres ciclos completos de lecturas, de tal manera que quien asistiera a Misa todos los días, durante tres años seguidos, conseguiría escuchar casi toda la Palabra de Dios.

ADVIENTO
NAVIDAD
TIEMPO ORDINARIO
CUARESMA
SEMANA SANTA
PASCUA

 

ADVIENTO


Primera Semana
Domingo Verán al Hijo del hombre con gran poder y gloria. Lucas 21, 25-28. 34-36.
Lunes El siervo del centurión. Mateo 8, 5-11
Martes Has revelado grandes cosas a los pequeños. Lucas 10, 21-24.
Miércoles Segunda multiplicación. Mateo 15, 29-37.
Jueves Edificar la casa sobre roca. Mateo 7, 21. 24-27.
Viernes Y se les abrieron sus ojos. Mateo 9, 27-31.
Sábado Misión de los discípulos. Mateo 9, 35. 10, 1. 6-8.

Segunda Semana
Domingo Preparando el Nacimiento . Lucas 3,1-6.
Lunes Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Lucas 5, 17-26.
Martes La oveja descarriada. Mateo 18, 12-14.
Miércoles Vengan a mí todos los que están fatigados. Mateo 11, 28-30.
Jueves Juan Bautista, el precursor Mateo 11, 11-15.
Viernes Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado. Mateo 11, 16-19.
Sábado Les aseguro que no lo reconocieron. Mateo 17, 10-13.

Tercera Semana
Domingo Adviento, la espera de la alegría. Lucas 3,10-18.
Lunes ¿Con qué autoridad haces esto?. Mateo 21, 23-27.
Martes El cumplimiento de la Voluntad de Dios. Mateo 21, 28-32.
Miércoles Anuncien a todos lo que han visto y oido. Lucas 7, 19-23.
Jueves Envío mi mensajero delante de ti, para prepar tu camino Lucas 7, 24-30.
Viernes Juan era la lámpara que ardía y brillaba Juan 5, 33-36.
Día 17 Diciembre Genealogía del Salvador. Mateo 1, 1-17.
Día 18 Diciembre Anuncio del ángel a José. Mateo 1, 18-24.
Día 19 Diciembre Anunciación del Precursor. Lucas 1, 5-25.
Día 20 Diciembre La Anunciación de Jesús. Lucas 1, 26-38.
Día 21 Diciembre Visita de la Virgen a Isabel. Lucas 1, 39-45.
Cuarto Domingo de Adviento Preparando el Nacimiento con María. Lucas 1, 39-45.
Día 22 Diciembre El Magníficat. Lucas 1, 46-56.
Día 23 Diciembre Nacimiento Juan Bautista. Lucas 1, 57-66.
Día 24 Diciembre Dios redime a su pueblo. Lucas 1, 67-79.

 

NAVIDAD


Día 26 Diciembre "No se preocupen". Mateo 10,17-22.
Día 27 Diciembre Pedro y Juan en el sepulcro. Juan 20, 2-8.
Día 28 Diciembre Los Santos Inocentes. Mateo 2, 13-18.
Día 29 Diciembre Presentación en el templo. Lucas 2, 22-35.
Día 30 Diciembre En el Templo con la profetisa Ana. Lucas 2, 36-40.
Día 31 Diciembre La Palabra se hizo carne. Juan 1, 1-18.
Día 2 Enero Primer testimonio de Juan. Juan 1, 19-28.
Día 3 Enero Segundo testimonio de Juan. Juan 1, 29-34.
Día 4 Enero Los discípulos de Juan. Juan 1, 35-42.
Día 5 Enero Vocación de Felipe y Natanael. Juan 1, 43-51.
Segundo Domingo después Navidad Epifanía Mateo 2, 1-12.
Día 7 Enero Jesús predica en Galilea. Mateo 4, 12-17. 23-25.
Día 8 Enero Multiplicación de los panes. Marcos 6, 34-44.
Día 9 Enero Jesús camina por el mar. Marcos 6, 45-52.
Día 10 Enero Jesús en la sinagoga. Lucas 4, 14-22.
Día 11 Enero Curación de un leproso. Lucas 5, 12-16.
Día 12 Enero Tercer testimonio de Juan. Juan 3, 22-30.

 

CUARESMA


Miércoles de Ceniza Tu Padre que está en lo secreto. Mateo 6, 1-6. 16-18.
Jueves Su alguno quiere venir en pos de mí. Lucas 9, 22-25.
Viernes ¿Por qué tus discípulos no ayunan?. Mateo 9, 14-15.
Sábado No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Lucas 5, 27-32.

1o. Semana de Cuaresma
Domingo El demonio ¿Sólo un mito?. Lucas 4, 1-13.
Lunes El juicio final. Marcos 25, 31-46.
Martes Jesús nos enseña a orar. Mateo 6, 7-15.
Miércoles La muchedumbre pide una señal. Lucas 11, 29-32.
Jueves Eficacia de la oración. Mateo 7, 7-12.
Viernes Perdón de las ofensas. Mateo 5, 20-26.
Sábado El amor a los enemigos. Mateo 5, 43-48.

2o. Semana de Cuaresma
Domingo La Transfiguración. Lucas 9, 28-36.
Lunes No juzguen y no serán juzgados. Lucas 6, 36-38.
Martes Escribas y fariseos hipócritas. Mateo 23, 1-12.
Miércoles Tercer anuncio de Pasión. Mateo 20, 17-28.
Jueves El rico Epulón y el pobre Lázaro. Lucas 16, 19-31.
Viernes Parábola de los viñadores infieles. Mateo 21, 33-43. 45-46.
Sábado Parábola del hijo pródigo. Lucas 15, 1-3. 11-32.

3o. Semana de Cuaresma
Domingo Invitar a la penitencia. Lucas 13, 1-9.
Lunes Jesús en Nazaret. Lucas 4, 24-30.
Martes El perdón de las ofensas. Mateo 18, 21-35.
Miércoles Jesús ante la Ley. Mateo 5, 17-19. Mateo 5, 17-19.
Jueves El poder sobre los demonios. Lucas 11, 14-23.
Viernes El primer precepto. Marcos 12, 28-34.
Sábado El fariseo y el publicano. Lucas 18, 9-14.

4o. Semana de Cuaresma
Domingo Parábola del hijo pródigo. Lucas 15, 1-3. 11-32.
Lunes Regreso a Galilea. Juan 4, 43-54.
Martes Curación de un paralítico. Juan 5, 1-3. 5-16.
Miércoles El Hijo actua en unión con el Padre. Juan 5, 17-30.
Jueves Testimonio del Hijo. Juan 5, 31-47.
Viernes Origen divino del Mesías. Juan 7, 1-2. 10. 25-30.
Sábado Diversos pareceres sobre Jesús. Juan 7, 40-53.

5o. Semana de Cuaresma
Domingo La mujer adúltera. Juan 8, 1-11.
Lunes Jesús, luz del mundo. Juan 8, 12-20.
Martes Yo no soy de éste mundo. Juan 8, 21-30.
Miércoles La verdad os hará libres. Juan 8, 31-42.
Jueves Es mi Padre quien me glorifica. Juan 8, 51-59.
Viernes Las obras buenas vienen de mi Padre. Juan 10,31-42.
Sábado Conviene que uno muera por todos. Juan 11, 45-56.

 

 

SEMANA SANTA


Domingo de Ramos. Lucas 22, 14-23.56.
Lunes Santo El arrepentimiento de María Magdalena. Juan 12, 1-11.
Martes Santo Anuncio de la traición. Juan 13, 21-33. 36-38.
Miércoles Santo La traición de Judas. Mateo 26, 14-25.

 

 

PASCUA


Triduo Pascual
Jueves Santo Lavatorio de los pies. Juan 13, 1-15.
Viernes Santo Prisión de Jesús. Juan 18, 1-40. 19, 1-42.
Sábado Santo La mañana de Pascua. Marcos 16, 1-7.

 

1o. Semana de Pascua
Domingo de Resurrección. Juan 20, 1-9.
Lunes La mañana de Pascua. Mateo 28, 8-15.
Martes Jesús se aparece a María Magdalena. Juan 20, 11-18.
Miércoles En el camino de Emaús. Lucas 24, 13-35.
Jueves Aparición de Jesús a los discípulos. Lucas 24, 35-48.
Viernes Tercera aparición a los discípulos. Juan 21, 1-14.
Sábado Apariciones de Jesús a sus discípulos. Marcos 16, 9-15.

2o. Semana de Pascua
Domingo Tú también te llamas Tomás. Juan 20, 19-31.
Lunes Visita de Nicodemo. Juan 3, 1-8.
Martes Visita a Nicodemo. Juan 3, 7-15.
Miércoles Dios mandó a su Hijo para salvar al mundo. Juan 3, 16-21.
Jueves Tercer testimonio de Juan. Luan 3, 31-36.
Viernes Multiplicación de los panes. Juan 6, 1-15.
Sábado Jesús camina sobre el agua. Juan 6, 16-21.

3o. Semana de Pascua
Domingo Jesús resucitado con sus discípulos. Juan 21, 1-19.
Lunes La muchedumbre en busca de Jesús. Juan 6, 22-29.
Martes Creer en Jesucristo. Juan 6, 30-35.
Miércoles Yo soy el Pan de Vida. Juan 6, 35-40.
Jueves Si comes este pan, vivirás para siempre. Juan 6, 44-51.
Viernes El Pan Eucarístico. Juan 6, 52-59.
Sábado Señor, tienes palabras de vida eterna. Juan 6, 60-69.

4o. Semana de Pascua
Domingo La historia el Pastor y las ovejas. Juan 10, 27-30.
Lunes El Pastor y el rebaño. Juan 10, 1-10.
Martes Jesús uno con su Padre. Juan 10, 22-30.
Miércoles Necesidad de creer en Jesús. Juan 12, 44-50.
Jueves Si me conoces a mi, conoces al Padre. Juan 13, 16-20.
Viernes Jesús nos prepara una morada. Juan 14, 1-6.
Sábado Muestranos al Padre. Juan 14, 7-14.

5o. Semana de Pascua
Domingo La novedad de este mandamiento. Juan 13, 31-33. 34-35.
Lunes Voy a mandar al Espíritu Santo. Juan 14, 21-26.
Martes Jesús da la paz a sus discípulos. Juan 14, 27-31.
Miércoles Yo soy la vid verdadera. Juan 15, 1-8.
Jueves El gozo de Jesús. Juan 15, 9-11.
Viernes Los discípulos, amigos de Jesús. Juan 15, 12-17.
Sábado Odio del mundo contra Jesús y los suyos. Juan 15, 18-21.

6o. Semana de Pascua
Domingo La tristeza de una despedida. Juan 14, 23-29.
Lunes Anuncio sobre lo que ha de pasar. Juan 15, 26. 16,4.
Martes La promesa del Espíritu Santo. Juan 16, 5-11.
Miércoles Hasta la verdad completa. Juan 16, 12-15.
Jueves El gozo tras la tristeza. Juan 16, 16-20.
Viernes La existencia de la vida eterna. Juan 16, 20-23.
Sábado Pedid y recibireis. Juan 16, 23-28.

7o. Semana de Pascua
Domingo de la Ascensión. La Ascensión. Lucas 24, 46-53
Lunes Yo he vencido al mundo. Juan 16,29-33.
Martes Jesús ora al Padre por sí mismo. Juan 7, 1-11.
Miércoles Jesús ruega al Padre por sus discípulos. Juan 17, 11-19.
Jueves Ruega por todos los creyentes. Juan 17, 20-26.
Viernes La triple negación de Pedro. Juan 21, 15-19.
Sábado El discípulo amado. Juan 21, 20-25.

 

 

TIEMPO ORDINARIO


1o. Semana
Domingo La maravilla de ser hijos de Dios. Lucas 3, 15-16. 21-22.
Lunes Venid conmigo y os haré pescadores de hombres . Marcos 1, 14-20.
Martes Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen . Marcos 1, 21-28.
Miércoles Curación suegra de Pedro. Marcos 1, 29-39.
Jueves Curación de un leproso. Marcos 1, 40-45.
Viernes Curación paralítico. Marcos 2, 1-12.
Sábado Vocación de Mateo. Marcos 2, 13-17.

2o. Semana
Domingo Las bodas de Caná. Juan 2, 1-12.
Lunes Discípulos de Juan no ayunan. Marcos 2, 18-22.
Martes La observancia del sábado. Marcos 2, 23-28.
Miércoles Curación de un enfermo en sábado. Marcos 3, 1-6.
Jueves Predicación y curación de enfermos. Marcos 3, 7-12.
Viernes Elección de los doce apóstoles. Marcos 3, 13-19.
Sábado Jesús predica el Evangelio. Marcos 3, 20-21.

3o. Semana
Domingo El Espíritu está sobre mí. Lucas 1,1-4. 4,14-21.
Lunes Pecado contra el Espíritu Santo. Marcos 3, 22-30.
Martes ¿Quiénes son mi madre y hermanos?. Marcos 3, 31-35.
Miércoles Parábola del sembrador. Marcos 4, 1-20.
Jueves Dar a conocer el Reino de Dios. Marcos 4, 21-25.
Viernes La semilla que crece. Marcos 4, 26-34.
Sábado La tempestad calmada. Marcos 4, 35-40.

4o. Semana
Domingo Jesús en Nazaret. Lucas 4, 21-30.
Lunes Curación de un poseído. Marcos 5, 1-20.
Martes Curación de enfermos por su fe. Marcos 5, 21-43.
Miércoles Ninguno es profeta en su tierra. Marcos 6, 1-6.
Jueves La misión de los apóstoles. Marcos 6, 7-13.
Viernes Muerte de Juan el Bautista. Marcos 6, 14-29.
Sábado Como ovejas sin pastor. Marcos 6, 30-34.

5o. Semana
Domingo La pesca milagrosa. Lucas 5,1-11.
Lunes Jesús en Genesaret. Marcos 6, 53-56.
Martes Las tradiciones de los fariseos. Marcos 7, 1-13.
Miércoles La verdadera pureza. Marcos 7, 14-23.
Jueves La mujer cananea. Marcos 7, 24-30.
Viernes Curación de un sordo y tartamudo. Marcos 7, 31-37.
Sábado Segunda multiplicación de los panes. Marcos 8, 1-10.

6o. Semana
Domingo Las bienaventuranzas. Lucas 6,17. 20-26.
Lunes Los fariseos piden una señal. Marcos 8, 11-13.
Martes ¿Aún no entendeis?. Marcos 8, 14-21.
Miércoles Curación de un ciego. Marcos 8, 22-26.
Jueves Confesión de Pedro. Marcos 8, 27-33.
Viernes Condiciones para seguir a Jesús. Marcos 8, 34-39.
Sábado La Transfiguración de Jesús. Marcos 9, 2-13.

7o. Semana
Domingo El amor hacia los enemigos. Lucas 6, 27-38.
Lunes Curación de un epiléptico. Marcos 9, 14-29.
Martes El primero es el último de todos. Marcos 9, 30-37.
Miércoles Invocación del nombre de Jesús. Marcos 9, 38-40.
Jueves Ustedes son la sal del mundo. Marcos 9, 40-49.
Viernes La cuestión del divorcio. Marcos 10, 1-12.
Sábado Jesús y los niños. Marcos 10, 13-16.

8o. Semana
Domingo. Lucas 6, 39-45.
Lunes El peligro de las riquezas. Marcos 10, 17-27.
Martes Recompensa a los que dejan todo. Marcos 10, 28-31.
Miércoles Petición de los discípulos. Marcos 10, 32-45.
Jueves Ciego de Nacimiento. Marcos 10, 46-52.
Viernes Marcos 11, 11-26.
Sábado Los poderes de Jesús. Marcos 11, 27-33.

9o. Semana
Domingo. Lucas 7, 1-10.
Lunes Parábola de los viñadores. Marcos 12, 1-12.
Martes El tributo al Cesar. Marcos 12, 13-17.
Miércoles Acerca de la resurrección. Marcos 12, 18-27.
Jueves Ama a tu prójimo. Marcos 12, 28-34.
Viernes Origen del Mesias. Marcos 12, 35-37.
Sábado Generosidad de la viuda. Marcos 12, 38-44.

10o. Semana
Domingo.
Lunes Las bienaventurazas. Mateo 5, 1-12.
Martes Misión de los discípulos en la tierra. Mateo 5, 13-16.
Miércoles Jesús ante la ley antigua. Mateo 5, 17-19.
Jueves Perdón de las ofensas. Mateo 5, 20-26
Viernes Declaración del sexto precepto. Mateo 5, 27-32.
Sábado Declaración del segundo precepto. Mateo 5, 33-37.

11o. Semana
Domingo La pecadora arrepentida. Lucas 7, 36. 8,3.
Lunes Ojo por ojo, diente por diente. Mateo 5, 38-42.
Martes El amor a los enemigos. Mateo 5, 43-48.
Miércoles Rectitud de intención. Mateo 6, 1-6. 16-18.
Jueves Dios sabe lo que necesitamos. Mateo 6, 7-15.
Viernes Acumular riquezas en el cielo. Mateo 6, 19-23.
Sábado Dios y las riquezas. Mateo 6, 24-34.

12o. Semana
Domingo Una encuesta, un compromiso, un misterio. Lucas 9, 18-24.
Lunes El juicio sobre los otros. Mateo 7, 1-5.
Martes La Ley de la Caridad. Mateo 7,6. 12-14.
Miércoles Falsos profetas. Mateo 7, 15-20.
Jueves Casa construida sobre roca. Mateo 7, 21-29.
Viernes Curación de un leproso. Mateo 8, 1-4.
Sábado El siervo del centurión. Mateo 8, 5-17.

13o. Semana
Domingo Jesús ¿Radical o intolerante? Lucas 9, 51-62.
Lunes Condiciones para seguir a Jesús. Mateo 8, 18-22.
Martes Jesús duerme en la barca. Mateo 8, 23-27.
Miércoles Curación de dos endemoniados. Mateo 8, 28-34.
Jueves Curación del paralítico. Mateo 9, 1-8.
Viernes Los sanos no necesitan médico. Mateo 9, 9-13.
Sábado Vino nuevo en odres nuevos. Mateo 9, 14-17.

14o. Semana
Domingo ¿Yo también puedo ser misionero? Lucas 10, 1-12. 17-20.
Lunes La resurrección de una niña. Mateo 9, 18-26.
Martes Curación de un mudo. Mateo 9, 32-38.
Miércoles Misión y poderes a los doce. Mateo 10, 1-7.
Jueves Instrucción a los doce. Mateo 10, 7-15.
Viernes Nueva instrucción a los apóstoles. Mateo 10, 16-23.
Sábado Más instrucciones a los apóstoles. Mateo 10, 24-33.

15o. Semana
Domingo ¿Quién es buen samaritano? Lucas 10, 25-37.
Lunes No he venido a traer paz. Mateo 10, 34-42. 11,1.
Martes Amenaza a las ciudades infieles. Mateo 11, 20-24.
Miércoles Acción de gracias al Padre. Mateo 11, 25-27.
Jueves Manso y humilde de corazón. Mateo 11, 28-30.
Viernes Quiero misericordia y no sacrificio. Mateo 12, 1-8.
Sábado Mansedumbre del Mesias. Mateo 12, 14-21.

16o. Semana
Domingo La sabiduría de la hermana mayor. Lucas 10, 38-42.
Lunes El juicio de los fariseos. Mateo 12, 38-42.
Martes Los parientes de Jesús.Mateo 12, 46-50.
Miercoles El Sembrador. Mateo 13, 1-9.
Jueves El sentido de las parábolas. Mateo 13, 10-17.
Viernes Explicación de la parábola. Mateo 13, 18-23.
Sábado El trigo y la cizaña. Mateo 13, 24-30.

17o. Semana
Domingo Parábola del amigo inoportuno. Lucas 11, 1-13.
Lunes El grano de mostaza. Mateo 13, 31-35.
Martes La semilla y la cizaña. Mateo 13, 36-43.
Miércoles Parábolas del tesoro y la perla. Mareo 13, 44-46.
Jueves Parábola de la red. Mateo 13, 47-53.
Viernes Nadie es profeta en su tierra. Mateo 13, 54-58.
Sábado Muerte de Juan el Bautista. Mateo 14, 1-12.

18o. Semana
Domingo ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma. Lucas 12, 13-21.
Lunes La multiplicación de los panes. Mateo 14, 13-21.
Martes Jesús camina sobre las aguas. Mateo 14, 22-36.
Miércoles Mujer que grande es tu fe. Mateo 15, 21-28.
Jueves La confesión de Pedro. Mateo 16 13-23.
Viernes Seguir a Cristo. Mateo 16, 24-28.
Sábado El endemoniado epiléptico. Mateo 17, 14-20.

19o. Semana
Domingo La vigilancia del hombre sabio. Lucas 12, 32-48.
Lunes El tributo de templo. Mateo 17, 22-27.
Martes El más grande en el cielo. Mateo 18, 1-5. 10, 12-14.
Miércoles Todo lo que ates en la tierra. Mateo 18, 15-20.
Jueves Setenta veces siete. Mateo 18,21 19,1.
Viernes Lo que Dios unió. Mateo 19, 3-12.
Sábado Jesús bendice a los niños. Mateo 19, 13-15.

20o. Semana
Domingo He venido a traer fuego a la tierra. Lucas 12, 49-53.
Lunes El joven rico. Mateo 19, 16-22.
Martes La renuncia de los apóstoles y su premio. Mateo 19, 23-30.
Miércoles Parábola de los trabajadores de la viña. Mateo 20, 1-16.
Jueves Parábola del banquete nupcial. Mateo 22, 1-14.
Viernes Amarás a Dios con todo tu corazón. Mateo 22, 34-40.
Sábado Escribas y fariseos. Mateo 23, 1-12.

21o. Semana
Domingo ¡Entrad por la puerta estrecha! Lucas 13, 22-30.
Lunes Maldiciones contra escribas y fariseos. Mateo 23, 13-22.
Martes El encuentro con Natanael. Mateo 23, 23-26.
Miércoles Sepulcros blanqueados. Mateo 23, 27-32.
Jueves ¡Estad en vela!. Mateo 24, 42-51.
Viernes Parábola de las diez vírgenes. Mateo 25, 1-13.
Sábado Parábola de los talentos. Mateo 25, 14-30.

22o. Semana
Domingo ¿Máscara o pavoreal?. Lucas 14,1. 7-14.
Lunes Jesús en Nazaret. Lucas 4, 16-30.
Martes En la sinagoga de Cafarnaum. Lucas 4, 31-37.
Miércoles Curación de la suegra de Pedro. Lucas 4, 38-44.
Jueves La pesca milagrosa.
Viernes Los discípulos y el ayuno. Lucas 5, 32-39.

 

26o. Semana
Domingo El rico y Lázaro.Lucas 16, 19-31.Lucas 16, 19-31.


Lunes Cuidado con la avaricia. Lucas 12, 13-21.
Martes Necesidad de vigilancia. Lucas 12, 35-38.
Miércoles Fiel a la voluntad de Dios. Lucas 12, 39-48.
Jueves No he venido a traer paz. Lucas 12, 49-53.
Viernes Signos de los tiempos. Lucas 12, 54-59.
Sábado La higuera estéril. Lucas 13, 1-9.

30o. Semana
Domingo ¿Fariseo o publicano? Lucas 18, 9-14.
Lunes Una curación en sábado. Lucas 13, 10-17.
Martes La semilla de mostaza y la levadura. Lucas 13, 18-21.
Miércoles La puerta estrecha. Lucas 13, 22-30.
Jueves Herodes quiere matarle. Lucas 13, 31-35.
Viernes Jesús cura en sábado. Lucas 14, 1-6.
Sábado Invitación a la humildad. Lucas 14, 1. 7-11.

31o. Semana
Domingo Un "pez gordo". Lucas 19, 1-10.
Lunes Elección de los invitados. Lucas 14, 12-14.
Martes Los invitados se excusan. Lucas 14, 15-24.
Miércoles Renunciar a todo. Lucas 14, 25-33.
Jueves La oveja perdida. Lucas 15, 1-10.
Viernes El administrador astuto. Lucas 16, 1-8.
Sábado Buen uso de las riquezas. Lucas 16, 9-15.

32o. Semana
Domingo¡Dios de vivos! Lucas 20, 27-38.
Lunes Fe como un grano de mostaza. Lucas 17, 1-6.
Martes Siervos inútiles ante el Señor. Lucas 17, 7-10.
Miércoles Curación de diez leprosos. Lucas 17, 11-19.
Jueves El Reino de Dios entre nosotros. Lucas 17, 20-25.
Viernes Venida del Reino de Dios. Lucas 17, 26-37.
Sábado Parábola del juez corrupto. Lucas 18, 1-8.

33o. Semana
Domingo¿Cuándo llegará el fin del mundo? Lucas 21, 5-19.
Lunes El ciego de Jericó. Lucas 18, 35-43.
Martes Conversión de Zaqueo. Lucas 19, 1-10.
Miércoles Parábola de los talentos. Lucas 19, 11-28.
Jueves Jesús llora sobre Jerusalén. Lucas 19, 41-44.
Viernes Expulsión de los mercaderes.Lucas 19, 45-48.
Sábado La resurrección de los muertos. Lucas 20, 27-40.

34o. Semana
Domingo Cristo Rey Un Rey "perdedor" Lucas 23, 35-43.
Lunes La viuda de las dos monedas. Lucas 21, 1-4.
Martes La hermosura del templo. Lucas 21, 5-11.
Miércoles Persecución de los discípulos. Lucas 21, 12-19.
Jueves La ruina de Jerusalén. Lucas 21, 20-28.
Viernes Señales de la proximidad del Reino. Lucas 21, 29-33.
Sábado Estad siempre alertas. Lucas 21, 34-36.

 

 

 

Dom Santísima Trinidad ciclo C

Juan 16:12-15  Descargar PDF

12 Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello.
13 Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.
14 El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.
15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.

 

Para comprender la Palabra

La fiesta de hoy nos ayuda a mirar el misterio del Dios en quien creemos y que celebramos: La maravilla de Dios Padre, como fuente y origen de la salvación; el amor admirable de Jesucristo, revelado en su Pascua; y, la obra permanente del Espíritu, conduciendo a su Iglesia, a través de los tiempos, hacia la verdad entera de Cristo. Este domingo, por tanto, dentro del tiempo ordinario es como una especie de visión sintética y retrospectiva de la Cincuentena pascual.

Nuestro texto pertenece al testamento o despedida de Jesús, se alude cuatro veces a vocablos como “decir”, “anunciar”, “comunicar”. El elemento básico de esta perícopa es la comunicación entre Dios (Trino) y los hombres. Es comunicación centrada en la persona de Jesucristo. En él, en efecto, Dios se ha comunicado personalmente con el hombre. Porque él mismo es comunión y comunicación. El origen está en el Padre, que se vale del Hijo hecho hombre, pero ahora que ha regresado al lugar desde donde había salido, se vale del Espíritu para continuar su obra de amor. Del Padre arranca la revelación, que la da toda entera al Hijo hecho hombre y perdura por la acción del Espíritu en quienes han acogido y continúan acogiendo, ahora y aquí, a la Palabra de verdad de Jesucristo. Es más, hoy, en el Espíritu y por Él, la Iglesia conoce la revelación que Jesucristo ha traído del Padre, penetra en ella y profundiza en ella (Cf. 14,26; 15,26)

¿Cuándo estuvieron los discípulos más cerca del maestro, cuando escuchando directamente su palabra no la comprendía o cuando ya no estando Jesús entre ellos comprendieron lo que su Maestro les había comunicado?. Es el Espíritu el que conduce a la verdad “completa” no se refiere cuantitativamente sino cualitativamente, o sea, que el Espíritu nos conduce a una comprensión en profundidad, a una penetración del misterio de la persona de Cristo y de su obra, del sentido de la muerte, del sentido universalista de su misión salvadora... Todo esto no podía ser comprendido por los discípulos. Es el Espíritu Santo que engendra en el creyente una nueva inteligencia; es la inteligencia de la fe, que es capaz de percibir el misterio de Dios y descubrir el sentido que tienen el mundo y los acontecimientos de la historia. Quien descubre a Dios en la historia propia y en la de la humanidad se ve guiado por el Espíritu, porque Dios se ha manifestado en el acontecimiento principal de la historia, el de Jesús.

El Espíritu será quien glorifique a Jesús, porque gracias a la luz del Espíritu, los discípulos podrán comprender que la humillación de Cristo, su muerte, fue el principio de la exaltación, de la “elevación” hacia el Padre. Les llevaría a la comprensión total de lo que, durante el ministerio terreno de Jesús permaneció oculto.

El Espíritu les recordará lo que Jesús ha enseñado. Él es “memoria Christi”. Pero no se trata el Espíritu de la memoria literal. Les hará comprender el anuncio de Jesús de forma nueva a la luz de los nuevos acontecimientos y situaciones. Les ayudará a sacar de aquel anuncio nuevas riquezas y significados. Y esto, con el fin de que el Evangelio sea no un texto venerable y arqueológico, sino una luz para el presente. No será sólo Espíritu del recuerdo y de la nueva comprensión, sino también el Espíritu de la intervención. Él nos sugiere lo que debemos decir y vivir. Los discípulos no hemos recibido el Evangelio como si fuese una cualidad estática cual joya o regalo de cumpleaños. Poseemos, en cambio, una especie de código genético según el cual él va creciendo en nosotros de forma que seamos espirituales, esto es, creyentes que asumen y ordenan todo en la caridad hasta alcanzar la estatura de Cristo.

Para escuchar la Palabra
Jesús dice que el Espíritu vendrá a continuar la labor y la enseñanza suya. Ha de continuar hablando donde Jesús optó callar y abriéndoles a la verdad, les guiará hacia ella. El Espíritu es viático y guía, compañero de camino y líder de la Iglesia hasta que el Señor vuelva. ¿Cómo es mi atención y reconocimiento a la presencia del Espíritu?, ¿Crezco en el conocimiento de Jesús en mi vida por mi docilidad a su acción en mí? Jesús ha puesto a nuestra disposición la prueba de ese amor de Dios, su Espíritu que es todo lo que de Dios nos ha dejado, para que, dejándonos conducir por él, nos guíe hacia Dios. De nada nos vale creer en Dios, Padre, Hijo y Espíritu, si no nos reconocemos hijos, hermanos y templos de ese Dios Trino por la fuerza del Espíritu.

Conoceremos mejor a nuestro Dios, cuanto más nos reconozcamos amados por Él: quien sabe que su entraña es el Amor, quien se siente entrañablemente querido por Dios, desentraña el ser de Dios. No hay otra forma honrada de situarse ante el misterio más que respetarlo y admirarlo en el silencio y la adoración. ¿Con cuál Dios me dirijo cuando realizo mi oración?, ¿En qué Dios me confío? ¿Qué tipo de familia o comunidad me invita a construir la fe en la Trinidad? ¿He quedado admirado y agradecido de la naturaleza tripersonal de Dios?

Para orar con la Palabra
¡Qué gran regalo nos comunicaste Señor!, ¡Qué magnífico forma de invitarnos y posibilitarnos vivir en comunión por siempre contigo y tu Padre Dios! Nuestras palabras estarán pobres ante la grandeza de tu don. Tú fuiste quien, ante nuestra limitación en la comprensión de la verdad que nos revelaste, pensaste en que fuéramos introducidos mejor en ella, siendo guiados a la verdad plena; tú fuiste quien quisiste que conozcamos tus íntimos secretos; tú, que previste que se nos anunciará las cosas que van a suceder; tú, que deseabas ser glorificado (manifestado); tú, quien posibilitaste la comunión al compartirnos lo tuyo y lo del Padre.

¡De verás, qué amor tan grande manifestado! ¡Y qué compromiso tan especial! Señor, que no abuse de tu amor; que no lo relativice y desaproveche, que no sea indiferente o duro contra de él. Que sabiéndome agraciado viva agradeciéndote; que sabiéndome guiado sepa guiar; habiéndome dado lo más propio tuyo, me apropie viviendo en comunión contigo y tu Padre.



 

 

Pentecostes cicloC

Juan 20:19-23  Descargar PDF

19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»
20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.
21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»
22 Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.
23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

 

 

Para comprender la Palabra
Juan coloca la comunicación del Espíritu en la tarde del mismo día de la Resurrección. Nuestro texto es llamado “Pentecostés del cuarto evangelio”. No establece un plazo de tiempo entre la Pascua y la venida del Espíritu, ni tampoco sitúa esta venida en el marco de la fiesta de Pentecostés. No siendo crónicas cada evangelista tiene su perspectiva teológica. Juan está interesado en mostrar la estrecha relación que existe entre la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu como aspectos complementarios de la misma realidad.

“Estando cerradas las puertas” indica el poder del Resucitado para vencer todo impedimento y al ponerse en medio de ellos. Los discípulos quedan libres del miedo y de la tristeza. El reconocimiento de Jesús es para la Iglesia primitiva un medio expresivo del hecho profundo y trascendente de que el Resucitado se encuentra con los discípulos y es el mismo Jesús con quien habían convivido antes de su pasión. El saludo de paz de Jesús y la certeza de que es él, el crucificado y traspasado, hacen que el miedo deje paso a la alegría. Y el saludo pascual es el ofrecimiento de la “Paz”, que es un bien espiritual, un don interior que se deja sentir externamente. La paz que el Señor resucitado trae a los discípulos de parte de Dios, debe acompañarlos en su misión y demostrar al mundo lo que es la verdadera paz.

Y tras el envío sigue la donación del Espíritu. La señal externa no es el viento impetuoso o llamas de fuego como Hechos sino por el mismo aliento vital del Resucitado que “sopla” sobre sus discípulos (gesto que Dios hizo al crear al ser humano – Gen 2, 7 -). El don del Espíritu hace de los discípulos personas recreadas, los libera de su vieja condición de “encerrados” y los prepara para asumir nuevos desafíos. es el acto de insuflar unido a las palabras “Recibid el Espíritu Santo”. Íntimamente ligado Espíritu y misión. Jesús envía a los suyos como él ha sido enviado por el Padre, pero no los deja solos, sino que les entrega el Espíritu para que puedan llevar a cabo su misión. Sin la garantía de ese Espíritu, la comunidad no hubiera superado sus “miedos” y la Iglesia quizás no se hubiera puesto en marcha.

La donación del Espíritu a los discípulos no es un “relato sorpresa” como inesperado dentro de la trama del evangelio de Juan. Ya Jesús lo había prometido repetidamente a sus discípulos durante su despedida en la última cena (Cf. Jn 14, 15.26; 15, 26; 16, 7-15). Este acontecimiento de comunicación del Espíritu no es algo que pertenece sólo al pasado. El Espíritu continúa vivo y sigue manifestándose en nuestro mundo, en personas y situaciones concretas.

Para que aparezca la vida tiene que ser removida la muerte. El don del Espíritu se comunica como poder contra el pecado. Este fue el poder que Jesús comunicó a sus discípulos. La absolución de los pecados es un don y encargo del Señor resucitado. Nuestra misión como discípulos del Resucitado no es otra que la reconciliación universal y para ello contamos con su misma fuerza. Los signos de la presencia permanente de Jesús en la Iglesia son el don de la paz y la recepción del Espíritu. Y así como Jesús ha sido consagrado para traer la salvación del Padre, ahora los discípulos con la Paz y el Espíritu son consagrados para que la lleven a todo el mundo. Existe, pues,una relación entre recibir el Espíritu y ser enviados por el Hijo. La misión actual tiene el modelo y fundamento en la misión del Hijo por el Padre.

Para escuchar la Palabra
El nuevo Hombre da la misión a sus discípulos de ser nuevos hombres y de hacer nueva a la humanidad, dándoles su Espíritu. Se los impone y lo posibilita. Los discípulos reciben el aliento del Resucitado y el mandato de perdonar en su nombre y con su poder. Vivir para el perdón es vivir de la resurrección, es vivir con su mismo Espíritu; vivir perdonando es ser nuevo hombre, que ha muerto al pecado y vive para ofrecer vida a los demás. ¿Por qué mis durezas para el perdón al hermano?

Los discípulos pasaron del miedo a la alegría al ver al resucitado en medio de ellos. Él eligió a unos discípulos asustadizos como apóstoles. No hay miedos, ni cobardías o traiciones que nos libren de la tarea de ser sus enviados al mundo. Jesús sacó a sus discípulos de su casa y de sus miedos, de su encierro y de su pusilanimidad y los lanzó al mundo. ¿Experimento su presencia, acojo su paz y me sé enviado como ministro de paz y perdón? Jesús resucitado quiere hacernos hombres nuevos, testigos fehacientes de la fuerza de su resurrección, resucitando en nosotros la alegría del testimonio y la tarea de representarlo.

El resucitado “sopló” sobre los discípulos su aliento personal, su fuerza interior, su Espíritu, haciendo posible su renacimiento. Encerrados en nosotros y alimentando miedos, poco testimonio damos de la acción del Espíritu. Empequeñecemos el Espíritu de Jesús a base de no atrevernos a ser audaces en la vivencia diaria de nuestra fe Más de algún destinatario al verlo se ha de cuestionar: “¿Por qué iba a ser entusiasmante una vida de fe, que no logra entusiasmar a cuantos dicen vivirla?” El mejor argumento que tenemos para convencer al mundo de que Cristo ha resucitado y que es posible vivir de una nueva forma es viviendo dóciles al Espíritu que hemos recibido en el perdón sincero. Quien puede perdonar a quien le ha ofendido, ha recuperado la paz interior y tiene el Espíritu de Jesús. La alegría de vivir pertenece a quien sabe ser tan generoso como para echar en olvido las ofensas.

Para orar con la Palabra
No es la hora del miedo y la soledad. No es el tiempo de la dispersión. No es el momento de hacer los caminos en solitario. No es la época de la uniformidad. No es el instante de la pregunta sin salida. No son los días de desesperar. Es la hora del Espíritu. Es la hora de la comunión. Es el tiempo de la verdad. Es la llegada de la libertad. Es la hora de quienes tienen oídos para oír. Es la hora de quienes tienen corazón de carne y no de piedra. Es el tiempo de los que adoran en Espíritu y Verdad. Es el tiempo de los que creen y esperan. Es el tiempo para los que se quieran hacer nuevos. Es el tiempo para los que quieran hacer lo nuevo. Es ahora cuando todo es posible. Es ahora cuando el Reino está en marcha. Es ahora cuando merece la pena no volverse atrás. Es ahora cuando podemos darnos la mano. Es ahora cuando la voz grita. Es ahora cuando los profetas tienen que gritar. Es ahora cuando los miedosos no tienen nada que hacer. Es ahora cuando nuestra fuerza es el Señor. Es ahora cuando el Espíritu del Señor está sobre nosotros. Es ahora el tiempo del Espíritu. Es ahora cuando los creyentes pueden proclamar: "Me ha enviado a proclamar la paz y la alegría". Hoy, Señor, es mi hora.

 




 

Dom Asencion cicloC

Lucas 24:46-53  Descargar PDF

46 y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día
47 y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén.
48 Vosotros sois testigos de estas cosas.
49 «Mirad, y voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto.»
50 Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo.
51 Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
52 Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo,
53 y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.

 

Para comprender la Palabra

La narración de la Ascensión de Jesús a los cielos es, para san Lucas, el culmen del itinerario de Jesús y el paso entre el “tiempo de Jesús” y el “tiempo de la Iglesia”, inaugurada con el don prometido por el Resucitado. La Ascensión significa la exaltación de Jesús a la derecha del Padre, verdad confesada en el símbolo apostólico. Este misterio señala la tensión en la que entra la comunidad de los discípulos: una tensión entre la ausencia del Señor y, al mismo tiempo, su presencia. Con la Ascensión se cierra el tiempo de las apariciones y se muestra la hondura de la pascua. Jesús, que ha caminado con los hombres, se ha convertido en meta de la marcha de la historia. Su mensaje ha trascendido los caminos de la tierra y se presenta como un don que sobrepasa todas nuestras ansias... Desde Dios, la realidad de Jesús se presenta como hondura y raíz, fundamento, verdad y meta de la vida de los hombres.

Hay semejanzas y diferencias entre la primera lectura Hech 1, 1-11 y nuestro texto evangélico (se repiten temas como: la enseñanza, el Espíritu, la permanencia en Jerusalén, el testimonio, la subida al cielo). Y es que estos textos son como una “bisagra” que une el final del evangelio de Lucas con el principio de Hechos de los Apóstoles. La última instrucción del Señor resucitado a sus discípulos vuelve a insistir en la explicación de lo acontecido a la luz de las Escrituras, la misión al mundo para predicar la conversión y la renovación de la promesa del Espíritu. Antes de dejarlos, Jesús deja amaestrados a sus discípulos y les deja lo que daba sentido a su vida: su propio espíritu y la misión universal. Al poner estas instrucciones, Lucas, prepara al lector para leer y comprender la segunda parte de su obra – Hechos de los Apóstoles -, a la vez que conecta la historia de las primeras comunidades cristianas con Jesucristo.

La comunidad mira al Señor que asciende (evoca pasajes de Elías y Eliseo), como comunidad profética que hereda el Espíritu de Jesús para continuar su misión. “Aquello que fue visible en nuestro Redentor, ha pasado ahora a los sacramentos (León Magno). La imagen para describir la Ascensión no puede ser entendida literalmente. Se basa en unas coordenadas espaciales que, como lo sabemos hoy, no responden a planteamientos científicos (el cielo, morada de Dios, está arriba). En realidad, Jesús resucitado no ocupa un lugar físico ni se encuentra en ninguna de las dimensiones que nosotros conocemos. Utilizando una forma de escribir propia del lenguaje religioso de la época, el evangelista nos quiere decir que Jesús está con el Padre, que vive la misma vida de Dios. Culminada su tarea en este mundo, ha entrado en la “gloria” e inaugura un nuevo modo de presencia entre los suyos.

Jesús se presenta como sumo sacerdote que ofrece la bendición sobre el pueblo (inspirada en Eclo 50,20-24, aunque con la diferencia de que es fuera del templo, en Betania), produciendo en éste, alegría y paz. El lugar a donde regresan y se reúnen será Jerusalén, desde donde partirá el anuncio de la muerte y resurrección del Señor. Los discípulos se postran ante el Resucitado. Es la forma de decir que lo reconocen como Dios y Señor, que lo adoran como tal. Luego vuelven a Jerusalén, el lugar donde han de esperar al Espíritu, y lo hacen “rebosantes de alegría”, un sentimiento que para Lucas es signo de la llegada definitiva de la salvación. Por último, los discípulos en espera del Espíritu se mantienen unidos en la oración.

Para escuchar la Palabra
¿He caído en la cuenta de que con la Ascensión de Jesús celebro su ausencia física en nuestro mundo? Subiendo al cielo Jesús culminó su paso por la tierra: tras nacer y crecer como un hombre, tras convivir con los hombres y predicarles el Reino de Dios, tras morir por todos los hombres y dejarse ver de algunos elegidos, Jesús se separó de ellos dejándolos solos en el mundo. Pero antes los instruyó desde la palabra y les dijo: “Ustedes son mis testigos”. Él me ha dejado la encomienda de representarlo. No tengo derecho a creerme abandonado ni puedo soportar que a nuestro alrededor se le dé por perdido. Estoy llamado al testimonio. Recibí una encomienda muy específica. ¿Hasta qué punto soy memoria viva de su presencia y de su intervención en favor de la humanidad? ¿Soy capaz de iluminar desde la Escritura el misterio de mi Señor, siendo testigo de su amor?

La ausencia física de Jesús no supone la privación de su Espíritu: quienes tienen la tarea de representarlo en el mundo tendrán también la asistencia de su fuerza interior. Alejándose de los discípulos, el Señor dejó una misión difícil y su fuerza interior. La alegría de vivir y una vida ocupada en el testimonio y la oración son los frutos de quienes esperan el Espíritu de Jesús. No estoy solo: tengo una tarea y cuento con su mismo Espíritu. Y el mundo me espera, aunque no lo diga, porque espera una razón para vivir y la fuerza. Ambas las ha dejado el Señor antes de partir. ¿Cómo he respondido a ello? Por mi forma de vivir mi vida de discípulo, ¿Dejo entrever que gozo de la presencia del Espíritu y el compromiso de ser su testigo en el mundo?, ¿Qué aporte realizo en el mundo que el Señor me confió?

Para orar con la Palabra
Te fuiste, Señor, al seno del Padre, habiendo cumplido tu misión en la tierra. Nos has dejado solos pero no abandonados. No te vemos, pero no estás ausente. Ya has concluido tu misión y sigues enviando a representarte. Ya estás plenificado y eres comunicador del Espíritu. Una tarea y tu misma fuerza has querido compartirnos antes de partir. Nos has instruido y confiado el mundo. Habiéndonos iluminado el sentido de los acontecimientos, nos has confiado ser tus testigos. Es el tiempo de dejarnos mover por tu Espíritu. Es tiempo de la profecía y de la misión. Perdona mis cobardías y negligencias, mis contribuciones por crear más ausencia que presencia tuya en el mundo. Señor, reconociéndote exaltado dame fuerza para comprometerme a ser tu testigo en el contacto con tu palabra y en la unidad comunitaria. Que, habiendo sido iluminado por tu Espíritu y Palabra, ilumine la vida de tantos hermanos nuestros. Y que, cumpliendo tu misión, experimente tu Espíritu de amor, tus cuidados y atenciones.




 

IV Dom Pascua cicloC

Juan 10, 27-30  Descargar PDF

27 Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen.
28 Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.
29 El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre.
30 Yo y el Padre somos uno.»

 

Para comprender la Palabra

 

El contexto del evangelio de hoy es la fiesta de la Dedicación, que duraba ocho días y consistía en conmemorar la purificación y dedicación del templo de Jerusalén realizada por Judas Macabeo, después de la profanación del templo por Antíoco IV Epífanes. El evangelista suele colocar en torno a una fiesta judía una controversia de Jesús con los judíos incrédulos.

Presentándose Jesús como Buen Pastor, describe a continuación las relaciones inseparables y de profunda interioridad que le unen con sus ovejas y con Dios su Padre.

En las palabras, sobre sí mismo, Jesús refleja su solicitud por los suyos: los conoce, les es familiar, y está unido con ellos, les otorga vida y las guarda (A diferencia del pastor mercenario). Mientras tanto, a la incredulidad de los judíos opone Jesús el comportamiento de sus ovejas. Los discípulos se sienten unidos por la escucha y el seguimiento a Jesús, su Pastor. Este es el criterio para vivir en la comunión de Jesús con el Padre.

Las ovejas (los cristianos) no deben tener miedo, en ningún lugar están más seguras que en las manos de Jesús pastor (10,28) y en las de su Padre: nadie podrá arrebatárselas de sus manos. Aquí resuena la convicción joánica de la unión de la comunidad con Jesús, su único Pastor.

El poder protector de Jesús es el Padre, que es mayor que el de cuantos amenazan al rebaño de Jesús. “Las almas están en las manos de Dios “ (Sab 3,1) y nadie es capaz de librar a quien sea de la mano de Dios (Is 43,13). El Padre guarda del maligno (17,15).

Jesús pone de relieve su unidad con el Padre, su actuación conforme a la voluntad y designio del Padre. Esta unidad del Hijo con el Padre, unidad de poder y acción, se convierte en la oración de despedida en modelo e imagen de la unidad que deben alcanzar los creyentes (17,11). Esta unidad comunicada a los creyentes es la fuerza que impide que nadie los arrebate de las manos del Padre o del Hijo.

Para escuchar la Palabra
Las ovejas siguen a quien conocen, y lo conocen porque convive con ellas. Así es la relación que Jesús mantiene con los suyos: le siguen seguros, porque lo conocen bien. Y lo conocen porque le escuchan y conviven con él continuamente. ¿Cómo afronto el peligro, la necesidad o el futuro? ¿Vivo con la serenidad como fruto de la conciencia de la atención del Buen Pastor? ¿Cultivo el conocimiento y la familiaridad por la escucha y el seguimiento? El discípulo de Jesús, que vive oyéndolo y sigue obedeciendo su voz, se sabe en buenas manos: son manos de buen Pastor, que prefiere perderlas antes de perder lo que abraza, entregar su vida antes de dejar que se las roben.

Saber que el Padre nos ha confiado al Hijo ha de ayudarnos a comprender lo mucho que valemos para nuestro Dios, el mismo que nos quiere dar vida eterna, proteger con su mano y fortalecernos en la unidad del Hijo ¿Soy consciente del gran regalo que Dios, en su libertad, realiza por mi? ¿Cómo corresponder a ello?

Para orar con la Palabra
Por no saberme acompañado por ti Señor, he venido alimentando miedos y angustias. Y si al menos dejase más tiempo para escucharte; si te concediera un espacio mayor en mi vida para saber que me has tomado de las manos, que me cuidas, que deseas darme vida plena. Sólo la escucha me hará descubrir que eres tú quien guía mi vida. La escucha de tu voz me hará recobrar la confianza en la vida. Hoy he encontrado la razón del por qué mi fe está cargada de incertidumbres como de poca ilusión, de miedos y angustias. ¿Cómo pedirte que me acompañes si soy yo quien ha rehuido tu compañía? A base de buscar certezas con otras personas, en otros lugares, he acumulado dudas sobre el lugar donde te has quedado y he perdido la seguridad de tenerte cerca. Por la fuerza de la unidad con tu Padre ayúdame, Señor, a afrontar el riesgo de vivir en tu rebaño. Quiero ser, Señor, objeto de tus cuidados. Quiero transcurrir mi vida oyéndote y conociéndote, siguiéndote y conviviendo contigo de manera que nadie me arrebate de tu mano.

 

 

 

 

 

 

III Dom Pascua cicloC

Juan 21, 1-19  Descargar PDF

1 Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera.
2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos.
3 Simón Pedro les dice: «Voy a pescar.» Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo.» Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
4 Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
5 Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?» Le contestaron: «No.»
6 El les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.
7 El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor», se puso el vestido - pues estaba desnudo - y se lanzó al mar.
8 Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.
9 Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan.
10 Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar.»
11 Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red.
12 Jesús les dice: «Venid y comed.» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor.
13 Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez.
14 Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
15 Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.»
16 Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.»
17 Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.
18 «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.»
19 Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

 

Para comprender la Palabra

 

El contexto del evangelio de hoy es la fiesta de la Dedicación, que duraba ocho días y consistía en conmemorar la purificación y dedicación del templo de Jerusalén realizada por Judas Macabeo, después de la profanación del templo por Antíoco IV Epífanes. El evangelista suele colocar en torno a una fiesta judía una controversia de Jesús con los judíos incrédulos.
Presentándose Jesús como Buen Pastor, describe a continuación las relaciones inseparables y de profunda interioridad que le unen con sus ovejas y con Dios su Padre.

En las palabras, sobre sí mismo, Jesús refleja su solicitud por los suyos: los conoce, les es familiar, y está unido con ellos, les otorga vida y las guarda (A diferencia del pastor mercenario). Mientras tanto, a la incredulidad de los judíos opone Jesús el comportamiento de sus ovejas. Los discípulos se sienten unidos por la escucha y el seguimiento a Jesús, su Pastor. Este es el criterio para vivir en la comunión de Jesús con el Padre.

Las ovejas (los cristianos) no deben tener miedo, en ningún lugar están más seguras que en las manos de Jesús pastor (10,28) y en las de su Padre: nadie podrá arrebatárselas de sus manos. Aquí resuena la convicción joánica de la unión de la comunidad con Jesús, su único Pastor.

El poder protector de Jesús es el Padre, que es mayor que el de cuantos amenazan al rebaño de Jesús. “Las almas están en las manos de Dios “ (Sab 3,1) y nadie es capaz de librar a quien sea de la mano de Dios (Is 43,13). El Padre guarda del maligno (17,15).

Jesús pone de relieve su unidad con el Padre, su actuación conforme a la voluntad y designio del Padre. Esta unidad del Hijo con el Padre, unidad de poder y acción, se convierte en la oración de despedida en modelo e imagen de la unidad que deben alcanzar los creyentes (17,11). Esta unidad comunicada a los creyentes es la fuerza que impide que nadie los arrebate de las manos del Padre o del Hijo.

Para escuchar la Palabra
Las ovejas siguen a quien conocen, y lo conocen porque convive con ellas. Así es la relación que Jesús mantiene con los suyos: le siguen seguros, porque lo conocen bien. Y lo conocen porque le escuchan y conviven con él continuamente. ¿Cómo afronto el peligro, la necesidad o el futuro? ¿Vivo con la serenidad como fruto de la conciencia de la atención del Buen Pastor? ¿Cultivo el conocimiento y la familiaridad por la escucha y el seguimiento? El discípulo de Jesús, que vive oyéndolo y sigue obedeciendo su voz, se sabe en buenas manos: son manos de buen Pastor, que prefiere perderlas antes de perder lo que abraza, entregar su vida antes de dejar que se las roben.

Saber que el Padre nos ha confiado al Hijo ha de ayudarnos a comprender lo mucho que valemos para nuestro Dios, el mismo que nos quiere dar vida eterna, proteger con su mano y fortalecernos en la unidad del Hijo ¿Soy consciente del gran regalo que Dios, en su libertad, realiza por mi? ¿Cómo corresponder a ello?

Para orar con la Palabra
Por no saberme acompañado por ti Señor, he venido alimentando miedos y angustias. Y si al menos dejase más tiempo para escucharte; si te concediera un espacio mayor en mi vida para saber que me has tomado de las manos, que me cuidas, que deseas darme vida plena. Sólo la escucha me hará descubrir que eres tú quien guía mi vida. La escucha de tu voz me hará recobrar la confianza en la vida. Hoy he encontrado la razón del por qué mi fe está cargada de incertidumbres como de poca ilusión, de miedos y angustias.
¿Cómo pedirte que me acompañes si soy yo quien ha rehuido tu compañía? A base de buscar certezas con otras personas, en otros lugares, he acumulado dudas sobre el lugar donde te has quedado y he perdido la seguridad de tenerte cerca. Por la fuerza de la unidad con tu Padre ayúdame, Señor, a afrontar el riesgo de vivir en tu rebaño. Quiero ser, Señor, objeto de tus cuidados. Quiero transcurrir mi vida oyéndote y conociéndote, siguiéndote y conviviendo contigo de manera que nadie me arrebate de tu mano.

 

 

 

 

 

Domingo Ramos cicloC

Lucas 19, 28-40  Descargar PDF

"28 Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.
29 Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos,
30 diciendo: «Id al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre; desatadlo y traedlo.
31 Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatáis?", diréis esto: "Porque el Señor lo necesita."»
32 Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho.
33 Cuando desataban el pollino, les dijeron los dueños: «¿Por qué desatáis el pollino?»
34 Ellos les contestaron: «Porque el Señor lo necesita.»
35 Y lo trajeron donde Jesús; y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús.
36 Mientras él avanzaba, extendían sus mantos por el camino.
37 Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto.
38 Decían: «Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas.»
39 Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos.»
40 Respondió: «Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.»"

 

 

 

Para comprender la Palabra

 

El Jesús de Lucas tomó la firme decisión de subir a la Ciudad Santa (9, 51) y el texto actual presenta su solemne entrada en Jerusalén como Mesías. Aquí, en Jerusalén, Jesús va a manifestar en forma abierta su personalidad y el origen de su autoridad. El largo camino de Jesús hacia Jerusalén culmina con este episodio de entrada triunfal y con el que sigue referente al templo y a su purificación. Jesús se deja ver como un Mesías muy peculiar, bastante diferente del que esperan quienes confían en un mesianismo triunfal e inmediato.

Nuestro texto podemos dividirlo en dos partes: la primera compuesta por una larga descripción de los preparativos de la entrada a Jerusalén (vv. 28-35) en la que Jesús declara su autoridad y dominio soberanos (es “el Señor” frente a los “señores” o dueños del pollino); y la segunda la descripción de su entrada en la Ciudad Santa (vv. 36-38) que es verdaderamente triunfal y su sentido mesiánico es claro por varias razones: el mismo género literario que se usa para las entradas triunfales de generales y de soberanos; las aclamaciones de la turba, que recita el Sal 118, de carácter mesiánico: “Paz en el cielo y gloria en lo alto”, realidades que van unidas con la manifestación del Reino escatológico.

Betfagé, Betania y el monte de los Olivos están muy próximos. Con el recurso del borrico, además de presentarse como Mesías, Lucas hace cumplir la profecía de Zacarías (Zac 9, 9-10), que habla de la entrada del rey Mesías en Jerusalén y de la restauración del reinado de Dios a través de un camino novedoso. Él viene en son de paz. El rey victorioso no trae la fuerza de las armas ni de las alianzas humanas para su tarea. No entra montado a lomos de un caballo, animal más propio de la guerra, sino sobre un borriquillo. Es un rey y mesías pacífico, cuya realeza es subrayada por el clima de alegría y la extensión de mantos en el camino. Pero es una realeza que se manifiesta de un modo sorprendente.

Si la alegría desatada y los mantos extendidos por el suelo podían no ser suficientes para subrayar la realeza de Jesús, sus discípulos prorrumpen en gritos de alabanza: “Bendito el que viene en nombre del Señor”, expresión sálmica, con el que se solía entonar en las fiestas de Pascua o en la de las Tiendas para dar la bienvenida a los peregrinos. Aquí los discípulos lo utilizan para saludar a Jesús como el Mesías real, enviado por Dios y portador de la paz, tal y como proclaman en la segunda parte de su aclamación, semejante a la de los ángeles de Lc 2, 14: “ésta es la hora de su gracia”. Sin embargo, no todos participan de esta alegría.

Frente a la reacción de los discípulos, que han visto la manifestación de la gloria de Dios en los milagros y ahora la confirman al contemplar esta entrada de Jesús a Jerusalén, contrasta la de algunos fariseos. Reaccionan negativamente porque son incapaces de reconocer en Jesús al Mesías de Israel que ellos esperan. Este ambiente tenso prepara los acontecimientos futuros de la pasión.

 

Para escuchar la Palabra
No podemos dejar de sorprendernos ante la manifestación de Jesús. El viene a ejercer su poder de un modo pacífico y desde la humildad. Cercano a Jerusalén prevé su entrada para manifestarse cual es: Mesías. ¿Qué tengo que preparar para que el Señor haga su entrada triunfal en mi vida? ¿A dónde iré y qué diré en su nombre para que personalmente celebre la Pascua este año?

El Mesías pacífico que monta sobre un borrico es reconocido por la gente que, además de las aclamaciones, le arrojan sus mantos. Arrojar sus mantos significa entregar sus personas, confiarse de él. ¿Qué suscita el Señor en mí? ¿Cómo te aclamo y te entrego mi vida?

Los enemigos de Jesús no están conformes con el entusiasmo de la turba. Jesús lo acepta, aunque dándole un sentido más hondo, porque su reinado “no es de este mundo” (Cf. Jn 18, 36). ¿Hay también en mí alguna actitud farisaica de rechazo y no aceptación de su mesianismo? ¿Cuál es mi actitud cuando constato en otros, amor desmedido, hacia el Señor?

 

Para orar con la Palabra
Te aclamo, Señor, rey de mi vida. Y pasas entrando hacia tu Pascua entonces arrojo el manto de mi vida poniéndome a tu servicio. Como aquella muchedumbre, Señor, tantas veces suscitas en mí un entusiasmo que me lleva a declararte mi amor y a estar dispuesto a entregarte mi vida. Pero también reconozco que son impulsos locos porque pronto pasan sin calar en mí. Aquella muchedumbre te aclamó cuando entrabas pacífico en la ciudad y te traicionó crucificándote fuera de la ciudad. Esa muchedumbre soy yo, Señor. Hoy te aclamo y mañana te niego. Dame la fidelidad que requiero para mostrarte mi amor en toda situación. Esa fidelidad de estar renovando día a día ese sí en la expresión de arrojarte el manto de mi existencia para tenerte verdaderamente como Señor. Una vez más, Señor, te aclamo rey de mi vida.

 

 

 

 

5 Dom Cuaresma cicloC

Juan 8:1-11  Descargar PDF

1 Mas Jesús se fue al monte de los Olivos.
2 Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles.
3 Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio
4 y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
5 Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?»
6 Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acuasarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.
7 Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.»
8 E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.
9 Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio.
10 Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?»
11 Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»

 

Para comprender la Palabra

 

El fragmento evangélico de hoy, aunque de San Juan, es muy cercano a los acentos que pone Lucas en el ministerio de Jesús: su misericordia para con los pecadores y los marginados (la mujer). Pasó la noche en oración en el Monte de los Olivos (Lc 21,37) y al amanecer va al templo (Lc 21,38). Se sienta como los rabinos para la enseñanza. La gente, maravillada por las enseñanzas y las obras de Jesús, se aproxima y le rodea para escucharlo.
Escribas y fariseos (testigos Dt 19,15), autoridades religiosas judías, garantes y especialistas de la ley de Moisés, recurren a él, llevándole una pecadora (mujer casada) sorprendida en adulterio flagrante, a la cual ponen en medio (forma de comparecer a juicio: Hech 4,7). Tanto Ex 20, 14; Lv 20,10; Dt 22,21; Ez 16,38-40 hablan de la pena de muerte para la adúltera. Buscan un motivo para acusarlo (Jn 8, 6). La trampa puesta a Jesús consiste: si resuelve el caso a favor de la mujer y la absuelve, viola unas prescripciones claras de la Ley de Moisés; si resuelve que debe ser lapidada, no dejará de tener problemas con los romanos, o, peor aún, contradecirse en su voluntad de acercamiento al pecador, de esos principios del perdón y misericordia por los que se ha guiado hasta ahora.


Jesús escribe sobre el suelo, y aunque hay muchas teorías sobre el significado de ese gesto (Jr 17, 13) y sobre el contendido escrito, lo mejor es pensar que si lo escrito hubiera sido algo importante no se hubiera dejado de consignar. El maestro discierne y decide mientras escribe en el suelo, pero no juzga a sus oponentes ni dicta sentencia contra la mujer.


A la insistencia de los acusadores, Jesús responde con la ley, citando el deber del testigo principal a comenzar el castigo mortal. La mujer, el pecado y la ley están en manos de los fariseos como unos simples juguetes para poner en falso a Jesús. Los acusadores y jueces de la adúltera y de Jesús pasan a ocupar el lugar de esa mujer y se convierten en sus propios acusadores y jueces. Sin juzgarlos, Jesús sale airoso. Por eso devuelve al pecado y a la ley toda su fuerza para hacerlos recaer sobre los acusadores. Los desenmascara y les pide que sean sus propios jueces con el mismo rigor que han usado contra la mujer. Y a la mujer la libera del círculo cerrado y acusador de sus enemigos.


Algunos se han apoyado en estas palabras para retratar, a su modo, a un Jesús liberal, y las han convertido en defensa ante los pecados sexuales. Jesús advierte que su interés por los fines de la Ley ya no es tan grande, pues en ningún momento reparan en la situación espiritual de la mujer ni se preocupan de saber si está arrepentida. Más aún, Jesús sabe que se están sirviendo de ella como de cebo para tenderle una trampa. Él continúa escribiendo hasta quedar sólo frente a la mujer y mantener el diálogo con ella. La mujer acusada será la única que podrá aprender. El juicio se resuelve por incomparecencia. Jesús no excusa el pecado y perdona, al mismo tiempo, a la pecadora: “No vuelvas a pecar”. Al final “dos se encontraron, la miseria y la misericordia” (San Agustín). La frase última del texto (“vete y ya no vuelvas a pecar”), típica de los relatos de milagro, expresa la nueva realidad que Jesús inaugura: el cambio de vida por una experiencia profunda de haber encontrado al “salvador”.


Para escuchar la Palabra
Identificados con los acusadores, podemos también nosotros, saber ocultar nuestros pecados sin abrirnos al amor de Dios y así incapacitarnos a ofrecer el perdón. Porque nos sentimos poco perdonados, porque estamos en conflicto interno con nosotros mismos, porque no estamos pacificados íntimamente es por lo que nos estamos volviendo acusadores, conflictivos y productores de discordias. ¿Cuáles serán esos pecados “olvidados” pero no perdonados, que no me hacen capaz de perdonar? Quien intenta ser bueno a base de condenar a su semejante, no respeta la voluntad de Dios ni logrará que su propio pecado permanezca escondido. ¿Cuál es mi actitud para con el hermano al que veo en situación de pecado? El conocimiento que logro tener de Dios por el estudio y mi práctica religiosa, ¿me lleva a relativizar, o incluso a “abusar” de la misericordia divina, justificando mi pecado y condenando el pecado ajeno?


El Señor no niega ni la culpa de la mujer ni la razón de la ley; se opone a que el pecador, por más oculta que permanezca su culpa, se haga juez del prójimo que ha pecado. Al final, cuando sólo él podía condenarla, pues sus acusadores habían desaparecido, le recomendará que no vuelva al pecado; librándola del castigo merecido, le da una nueva oportunidad; no le importa el pecado pasado, si es el último. ¿Valoro el amor de mi Señor, siempre dispuesto a ofrecernos una nueva posibilidad? ¿Si le sabemos así de bueno, a qué viene el que no nos sintamos con fuerza para confesarle nuestras infidelidades?, ¿Por qué tanto rubor en declararnos públicamente pecadores, si tenemos por seguro el perdón público y la defensa contra nuestros acusadores? Si nos faltan ánimos para buscar el perdón de Dios, es que nos falta fe en su voluntad de perdonarnos. ¿Por qué tener miedo a hacer público nuestro pecado, si Dios hará entonces pública su misericordia?

 

Para orar con la Palabra
¡Qué buena lección más das, Señor! porque pones al descubierto que los que nos tenemos por ‘justos’ pasamos señalando a los pecadores. ¡Qué buena lección más das, Señor! Ya que me haces descubrir qué tan grande es tu amor para los pecadores.


Me he creído bueno porque sé descubrir la maldad ajena ocultando la propia. Tu palabra me hace descubrir lo que tanto oculto: mi pecado. Y como no me sé perdonado tiendo a proyectar mis propias faltas en los otros. ¡Qué inconciente y falto de misericordia he sido! Y ¡qué ávido de ella me encuentro! ¡Qué fácil es señalar al otro culpándolo de lo que hay en mí, oculto!. Me apego a leyes y normas para justificar mi actitud inmisericorde.
También reconozco que estoy representado en la mujer pecadora. Puesto que mi miseria está a la vista de todos. Soy pecador público. He prostituido mi fe confiando en falsas seguridades. Hay realidades que ocupan mi corazón y mis atenciones que sólo tú deberías ocupar.


Quiero titular este evangelio como “Encuentro: misericordia – miseria”. De lo que estoy llamado a vivir y desde de la situación en que me encuentro. “Misericordia – miseria”. Hoy te pido que me ayudes a configurarme con tu corazón misericordioso, consiente de mi propia miseria, para tratar como tú tratas a los demás, sobre todo al hermano más débil. Que me sepa objeto de tu misericordia, desde mi miseria, para comunicarla perdonando de corazón a quien haya pecado.

 

 

 

 

4 Com Cuaresma cicloC

Lucas 15:1-3, 11-32  Descargar PDF

1 Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle,
2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.»
3 Entonces les dijo esta parábola.
11 Dijo: «Un hombre tenía dos hijos;
12 y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda.
13 Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.
14 «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad.
15 Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos.
16 Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.
17 Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!
18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti.
19 Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."
20 Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.
21 El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo."
22 Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies.
23 Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta,
24 porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta.
25 «Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas;
26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
27 El le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano."
28 El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba.
29 Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos;
30 y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!"
31 «Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo;
32 pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."»

 

Para comprender la Palabra

 

La crítica actitud de Jesús para con los fariseos y escribas provoca la parábola de la misericordia por excelencia. Jesús, comiendo con los pecadores, manifiesta de una forma palpable y activa, la misericordia de Dios, centro del contenido de la parábola. Es el padre que con su amor pasa por encima de la irreflexión del más joven y la mezquindad del mayor. Es el padre que respeta la libertad, calla y espera en el amor. Su amor es más fuerte que cualquier pecado, por muy tremendo que éste sea. Es el padre, todo amor, que se adelanta a todo gesto de arrepentimiento; un amor que hace vivir al pecador, y que invita a reconstruir la fraternidad. Su ley es la misericordia y su justicia el perdón.


Sólo desde la misericordia del padre se comprenden las actitudes de los hijos. En el hijo menor se resalta su deseo de hacer su vida y tener nombre e identidad propios lejos del padre (Prov 29,3). Pide lo que no le corresponde aún y se aleja de casa y de toda protección y así deja el trato de amor familiar con la ilusión de la libertad y felicidad. Así, simbólicamente, el padre muere en su vida. Lejos del padre perdió su dignidad de hijo (y de hombre). El pecado aparece como la fuga de la condición humana hasta tocar límite (Lev 11,7). La muerte que merece por ley (Dt 21, 18-21) la encuentra por sus propias opciones. En el momento en que se encuentra en un callejón sin salida, el hijo menor calcula la posibilidad de volver a casa para saciar su hambre. La parábola describe tres momentos del itinerario hacia el padre: recapacitar (la imagen del padre amoroso hace nacer en él la seguridad del perdón)... ponerse en camino (la reflexión se traduce en acción)... volver al padre y la restitución de su condición de hijo (El vestido lo constituye huésped de honor, el anillo lo capacita de nuevo para proceder como hijo, las sandalias lo declaran hombre libre y sacrificando el becerro cebado se inicia la fiesta).


En el hijo mayor resalta la incapacidad de aceptar este amor “loco” y escandaloso del padre. El hijo mayor no sabe comprender que el amor del padre pasa por encima del pecado y no quiere participar en el banquete... Es el que nunca abandona ni la casa ni el trabajo pero está alejado porque su fidelidad es formal; su obediencia sin alegría ni amor; y, su corazón duro, incapaz de perdonar y acoger al hermano que se ha equivocado. Allí está reflejada la actitud intransigente de escribas y fariseos llamados a aceptar en los pecadores como propios hermanos, pues sólo así sintonizan en el corazón misericordioso del Padre y podrán celebrar el banquete auténtico. En tantos años de estricta servidumbre, el hijo mayor, no había descubierto ese “tú estás siempre conmigo y que todo lo mío es tuyo”.


Desconcierta la actitud del padre y desborda todas las expectativas. No le importa el honor. Por una serie de simbolismos expresa la recuperación del hijo (menor) e intenta recomponer la filiación y la fraternidad al hijo mayor que la ha perdido por su obediencia fría y rigorista. El motivo de la fiesta, digno de subrayar en este tiempo cuaresmal, es motivo pascual: “Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido”. En el padre misericordioso y el hijo perdido se expresa el amor. El perdón es la síntesis de dos amores: un amor muerto que resucita y un amor fiel que recibe. Así goza Dios: en la conversión del hombre (“no se goza en la muerte del pecador sino que cambie de conducta y viva”) y así hace fiesta con banquete, música y baile.

 

Para escuchar la Palabra
El hijo menor nunca dejó su conciencia de hijo, aunque un día dejara la casa paterna y enajenara los bienes de su familia; incluso después de su pecado se sintió hijo, por más indigno que se creyera. Eso fue lo que le salvó la vida y del pecado. Pero tampoco ese hijo se alejó del corazón del padre, por más lejos que marchara. Fue el padre quien seguía extrañando al hijo manteniéndolo vivo y presente en su corazón y en su casa. ¿Cuáles son las situaciones de vida que nos llevan a buscar felicidad fuera de nuestro Padre?, ¿Desde qué situaciones valoro la misericordia de Dios?, ¿Por qué retraso tanto mi regreso a la casa paterna, no será que no he descubierto ni mi pecado ni la misericordia divina?, ¿Qué decirle a nuestro Padre misericordioso una vez que me presente ante él con mi corazón arrepentido?, ¿Estoy dispuesto a celebrar el perdón y la misericordia de Dios?


El hijo mayor nunca abandonó el hogar y siempre vivió como siervo de su padre: vivía en casa sin libertad y con esfuerzo. Al padre no le es indiferente el hijo mayor, le habla con ruegos y exhortaciones conduciéndolo al amor fraterno. ¿Cuál es mi actitud con respecto a los hermanos arrepentidos?, ¿Estoy gozando como hijo de la cercanía de Dios Padre o su voluntad me pesa porque la llevo a cabo como siervo y no como hijo? Teniendo a Dios por Padre en Jesús, ¿cómo he cultivado la fraternidad?, ¿Comparto con mi Dios su alegría por la conversión del pecador?, ¿Qué actitudes en mi persona me asemejan a la actitud del hijo mayor?

 

Orar con la Palabra
Doble pecado cargo en mi persona, Señor, porque soy hijo alejado de la casa paterna y soy hijo intransigente con los que de ti se alejan. Estoy a un tiempo ávido de misericordia y duro para ejercerla. Doble pecado cargo en mi persona, Señor. Aunque me consuela saber que eres Padre que al hijo alejado le esperaste a que llegara y al verlo, desde lo profundo, te has enternecido. Me conmueve escuchar cómo corriste hacia él y con brazos al cuello extendidos, lo cubriste de besos y dispusiste a todos para celebrar una fiesta, aquella de Pascua: Porque un hijo muerto volvió a la vida y por haber encontrado al entonces perdido. También saliste al encuentro del que se negaba a compartir la fiesta pascual, del que estuvo junto a ti sin sentirte cerca. Dialogaste con el que aun siendo hijo vivía como siervo y le invitaste a gozar de tu cercanía, argumentándole que era suyo lo tuyo y tuyo lo suyo. Reiteraste, además, el motivo de la gran fiesta pascual: La vida del hijo antes muerto, el encuentro del que estaba perdido. Doble pecado cargo en mi persona, Señor. Yo soy el hijo doblemente alejado de la casa y de tu persona. El que quiso encontrar felicidad lejos de ti y el mismo que, aún cerca, no fue feliz. Doble pecado cargo, Señor, en mi persona. Y desde estas posturas en los hijos representados, lanzo a ti mi doble suplica: no permitas que jamás pierda la conciencia de hijo, cerca o lejos, derrochando o sirviendo, en la miseria o en el cumplimiento me sepa por ti amado, en la certeza de que tu amor es más fuerte que todos mis pecados no dejes de ser Padre: del arrepentido como del intransigente, del alejado como del vecino, del pobre penitente como del rico soberbio y continúa dialogando, invitando a celebrar la victoria pascual de la vida sobre la muerte, del encuentro sobre lo alejado y perdido. Padre misericordioso, doble pecado cargo yo, tu hijo doblemente alejado.

 

 

 

3 Dom Cuaresma cicloC

Lucas 13:1-9  Descargar PDF

1 En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios.
2 Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas?
3 No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.
4 O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?
5 No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.»
6 Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró.
7 Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?"
8 Pero él le respondió: "Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono,
9 por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas."»

 

Para comprender la Palabra

El capítulo 13 de Lucas contiene mucho material que se encuentra sólo en este evangelio. Los dos fragmentos iniciales tienen como hilo conductor la llamada urgente a convertirse dirigida a los israelitas (pero no exclusivamente a ellos): ser miembros del pueblo de Dios no exime de vivir de acuerdo con su voluntad; al contrario, a mayor gracia ha de corresponder mayor responsabilidad.

Mientras hablaba Jesús del significado de la hora presente como de un tiempo de decisión fijado por Dios (Lc 12, 54-57), se presentaron algunos que le refirieron cómo el procurador romano, Pilato, había mandado degollar a algunos galileos en el atrio del templo mientras ofrecían sacrificios. Este hecho es ignorado por otras fuentes históricas, pero no es raro en el comportamiento agresivo y prepotente del procurador romano Pilato.

Las gentes estaban horrorizadas al ver derramada sangre humana, profanados los sacrificios y a los romanos atentando incluso contra lo que estaban consagrados a Dios. Instaban a Jesús a tomar partido. Los judíos decían: No hay castigo sin culpa y las grandes catástrofes presuponen graves pecados. Jesús enfoca el acontecimiento referido a la luz de su predicación acerca del sentido del tiempo presente. Jesús alude no a la conversión por determinado pecado, sino al cambio total del hombre ante la presencia del Reino de Dios. El llamado a la conversión es una conversión en la historia y teniendo en cuenta la vida cotidiana.

Los dieciocho habitantes de Jerusalén que habían sido víctimas de la catástrofe no eran más culpables que los demás habitantes de la ciudad. Sin embargo, lo sucedido es un aviso y un llamamiento a la conversión. Esto significa que los acontecimientos de la época son interpretados política y religiosamente. Toda muerte repentina, provocada por la maldad ajena o por “mala suerte”, debe hacernos mirar hacia nosotros mismos: tenemos un tiempo para nuestra vida y debemos aprovecharlo.

La parábola de la higuera estéril está destinada a interpretar el tiempo de Jesús. Se apoya en la simbología bíblica (Jer 18, 12; 24, 1s.; Os 9, 10; Miq 7, 1). La última oportunidad que pide el viñador simboliza la última oportunidad que Dios nos da. Es el último plazo de gracia que el Hijo de Dios recaba de su Padre. Israel es la viña y el tiempo de Jesús es la última posibilidad de tomar decisión causada por el amor de Jesús. Su obra es intercesión por Israel y juntamente acción encaminada a conducir a Israel a la conversión. El tiempo final ha llegado. Es la oferta hecha por Dios para que se tome decisión, es invitación a la conversión y a la penitencia. Dios está dispuesto a tener paciencia un poco más, pero esta prueba de amor, lejos de autorizar la obstinación en el mal de quien debe convertirse es una última invitación, por una decisión; en el caso contario, no se podrá evitar el juicio decisivo de Dios: “El año que viene la cortaré”.

Para escuchar la Palabra
Una desgracia repentina, una muerte inesperada o matanzas injustas suelen despertar el cualquiera de nosotros interrogantes insolubles: ¿Por qué, Dios mío? Es natural que ante el mal o la maldad acudamos a Dios pidiendo una explicación. Allí donde la gente veía un peligro y castigo, Jesús descubre un aviso de Dios, una última oportunidad para la conversión que estaba exigiendo. La presencia del mal, presencia inevitable e irritante, es una llamada a la conversión. ¿Cuáles son esos acontecimientos actuales donde descubro el llamado de Dios a la conversión?, ¿Cómo suelo interpretar las catástrofes y las matanzas injustas? En el tiempo actual, ¿acepto y respondo a la invitación de conversión que el Señor me brinda?

Jesús deja a sus interlocutores inquietos con sus problemas y les advierte que no se han planteado todavía la cuestión decisiva. Quienes preguntaron a Jesús no sufrieron el mal, sino que reflexionaron sobre el dolor ajeno. Y les da una advertencia narrando la parábola de la viña. Como a la higuera sin frutos, se nos ha concedido un plazo más, una oportunidad última. Inútil sería que, por pensar en el mal que puede cebarse en nosotros, dejemos de hacer el bien que Dios espera de nosotros. El mal que nos debe preocupar es el bien que no hacemos a los demás. ¿Por qué siempre pretendemos ir lejos de nuestros interrogantes? ¿Por qué quejarse siempre de lo malo que es el mundo, de lo malo que son los demás, cuando podíamos descubrir tanta maldad en nosotros mismos como la achacamos a los demás? El mal que existe a nuestro alrededor nos debe hacer mejores: mientras se esté dando, podemos perdernos y perder a Dios.

Para orar con la Palabra
Señor, como la gente de tu tiempo estoy turbado ante esta realidad tan obvia y omnipresente como es el mal, ese mal del que no podemos huir, un mal que hace frágil y perecedero en un momento al bien. Y en medio de mal de nuestra historia (matanzas injustas), de la naturaleza (catástrofes) y de mi persona (pecado), reconozco mi propia necesidad y carencia. Yo soy quien, con la mejor intención, aunque muy “académicamente”, te pregunto por el sentido del dolor. Desde tu Palabra sé que estoy llamado a remediar todo mal, propio o ajeno, pero hasta ahora pocas veces logro interpretar en él tu llamada a la conversión. Menos mal que como a la higuera sin frutos me concedes hoy un tiempo más, una oportunidad última. Ayúdame a tenerte, mientras vivo la experiencia del mal, como mi Bien supremo, como el único que puede librarnos definitivamente de él. Que escuche tu voz también en la experiencia del mal y que me convierta a ti, Bien seguro y permanente.
Desde mi pecado te clamo haciendo mía la súplica del poeta: “Levántame Señor, que estoy caído, sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo; yo propio lo deseo, y yo lo impido. Estoy, siendo uno solo, dividido: aun tiempo muerto y vivo, triste y ledo; lo que puedo hacer, eso no puedo; huyo del mal y estoy en él metido. Tan obstinado estoy en mi porfía, que el temor de perderme y de perderte jamás de mi mal uso me desvía. Tu poder y bondad truequen mi suerte: que en otros veo enmienda cada día, y en mí nuevos deseos de ofenderte”.



 

2 Dom Cuaresma cicloC

Lucas 9:28b-36  Descargar PDF

28 Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar.
29 Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante,
30 y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías;
31 los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.
32 Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
33 Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.
34 Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor.
35 Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.»
36 Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

 

Para comprender la Palabra

 

Jesús, como buen maestro, tras las duras palabras acerca de su destino y el de sus discípulos, les revela que el camino de la cruz no tiene un final trágico, sino esperanzador. San Lucas coloca este pasaje después del primer anuncio de la pasión, muerte y resurrección que une a la llamada a los que quieren seguir a Jesús en su camino de subida a Jerusalén. La transfiguración se encuentra dentro de este contexto de seguimiento en la fe. Este episodio tiene la función de dar ánimo a los discípulos ante la perspectiva del camino de la cruz que puede provocar no sólo rechazo instintivo, sino también dudas sobre la divinidad del Maestro, al que pronto han de ver rechazado, condenado, crucificado…

Pedro y sus compañeros, en el monte de la transfiguración pudieran estar entusiasmados y hasta quieren quedarse para siempre en él. Aceptan la gloria, pero no el camino de la gloria, que es la cruz. Y así escandalizados y resistentes ante el anuncio del seguimiento, Cristo le hace vivir una experiencia para convencerles del paso necesario de la entrega de sí y de la victoria final. Que la cruz no es destino, sino camino para la gloria.

Importa subrayar la alusión a la plegaria, típica de los momentos culminantes de la filiación divina de Jesús. “Mientras ora” es cuando Jesús es proclamado Hijo de Dios por la voz misteriosa, tanto en el Jordán (bautismo) como en la montaña (transfiguración); es la perspectiva del término del camino, de la gloria que se ha de revelar: Jesús sube a la montaña. La transfiguración se produce precisamente en este momento de profunda intimidad con el Padre: Cubierto por la nube (símbolo del Espíritu) de la presencia gloriosa de Dios. Y la alusión – exclusiva de Lucas – al contenido del diálogo con los misteriosos personajes gloriosos: “hablaban de su muerte” (éxodo), que iba a consumarse en Jerusalén”.

Los tres discípulos son puestos sobre aviso acerca de lo que un día los escandalizaría y haría titubear su fe: la muerte de Jesús. Éstos, que acompañaban a Jesús para orar con él, asisten al milagro rendidos por el sueño, el despiste y el susto. ¡Mal papel hicieron esos discípulos íntimos! Las vestiduras “se hicieron blancas y relampagueantes”. El “vestido” indica todo lo que puede ver una persona, es la visibilización de su interior. “Vieron su gloria” es una expresión semita que significa que comprendieron todo el alcance de la personalidad salvadora de Jesús. Hay una clara determinación a no hablar de la gloria de Jesús, “en aquellos días”, es decir, antes de los acontecimientos pascuales; mientras que en los otros evangelistas es el mismo Jesús el que ordena silencio; en Lucas, en cambio, la predicación evangélica vendrá de la fuerza del Espíritu, al cumplirse los días de Pentecostés.

La simbólica presencia de Moisés y Elías expresa que al fin y al cabo esto era lo anunciado por todo el Antiguo Testamento, tanto por la Ley (Moisés), como por los profetas (Elías). Los dos personajes, Moisés y Elías, han experimentado en sus vidas este número simbólico: cuarenta días en el monte, Moisés; cuarenta días de viaje hacia el monte Horeb, Elías.

Para escuchar la Palabra
No siempre las manifestaciones de Dios nos encuentra suficientemente preparados. Los discípulos son quienes comparten con Jesús su vida, la predicación por el Reino y la invitación a la oración. ¿Mi cercanía con Jesús, me lleva a reconocer la invitación a compartir su oración?, ¿He sabido aprovechar la oración junto a Jesús en intimidad con su Padre, o me he dejado vencer por el sueño, el cansancio e incluso la incomprensión? Quienes subieron al monte a orar con Jesús, tuvieron que bajar para continuar el camino a Jerusalén, en la entrega total, ¿cuáles son las consecuencias de mi encuentro con el Señor?

Los discípulos que aceptaron la invitación de Jesús a rezar junto a él, terminaron por tener a Dios junto a ellos. Primero compartieron oración y silencio con Jesús, luego oyeron a Dios y vieron a su Señor estupendo. Fue la voz de Dios quien mejor les reveló la identidad de Jesús. Dios se deja ver para hacer saber la verdadera identidad de Jesús a unos discípulos escogidos. Lo que Dios nos dice sobre Jesús es más revelador que lo que logramos ver en él. ¿Dejo que Dios, por su Palabra, me diga quién es Jesús (“Este es mi Hijo, mi escogido”) y estoy dispuesto a la obediencia (“escúchenlo”)? Encontrar un rato para rezar juntos, a solas con él en el monte y a solas con Dios junto a él, les llevó descubrir en Jesús lo que hasta entonces no habían percibido en él. Rezando junto a él, oyeron del mismo Dios que les habló revelando quién era el Hijo y pidiéndoles obediencia. ¿No será que impido al Señor que se me transfigure cuando no acepto su invitación a la oración?, ¿No seré yo mismo el causante al no compartir con Jesús la oración de que Dios no me revele la identidad profunda del Hijo? ¿Cómo continuar siguiendo a un maestro que ya no me entusiasme debido a que le desconozco?

Para orar con la Palabra
“Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo” (Monos pros monon). Solo, Señor, doblemente te has quedado. Pasó la nube, se escuchó la voz y volviste a encontrarte bajo el horizonte de la cruz. Sólo. Cesó la voz y quedaste tú solo. Ya antes buscaste compañía entre tus discípulos, invitándolos a la oración. Ellos por su parte durmieron, vieron tu gloria, temerosos escucharon la voz, hablaron sin comprender y, al final, también su palabra cesó. Cuando cesó la voz, qué tan sólo Señor te quedaste. Hoy, sigues invitándome como discípulo a la oración, deseas presentarte divino a mi vista y, a veces, te dejo solo.

Que me pese, Señor, tu soledad. Esa soledad que con mis silencios te he provocado. Impulsa mi corazón al amor capaz de compartir contigo aquellos momentos de mayor intimidad. Que ni mi sueño, ni la incomprensión, ni mis silencios continúen provocando aquella soledad terrible por la ausencia de la palabra.

Los primeros discípulos rezando contigo se sintieron felices de estar junto a ti. Rezando junto a ti, oyeron la voz del mismo Dios quien te presentó como su Hijo querido. ¿En qué estaré metido cuando tu preocupación básica es orar junto a mi y conmigo? Ayúdame, Señor, a permanecer a tu lado para que puedas mostrarte como realmente eres, cuando tú quieras. Cualquier esfuerzo y espera por verte tan cercano y tan divino valdrá la pena.

 




 

I Dom Cuaresma Ciclo C

Lucas 4:1-13  Descargar PDF

1
Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto,
2 durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre.
3 Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.»
4 Jesús le respondió: «Esta escrito: No sólo de pan vive el hombre.»
5 Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra;
6 y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero.
7 Si, pues, me adoras, toda será tuya.»
8 Jesús le respondió: «Esta escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.»
9 Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo;
10 porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden.
11 Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna.»
12 Jesús le respondió: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.»
13 Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno.

 

Para comprender la Palabra

 

Ya es común que al inicio de la cuaresma escuchemos esta escena de las tentaciones de Jesús en el desierto. En ellas se simboliza se simboliza no sólo las amenazas que acecharon su camino, sino también las que amenazan a todo cristiano tras su bautismo.

Esta escena introduce su ministerio público. Ya el evangelista ha presentado la condición de Jesús como Hijo de Dios y la presencia en él del Espíritu Santo (ambas expresiones aparecen dos veces a lo largo de este relato). Lucas ahora destaca: el carácter itinerante de estos días: “durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto” (como a Israel por cuarenta años, y hoy a la Iglesia por cuarenta días); Jesús es itinerante y la historia salvífica, un camino; Jesús es presentado como “lleno del Espíritu Santo”; las tentaciones culminan en el templo, lugar santo donde Dios debe ser adorado. Jesús tentado y victorioso es modelo e imagen de lo que la Iglesia se propone realizar durante la cuaresma: renovarse en el camino hacia la Pascua.

Esta escena evangélica está llena de significado; simboliza y sintetiza la identidad del mesianismo de Jesús, como Hijo de Dios. Jesús se dispone a empezar su anuncio del Reino. Y aquí se plantea qué es lo que ha de significar su misión. Las tres escenas de la tentación describen a Jesús como Hijo de Dios, obediente a la voluntad del Padre. Las citas de la Palabra de Dios, además de revelar la familiaridad de Jesús con la Sagrada Escritura, se citan los pasajes donde el pueblo tentado cayó fallándole a Dios. Y allí donde el pueblo falló, Jesús salió victorioso.
Las tres tentaciones están bien caracterizadas. Lucas les da el siguiente orden: desierto, visión de todos los reinos del mundo y alero del templo de Jerusalén. Son la propuesta a Jesús que actúe (buscando eficacia evangelizadora) por otros caminos diferentes (o contrarios) al contenido mismo de lo que quiere anunciar: el amor fiel, como única manera de vivir que realmente humaniza y diviniza. La posesión del Espíritu de Dios y su dominio de la Palabra lo conducirán a una triple victoria: victoria sobre la necesidad vital, victoria sobre su sed de poder y victoria sobre su propia conciencia de ser hijo de Dios.

El Espíritu es protagonista de la vida de Jesús, es la fuerza que lo lleno y el impulso que lo lleva al desierto. Y esto desde el principio, pues ya su concepción es precisamente obra del Espíritu, como afirma el “evangelio de la infancia” (Lc 1-2). Además, es también durante su bautismo cuando la voz del cielo revela su condición de Hijo de Dios. Y es justamente esta condición la que es puesta a prueba por el diablo: “Si tú eres el Hijo de Dios…”

El relato de las tentaciones condensan de modo ejemplar algo que no se produjo sólo en un momento de la existencia de Jesús, sino que lo acompañó toda su vida y su misión: la tentación de manifestarse de modo llamativo como Mesías e Hijo de Dios. Nosotros, los bautizados tenemos que enfrentarnos a la tentación al igual que Jesús. Pero, como él, también contamos con la fuerza del Espíritu y la luz de la Palabra de Dios. Éstas nos ayudan a superar todos los obstáculos que se nos presentan en nuestro camino de hijos de Dios, llamados a hacer la voluntad del Padre.

Para escuchar la Palabra
Jesús fue tentado. El relato es evangélico. La tentación no es separación sino oportunidad para quedarnos con Dios. La tentación la tienen los hijos de Dios, no los extraños. Sólo los hijos experimentan la tentación de renegar del Padre. Jesús experimentó como hijo dudas, rebeldías, ansias de libertad semejantes a las que nosotros tan a menudo sentimos. El creyente tentado no es el más débil sino quien más posibilidad tiene de mostrar su fortaleza. Quien ha sido probado, ha probado su fidelidad. ¿Cuáles son mis tentaciones como hijo? ¿Creo que, como Jesús, yo también soy hijo de Dios y puedo vencer la tentación? ¿Cómo nos podemos ayudar unos a otros?

La manera como Jesús hizo frente saliendo victorioso ¿es mi manera de afrontarlas y superarlas? ¿A qué suelo recurrir para enfrentarlas? Si la tentación es el camino para quedarnos de forma más consciente con Dios, nuestro Padre, hasta de ellas tendríamos que dar gracias. ¿Cómo ilumina este pasaje mi modo de vivir el compromiso cristiano?

En las tres tentaciones, Jesús probó su tentación como Hijo de Dios y dejó probada su filiación. En las tres tentaciones, el Hijo dejó que Dios sea Dios y ése fue su éxito frente al tentador: el hambriento que prefiere el querer de Dios como alimento (1); el necesitado de poder se pone a disposición de Dios (2); y el que sabiéndose hijo, opta por no tentar a su Dios (3). Desde entonces los hijos no rehusamos la prueba ni tememos sucumbir en ella. Quien posea el Espíritu de Jesús y la obediencia a la Palabra saldrá victorioso de cualquier prueba, porque sabrá contar con Dios incluso cuando la tentación ponga a prueba su fidelidad. ¿Cómo me identifico como hijo con las tentaciones del Hijo, en su victoria de cada una de estas tentaciones, qué me revela de Dios, nuestro Padre?, ¿Habrá alguna situación de mi vida que impida a Dios que se me manifieste como auténtico Padre? ¿Cómo iluminar mis propósitos cuaresmales desde esta Palabra que Dios me ha dirigido al inicio de este tiempo de gracia?

Para orar la Palabra
Dios y Padre Nuestro, fija tus ojos en tu pueblo, contempla a tus hijos que, como peregrinos hacia la tierra prometida, te invocan desde la prueba del desierto y desde el desierto de la aridez de los tiempos. Haz que nunca echemos de menos el pan de tu palabra; haz que no corramos tras el espejismo de los falsos dioses de nuestro pensamiento ni de las quebradizas obras de nuestras manos. Fortalécenos y guíanos con tu Santo Espíritu y concédenos servirte sólo a ti con el corazón renovado por la conversión.

Desde el desierto de nuestras tentaciones elevamos nuestro corazón para que nos eches una mano. Sentimos hambre de tener cosas y más cosas, ayúdanos a alimentarnos del pan de tu Palabra para que te sintamos cerca. Sentimos también el deseo de mandar sobre los demás. Danos tu Espíritu que nos haga capaces de servirte sólo a Ti y a los que están cerca de nosotros con un corazón nuevo. Muchas otras veces queremos destacar, aparentar ser de los mejores. Danos la humildad de Jesús, sentirnos pequeños, entre tus manos, acompañados por tu presencia en este lugar de desierto.

 

 



 

8 Dom Ord cicloC

Lucas 6:39-45  Descargar PDF

39
Les añadió una parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
40 No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado, será como su maestro.
41 ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?
42 ¿Cómo puedes decir a tu hermano: "Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo", no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.
43 «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno.
44 Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas.
45 El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

 

Para comprender la Palabra

 

 

Este texto forma parte del tercer fragmento del “discurso del llano”. Las comparaciones y sentencias de la presente perícopa se sitúan en un contexto en que se exige la superación de una actitud de juicio (de dominio) respecto a los otros. Ya los dos versículos antes (37-38), presenta una existencia convertida en regalo hacia los otros. En este contexto se entiende las tres pequeñas fragmentos unidos que componen nuestro actual texto.

Se pueden distinguir tres enseñanzas: la primera, en su origen parece ser un refrán de aquel tiempo y se refiere al ciego que pretende conducir a otro ciego en el camino. Es un gesto que esconde la tendencia de dominio. Lo que parece amor (ayuda al necesitado) se identifica con un rasgo de egoísmo: guiando al ciego me comporto como dueño de su destino. Uno no debe creerse demasiado sabio ni pretender dirigir a los demás, sino que tiene que conocer cuáles son sus propias posibilidades y la necesidad que todos tenemos para aprender y buscar luz. El discípulo siempre debe estar en estado de aprendizaje, intentando llegar a ser como su maestro, Jesús.

La segunda enseñanza nos dice que el discípulo se mantiene en la línea del maestro. Jesús, el maestro verdadero, no ha querido arrogarse el derecho de guiar en el camino al ciego y dominarlo. Él no se ha permitido juzgar a los demás, sino que les ayuda; no ha intentado sacar provecho de ellos sino que les ofrece lo que tiene. Nadie debe pretender corregir a los demás sin haber mirado antes si en él mismo se tiene algo por corregir. El texto es desmesuradamente hiperbólico (¡una viga en el ojo!), pero es que también es absurda la pretensión de arreglar la vida de los demás cuando uno tiene tantas cosas por arreglar de la suya. La exageración de la imagen muestra que Jesús debía tener especial interés en prevenir a sus discípulos ante esta manera de actuar, y que debía pensar que era muy fácil caer en ella. No podemos dominar a los demás ni condenarlos por aquello que a nosotros nos parezcan sus defectos. Resulta que ningún hombre es dueño de los otros; nadie tiene, por lo tanto, el derecho de imponer su criterio sobre los restantes hombres. Antes bien, el discípulo del Señor ha de correr el camino de la autocorrección y subsanar sus deficiencias. El auténtico discípulo tiene que actuar con los mismos criterios de su maestro: con humildad y sin juzgar el interior de nadie. Sólo así podrá convertirse en maestro de los demás, capaz de proponer cambios; sólo así podrá llevar a cabo la corrección fraterna.

La enseñanza tercera, es una enseñanza sobre la manera de actuar y las actitudes de fondo, que se puede leer desde dos posiciones: sobre los hechos, el modo de hablar y de actuar, los frutos, lo que muestra quién es y cómo es cada persona; y, por otra parte, el saber: qué llevamos dentro, qué criterios y qué actitudes de fondo nos mueven a actuar. Si llevamos tesoro de bondad aflorará frutos de bondad. Si llevamos maldad nuestro fruto será la maldad. Por tanto, hay un modo de ser, una manera de entender la vida y las relaciones con los demás que es la del Reino, y otra, que es contraria. Lo que importa, lo que determina la cualidad de una persona son sus frutos, es decir, las obras concretas que realiza en favor de los demás.

Para escuchar la Palabra
Jesús presenta ciertas condiciones que ha de reunir quien pretenda presentarse como líder y maestro: quien no tiene visión suficiente y honestidad probada, quien desea guiar sin haber sido guiado, es un impostor, indigno de ser seguido. Sólo es digno de responder de los demás quien ha sabido responder de sí mismo. Quien no ha aprendido, mal puede enseñar; quien no es bueno con los demás todavía, no debería pedir, mucho menos exigir, bondad de ellos. ¿Me mantengo, como discípulo del Señor, aprendiendo de Él? ¿Qué actitudes concretas me invita a revisar?

Tendría que cuestionarnos en nuestra vocación apostólica, no sólo en el ministerio de guiar a los demás la capacidad de aprender directamente de su querer. Deberíamos aventurarnos por ser guiados por Jesús sin que sea suplantado por nadie. Suele suceder que perdemos tiempo en sanar de minucias a los demás, porque nos negamos a reconocer nuestras grandes dolencias. Y no es que debamos volvernos insensibles ante los demás sino que, antes, tenemos que sensibilizarnos con nuestro propio estado. Mirándonos a la luz de Dios, repararemos mejor en nuestros defectos y tardaremos más en descubrir los de nuestro prójimo. Y es que no va a ser por lo que los demás piensen de nosotros ni por cuanto digamos ser nosotros mismos, sino por la calidad de nuestra vida, por lo que seremos reconocidos como discípulos de Jesús. ¿Cómo suelo reaccionar ante los defectos de los demás? ¿Anida en mí una actitud de dominio? ¿Soy fácil para juzgar a los demás?

Como el árbol bueno, cuyos frutos buenos le caracterizan, al maestro cristiano se le reconoce por el bien que da de sí, por la bondad que explicita en sus obras, por la cordialidad que manifiestan sus palabras. Según Jesús, la bondad, más que buen sentimiento, es acciones provechosas para los demás. ¿Cuáles son los frutos que produce o debería producir en mí la vivencia de la fe?

Para orar con la Palabra
Quiero hacer mía, en esta ocasión la oración de san Ambrosio para decirte: Señor Jesús porque tú me has concedido trabajar para tu Iglesia, bendice siempre los frutos de mi trabajo. Pero, antes de todo, dame la gracia de saber compartir con los pecadores desde lo más profundo de mi corazón. Esta es la virtud suprema, porque está escrito: “No te alegras de los hijos de Judá en el día de su desventura y no te glorías insolentemente cuando están oprimidos por el mal”. Concédeme tener compasión cada vez que sea testigo de la caída de un pecador; que yo no lo castigue con arrogancia sino llore y me aflija con él. Haz que llorando por mi prójimo, llore también sobre mí mismo y me refiera las palabras: “Tamar es más justa que yo” (Gn 38, 26)

 



 

4 Dom Ord cicloC Lucas 4:21-30   Descargar PDF

21 Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.»
22 Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
23 El les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria.»
24 Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»
25 «Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país;
26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.
27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28 Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira;
29 y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle.
30 Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Para comprender la Palabra
Este domingo se continúa la escena de la sinagoga de Nazaret del domingo pasado. Jesús se ubica, según Lucas, en el norte de Palestina, en una región periférica: Nazaret. Nazaret era una población pequeña, casi desconocida. Ahí Jesús había pasado su infancia, su adolescencia y ahí se había preparado para su ministerio público. Ahí pasó 30 años de su existencia trabajando como cualquier hijo de familia. Por eso todos lo conocían.

Jesús presenta su mesianismo de liberación social, histórica, para toda persona sin distinción. El texto que proclamó que Jesús proclamó lo hace no sólo mensajero de una buena noticia, sino es quien realiza el anuncio de la salvación. A diferencia del texto citado de Is 61, 2b, Jesús se presenta Mesías sin condena para nadie. No es guerrero o un ser celeste, sino el que librará de la esclavitud trayendo una noticia de alegría y de gracia. El Mesías es, ante todo y por encima de todo, el que imparte la salvación, y no el juez que condena. La gracia de Dios había llegado a su plena eclosión. Jesús comenta el texto profético declarando el cumplimiento de ese pasaje: “Hoy”. No lo aplica explícitamente a su propia persona, sólo invita a sus oyentes a estar atentos a los signos que se pueden percibir y que anuncian esa novedad ya presente.

La reacción de sus coetáneos es doble: por una parte: “Todos ellos le daban su aprobación…”, es decir están de acuerdo en todo lo que está afirmando; pero, por otra, de rechazo. Este rechazo de los suyos es por dos razones. La primera se basa en la persona de Jesús: “¿No es éste el hijo de José?” Los que así preguntan han supuesto que el Mesías de Dios ha de mostrarse de una forma externa, esplendorosa, desconcertante. Dios se identifica para ellos con el misterio, con aquello que se impone ante la mente, pues procede desde fuera de la tierra. De lo humano, en que se revela la gracia de Dios, nace la repulsa. El hijo de José, que dicen conocer, no merece su crédito. La segunda razón es semejante: quieren milagros. Quieren tener una seguridad absoluta y necesitan que Dios les demuestre su verdad. Por eso se escandalizan de la figura de Jesús y terminan dejándolo al lado. El hijo de José, Jesús de Nazaret, no piensa como el resto del pueblo sino predica la salvación como una oferta para toda persona. ¿Quién se cree ser?

Para argumentar su postura mesiánica Jesús recurre a dos ejemplos hirientes: una viuda pagana, de Sarepta, fue la única que escuchó la profecía de Elías (1 Re 17) y un sirio pagano fue el que dio eco a Eliseo (2 Re 5). “Ninguno de ellos fue curado” es una dura crítica a la infidelidad antigua, probablemente, sonó igualmente dura a la gente de Nazaret. Podemos medir la convulsión de este tipo de planteamientos ante un auditorio que ha hecho de la religión establecida su fuerza y que ha cultivado siempre la certeza del derecho a lo divino.

Israel siempre ha respondido con la muerte de la profecía cuando ésta ha desvelado su pecado histórico (Cf. Mt 23, 35). Israel no acepta un mesianismo liberador y universalista. La violencia es la constatación de su correcta comprensión del planteamiento de Jesús y de su rechazo. Así Lucas presenta la obertura de la acción de Jesús. Jesús es expulsado de la comunidad de su pueblo, condenado como blasfemo y entregado a la muerte.

Jesús “se abre paso”. El Reino irá adelante, aunque los costes sean altos. Jesús “se aleja” de quien se apropia de la vida y priva de ella a los demás; desde esa lejanía lanza su mensaje de cambio y su exigencia de justicia.

Para escuchar la Palabra
Los paisanos se niegan a aceptar que uno de ellos pueda satisfacer las promesas de Dios. Jesús les advierte que pueden perder su oportunidad de creerle y ver la salvación esperada. Es trágico comprobar que quienes mejor preparados estaban para recibir a Jesús perdieron su oportunidad, perdieron a Jesús y se perdieron ellos por querer signos y creerse que le conocían bien. Hay un conocimiento que encasilla, que domestica al otro que nos impide dejarlo ser. ¿Cómo es mi conocimiento de Jesús? ¿Me sigue sorprendiendo? ¿Le dejo ser como él quiere ser en mi vida?

Nosotros también si necesitamos pruebas para aceptarle, o si creemos conocerle porque nos resulta familiar, corremos el riesgo de perderle. Nuestro saber sobre Dios nos lo ha hecho tan familiar, tan a nuestro alcance, tan como nosotros lo pensamos y lo queremos, que no le dejamos ser lo que Él desearía ser para nosotros. No nos damos cuenta de que pedir signos a Dios es dudar de Él. ¿Será mi caso? Quien pone condiciones a Jesús, se sitúa fuera del alcance de sus promesas: no verá lo portentoso que puede ser.

Jesús negó a sus paisanos lo que no había rehusado a los extraños: esos signos que le acreditaban, esos hechos que conferían credibilidad a sus palabras. Jesús no hizo ningún milagro entre sus paisanos, porque no creyeron en sus palabras, porque para creer necesitan previamente el apoyo de hechos portentosos.

Una buena forma para quedarnos sin Dios es querer quedarnos con Él sólo por lo que nos da, únicamente si nos sirve. Debemos aceptar a Dios en nuestras vidas, como es Él y como quiera serlo para nosotros, y no según lo que nosotros esperamos que sea o como deseamos se comporte con nosotros. ¿No es verdad que a menudo nos preguntamos de qué sirve mantener fidelidad a un Dios que no nos da prueba, constante y sonante, de su amor? ¿O no es cierto que, al parecer, siguen siendo los alejados, quienes menos o peor le conocen, los más agraciados?

Para orar con la Palabra
Señor Jesús, como en aquellos días de tu ministerio en Nazaret, hoy tú estás en medio de nosotros como extranjero. También yo presumo conocerte y a veces pretendo verificar tu acción y tu palabra. Busco la verdad pero no quiero acoger aquella que no coincida con nuestras ideas; quiero un salvador pero no te reconozco si no es según mis expectativas.

Considero que mi vida cristiana resulta aburrida y sin aliciente porque me he habituado a tenerte con una imagen que doy por conocida, que no me sorprende ya, y que hasta defraudas porque no cumples lo que te suplico. No me atrevo a pensar que tú, Señor, colmarás mis mejores esperanzas. Señor Jesús, puesto que aún no gozo del todo de cuanto nos prometiste, continúo esperanzado en tus promesas; puesto no siempre has sido tan bueno como yo esperaba o lo necesitaba, eso me lleva a rogarte que así lo seas y a vivir esperándote.

Como tus paisanos, también yo, me escandalizo de ti y te pongo al margen de mi vida. Ya te conozco lo suficiente como para esperar algo nuevo de ti. Y cuando te oigo pido las pruebas que te acrediten lo que dices ser. Ayúdame a no darte por conocido y a aceptarte tal como tú quieres ser para mí. Que habiéndote conocido desde la infancia cultive la apertura para aceptarte como mi salvador. Quiero darte mi aprobación y admirar tu sabiduría no sólo cuando me das por mi lado, sino siempre por ser quien eres: el Mesías de Dios. Amén.


2Dom Ord cicloC Juan 2:1-11   Descargar PDF


1 Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús.
2 Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos.
3 Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.»
4 Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.»
5 Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.»
6 Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una.
7 Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba.
8 «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron.
9 Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio
10 y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.»
11 Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

Para comprender la Palabra
La escena que recoge este relato del cuarto evangelio es sobradamente conocida. Se desarrolla en Caná de Galilea, se celebra una boda, a la que asisten como invitados, María y Jesús con sus discípulos. Llega a faltar el vino. Nada de extraño teniendo en cuenta la forma de celebrar las bodas en la época. La celebración se prolonga durante ocho días. Ya entonces existía la costumbre de los regalos y el consiguiente compromiso, por parte de los esposos hacia quienes se los hacían. Ante esta situación de verdadero aprieto para aquella familia, María expone a Jesús la necesidad.

La respuesta de Jesús resulta desconcertante, casi escandalosa. Sobre todo si se tiene en cuenta que el sentido de la frase no es “qué nos importa a nosotros ó que tenemos que ver nosotros en este asunto”, sino “qué hay entre nosotros dos”, o “con qué derecho me diriges esta palabra de petición”. ¿Cómo puede un hijo decir esto a su madre? Entre ellos existe la relación más entrañable y profunda que puede darse: relación de maternidad-filiación.

Nótese que en este evangelio María sólo aparece aquí, en Caná de Galilea, comienzo de la vida pública, y en la cruz, fin de la vida pública de Jesús. La razón que Jesús da de sus palabras es que no ha llegado su hora. Normalmente se entiende que es la hora de hacer milagros. María le habría pedido un milagro y, como no había llegado la hora de hacerlo, Jesús contesta de la forma que lo hace. Pero por la petición de María se adelanta la hora de hacer aquel milagro.

Este concepto de la hora apoya lo que dijimos anteriormente. María no debe intervenir hasta que llegue la hora, de ahí que María aparezca de nuevo bajo la cruz, “cuando había llegado la hora”.
Jesús se dirige a su madre llamándola “mujer”, en las dos ocasiones: en Caná de Galilea y en la cruz. Quiere poner de relieve que se trata de la mujer que se haya tan íntimamente asociada al misterio de la redención desde las primeras páginas de la Biblia.

¿Pidió María un milagro? María pide ayuda. Y en esta ayuda no puede excluirse el milagro y lo pide con plena confianza y esperanza de que su hijo lo arreglaría. Por eso se dirige a los sirvientes indicándoles que hagan lo que Jesús les mande.

Las tinajas ahí existentes tienen también una finalidad de enseñanza. Son mencionadas, no sólo por ser recipientes de agua, sino porque el agua estaba destinada a las purificaciones de los judíos. El evangelista viene a decir que el rito de purificación, mediante el agua, es ineficaz y queda remplazado, por el vino de la nueva alianza.

La abundancia de vino (más de 500 litros), indica la presencia del tiempo de la salud. La abundancia de vino es recurso frecuente en el Antiguo Testamento y en el judaísmo para describir el tiempo último. ¿Alusión a la eucaristía? Probablemente. Pero sí la llegada del Mesías

Así Jesús, en este primer signo, manifestó su gloria. Es una epifanía. Manifestación de Dios en él. Manifestación que tiene como exigencia de respuesta la fe en su persona.

La intención primera del signo de Caná es, por tanto, cristológica. En segundo lugar, mariológica. Porque el argumento procede, de menor a mayor: si cuando no había llegado la hora, Jesús realiza un milagro por la petición de María, ¡Cuánto más eficaz será su poder de intervención cuando haya llegado dicha hora! La hora de María coincide con la de Jesús.

Para escuchar la Palabra
La primera manifestación pública de Jesús en el evangelio de san Juan tuvo un comienzo singular: en el marco de una boda, a propósito de la improvisación de unos jóvenes esposos, gracias a la observación femenina y a la obediencia materna de María, Jesús pudo adelantar su hora. Su milagro salvó la fiesta en la boda (y del ridículo a unos novios), pero sobre todo convirtió a unos curiosos que seguían a Jesús en discípulos creyentes.

Donde esté María la fiesta está asegurada. La comunidad de discípulos nació donde una mujer advirtió una carencia material que imposibilitaba la alegría. ¿Qué no nos estaremos perdiendo, habiendo perdido de vista en nuestra vida a la madre de Jesús? ¿O no es verdad que vivir con gozo y con fe se nos está haciendo menos fácil?

Los primeros discípulos gozaron de la presencia de Jesús, con la alegría de una familia que inauguraba ilusiones y vida en común, aún antes de convertirse en creyentes: antes de llegar a la fe, compartieron la alegría con Jesús, una alegría profundamente humana, la alegría de unos recién casados. Ser sensibles ante el amor humano de los otros, participar en el gozo de los demás, compartir sus ilusiones, aunque sea sufriendo su imprevisión y las carencias, es un camino para creer en Jesús: el discípulo no debe volverse ajeno a la vida de los demás ni a sus alegrías, pero tendrá que compartirlas con Jesús. Quien se deja invitar por Jesús a participar junto a él en los acontecimientos felices de la vida, presencia el milagro que convertirá a su maestro en su Señor.

Para orar con la Palabra
Hoy quiero dirigirme a ti, María, madre de mi Señor. Porque de no haber sido por ti, que descubriste la falta de vino en aquella casa y enseguida fuiste a decírselo a Jesús, él no hubiera realizado el milagro y la alegría de la fiesta habría durado poco. Tú eres quien nos muestra el amor materno de Dios y quien nos alerta del peligro que amenaza la alegría. No te amilanaste por la contestación de Jesús sino que buscaste gente obediente; pues sabes que, haciendo lo que él diga, permites que intervenga dando el vino en abundancia y asegurando la fiesta.

Tú fuiste la que vivió confiada a él y moviste a los demás para que se fíen de tu hijo, obedeciéndole: “hagan lo que él les diga”. Ayúdame a creer en tu hijo. A obedecerle. María me haces falta porque no tengo muchas cosas necesarias. Qué te digo a ti que eres tan observadora: la escasez con que vivo mi fe, la imposibilidad para asegurarme el gozo, la ilusión en mi interior…

Los de Caná nada hicieron para que intervinieras. Simplemente te invitaron. Yo te invito porque sé que te ocupas de mí, también de mis defectos y carencias. Te invito porque contigo veré más fácil la gloria de Jesús y me quedaré con él. Te invito porque sé que contigo viviré una fe alegre. La comunidad de discípulos nació donde una mujer advirtió una carencia material que imposibilitaba la alegría y donde la madre, a pesar del primer rechazo de su hijo, enseñó a sus siervos la obediencia. Quédate María con nosotros e auxílianos en nuestra vida creyente. Amén


Bautismo CLucas 3:15-16, 21-22  Descargar PDF


15 Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo;
16 respondió Juan a todos, diciendo: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
21 Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo,
22 y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado.»

 

Para comprender la Palabra
Nuestro texto está formado por dos relatos diferentes: a) el primero, vv. 15-16 precisa la diferencia que existe entre el bautismo de Juan (con agua) y el de Cristo (en el Espíritu). b) El segundo, vv. 21-22 desvela toda la profundidad del bautismo de Jesús tal como se vive dentro de la Iglesia.

El Bautismo de Juan se mueve en la línea de los ritos de purificación del judaísmo de aquel tiempo: invita a los hombres a la renovación total de su existencia y les mantiene en la esperanza del juicio, representado en la irrupción recreadora del Espíritu. La Iglesia sabe que la verdad de esa esperanza se ha cumplido ya en Jesús: por eso bautiza a los hombres con el Espíritu Santo y con fuego, es decir, les introduce en ámbito del juicio destructor (fuego) y transformante (Espíritu).

Toda la realidad del bautismo que Jesús ofrece a los hombres se encuentra contenida de un modo ejemplar y supremo en su propio bautismo. La antigua tradición refiere que Jesús recibió el bautismo que impartía Juan y añade que en este momento se vino a desvelar su cometido de enviado apocalíptico de Dios: el cielo se abrió, vino el Espíritu y Dios le proclamó su siervo, hijo o enviado (Cf. Mc 1, 10-11). El evangelio de Lucas remodela el sentido de los datos. Ya no le importa Juan y prescinde de su figura. La abertura del cielo no es signo del final del tiempo, sino un modo necesario para que el Espíritu descienda. Todo se ha centrado en ese Espíritu y en la voz del cielo (Padre) que proclama a Jesús como su Hijo. Aquí se centra la base y el sentido del bautismo de la Iglesia.

El bautismo constituye antes que nada una revelación o epifanía de Dios en Jesucristo. Jesús se manifiesta desde entonces como el “Hijo”. Esto no quiere decir que antes no lo fuera; simplemente afirma que en el fondo de la vida de Jesús hay un misterio que sólo se comprende a través de Dios y de su Espíritu. Dios es desde ahora aquel que se ha venido a manifestar en Jesús como su “Hijo”. Dios ‘adopta’ a Jesús, como adoptaba a los reyes de Israel en el momento de su coronación, constituyéndoles representantes suyos ante el mundo. Los reyes recibían su función al ser ungidos con aceite. Jesús, al recibir toda la fuerza de Dios, que es el Espíritu; por eso se le llama ungido (mesías).

Pero Jesús no es un ungido más entre los otros. Jesús ha recibido toda la presencia del Espíritu y, por eso, es de verdad “el Hijo”, es decir, aquél a quien Dios escoge de una forma definitiva, aquél en quien Dios se ha hecho presente de manera insuperable. Por eso, Jesús no es simplemente un hijo de los hombres al que Dios por su bondad acoge y ama. Jesús proviene desde el fondo del misterio de Dios como su Hijo: su expresión y su presencia, su enviado.

El misterio de Jesús implica según eso dos vertientes: a) por un lado, es el Mesías (el ungido), porque tiene la fuerza del Espíritu y realiza su obra entre los hombres (les introduce en la urgencia escatológica del juicio); b) por otro, es Hijo, porque se halla cerca de su Padre, ha recibido su palabra creadora (“tú eres mi Hijo”) y le hace presente sobre el mundo.

De todo esto debemos sacar dos conclusiones: a) la primera pertenece al campo de la fe: somos cristianos los que en el fondo en Jesús descubrimos el amor del Padre que le envía y la fuerza del Espíritu que actúa por medio de su obra; b) la segunda nos introduce en la práctica: aceptar el bautismo de Jesús (3, 16) significa recibir su “Espíritu” (de gracia y exigencia) como la verdad definitiva, el juicio de Dios sobre la historia. Y no olvidemos que a esto se llega a través del bautismo de conversión que Juan ha proclamado un día en medio de su pueblo.

 

Para escuchar la Palabra
La primera lección que nos da hoy Jesús, queriendo recibir el bautismo de agua – él, que no lo necesitaba; él, que podía bautizar con Espíritu y fuego – es su empeño, en obediencia al Padre, de volverse en todo semejante a nosotros. Para hacernos menos penosa su llamada a la conversión, se solidariza con nosotros pecadores. Aparenta estar necesitado de salvación para ofrecérnosla. Porque quien ama no duda en ponerse al nivel del amado. Y Dios se declara Padre de aquel que conoce su querer y lo realiza. Jesús se solidarizó con toda aquella gente que intentaba volver a Dios y, convirtiéndose a Dios, deseaba ponerle en el centro de sus vidas. Reconocer el propio pecado y la necesidad de vuelta a Dios nos consigue ser reconocidos hijos de Dios. ¿Reconozco mi pecado? ¿Soy dócil convirtiéndome a Dios? Si son aceptadas y confesadas nuestras faltas y limitaciones no nos apartan de Dios, más bien nos lo acercan, y no como juez temible sino cual Padre bondadoso. Es necesario convertirme a Dios para que él se convierta en mi Padre.

¿Cómo vivo mi bautismo? ¿Me voy configurando a Cristo Jesús? ¿Pienso, siento y actúo como él? Asumir su persona y su estilo de vida, asumir su causa y su mensaje es el camino para recuperarnos como discípulos suyos contando con su Espíritu y con su Padre. No lo olvidemos.

Para orar con la Palabra

“Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido”. ¡Qué palabras tan hermosas, Padre! La felicidad de Jesús es la tuya. La pasión por el Reino, tu pasión. El corazón de Jesús, el tuyo. En todo lo que él diga y haga allí estarás como buen Padre respaldándole con tu amor. Y es que eres misterio de amor y comunión y de entrega sin límites. Tú has amado a tu Hijo y en amor nos lo has enviado como tu elegido y hermano mayor. Él obediente y lleno de amor se hizo el último de todo, pero jamás renunció a lo más grande e íntimo, a oír tu lenguaje callado de amor paterno. Jesús nos dirá que aun en nuestras mayores pobrezas seremos ricos si mantenemos encendida en nuestro corazón la brasa que nos recuerda el amor loco que tú, Padre, nos tienes y si le amamos “como un amante ama a su amada”.

Señor, que teniendo experiencia de tu amor contemple a los demás como habitados por tu gloria divina, vestidos por tu hermosura divina, con esa dignidad que nunca debe ser pisoteada ni ignorada. Hoy oro, como oraba Jesús, tu Hijo, sabiéndome hijo en Él y tu elegido… y tomando la Escritura del Cántico de los cánticos exclamo: “mi amado es para mí y yo soy para mi amado” (Cant 2, 16), “buscaré al amor de mi alma” (Cant 3, 1), “ponme como sello en tu corazón, como un sello en tu brazo” (Cant 8, 6), “que es fuerte el amor como la muerte. Las aguas torrenciales no pondrán apagar el amor” (Cant 8, 6).

 

 

 

4Dom Adviento C Lc 1, 39-45  Descargar PDF

39 En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá;
40 entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
41 Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo;
42 y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno;
43 y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?
44 Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno.
45 ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

 

Para comprender la Palabra

En la anunciación el Ángel había anunciado a María que su hijo sería efecto del Espíritu; y, por otro lado, le ofrece como signo, de que para Dios no hay imposible, el hecho de que Isabel, aun siendo anciana, haya concebido. El texto muestra que María acepta el signo sin dudarlo y se apresura a visitar a su pariente. Este parentesco, entre María e Isabel, es el reflejo de la unión de sus caminos: Isabel exalta la grandeza de María, Juan prepara la venida de Jesús; todos realizan la misma obra de Dios y han venido a encontrarse en el comienzo de sus vidas. Pero, dentro del parentesco, existe una diferencia fundamental. Isabel y Juan se encuentra del lado de acá, en el campo de la espera de los hombres (Antiguo Testamento). María, en cambio, pertenece al plano de la fe que Dios hace fecunda; Jesús es la presencia decisiva de Dios entre los hombres; por eso, siendo humanos, inauguran la verdad del Reino.


La intención del evangelista de poner este acontecimiento es unir desde el principio los destinos del Bautista y de Jesús, señalando, al mismo tiempo, sus grandes diferencias. Al recibir la visita de Jesús, ya concebido, Juan se alegra desde el vientre de su madre; su gozo ha condensado todo el gozo del auténtico Israel que exulta en la venida de su Cristo. Es semejante la relación que se establece entre las madres. Isabel, que continúa anclada en el antiguo testamento, glorifica a su pariente María, que, por medio de la fe, se ha convertido en comienzo de la nueva humanidad de los salvados. Isabel es el símbolo del Antiguo Testamento que ha cumplido plenamente su camino. Igual que las antiguas madres de su pueblo, se nos dice que estéril y es anciana (Lc 1, 6-7), cerrada en sus poderes, la historia de los hombres se encuentra seca. Pero Dios ha intervenido y la fecunda, Dios hace posible que en el vientre de Isabel nazca la vida (Lc 1, 24). Juan, el fruto de su fecundidad, será la meta de todos los posibles caminos de los hombres. La historia de los hombres es incapaz de transponer este lindero. Al final de sus posibilidades está Isabel que prorrumpe en alabanza ante María, está el Bautista que se alegra por el Cristo.

La obra de Dios en María ha transcendido todos los caminos de los hombres. Aunque impulsado por Dios, el nacimiento de Juan era algo humano. La concepción de Jesús es diferente: las posibilidades humanas se han revelado insuficientes; por eso actúa el Espíritu Santo y por eso lo que nace es el mismo “Hijo de Dios” (1, 35). Eso significa que la historia de Dios se ha introducido en nuestra historia, transformándola internamente. En este contexto se entiende la alabanza de Isabel: María es dichosa por haber creído (1, 45), es decir, porque ha dejado que el Espíritu de Dios se adueñe de su vida y la fecunde. Es “bendita entre las mujeres” porque en ella la fecundidad de toda nuestra historia, reflejada en la maternidad de la mujer, queda asumida en la misma “fecundidad de Dios, que hace nacer al ‘Hijo’ en forma humana”. Todo concluye en la “bendición del fruto de su vientre”, es decir, en el misterio de una fe que se halla abierta hacia Jesús. Aquí termina todo el Antiguo Testamento; aquí comienza el mundo nuevo de la bendición de Dios, que se refleja en la respuesta de María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”.

Para escuchar la Palabra
La visita de María llena a Isabel del mismo Espíritu que la ha hecho a ella madre aun siendo virgen. Isabel felicita a María porque “ha creído”: ¿me siento feliz de ser creyente? ¿En qué aspectos la fe de María puede ser modelo para mi fe? María llevó a Dios a la vida de su prójimo ya que ella le permitió entrar en su vida. Ella es el arca de la alianza que lleva la presencia de Dios porque la ha aceptado. ¿Qué comunico a los demás como creyente? ¿Qué puedo hacer para que la salvación de Dios siga visitando y alegrando a quienes más lo necesitan? María acepta el plan de Dios declarándose sierva y una vez contando con la presencia de Dios se puso en camino para ponerse al servicio de quien la necesitaba. Lo primero que hizo, apenas hubo comenzado a concebir a Dios en su seno, fue irse con prisas a casa de quien iba a ser madre antes que ella. No supo esperar a Dios tranquilamente a solas con los brazos cruzados, insensible a otras maternidades menos importantes.

Sintiendo a Dios en su interior, no se pudo sentir liberada de la necesidad de su pariente. Precisamente porque Dios se le estaba haciendo niño en su seno, tuvo que ponerse a disposición de otra futura madre y de otro niño que, como su propio hijo, estaba aún por nacer. María vivió su estado de buena esperanza, haciendo el bien a quien, como ella, también esperaba a ser madre por gracia de Dios. ¿Qué me enseña esa disponibilidad a la hora de revisar mi compromiso cristiano? Ella nos enseña la forma auténtica de esperar a Dios; acercarse a quien necesita de nuestra ayuda y ponerse a su disposición es el modo mariano de preparar la Navidad. La espera no es un inútil pasatiempo. No se espera bien a Dios quien no hace el bien a los demás. Y la mejor forma de evidenciar la aceptación de Dios en nuestra vida, que está siendo parte de nosotros, es nuestra apertura y servicio a los demás.

Para orar con la Palabra
Me quedo maravillado, Señor, de la forma en que entras en nuestra vida. Rondas buscando creyentes que te presten vida y fe como María. Te agradezco tu inmensa confianza, tanto más gratuita cuanto menos merecida y peor respondida. Desde María me sorprendo de ti y de tu plan.

Llegar a ser tu familiar es el destino posible para cualquier creyente que ose fiarse de ti como lo hizo María. Quiero intentarlo para ser ocasión de gracia y motivo de alegría para los demás como ella. Lleva a Dios a la vida de su prójimo, quien te ha permitido entrar en su vida.

En María te fuiste haciendo hombre mientras ella se fiaba de ti sirviendo. Te atendió mientras atendía a los demás. Hubo la primera Navidad, y la habrá siempre, cuando diciéndote sí nos acerquemos a quien necesita de nuestra ayuda y nos pongamos a su disposición.

No quiero Señor que esta Navidad sea para nosotros días vacíos, alegría sin contenido, fiesta familiar que no logre hacernos familiares tuyos. Y todo porque no supimos esperarte como quieres ser esperado y como María esperó.

Si quieres entrar en nuestro entorno y hacerte nuestro familiar ayúdanos a consentirte en nuestra vida y a servirte en nuestro prójimo.

Porque sigues contando con nosotros para hacerte presente en nuestra historia. ¡Bendito seas, Señor, por las maravillas que obraste en María virgen! ¡Y bendito también porque estarías dispuesto a repetirlas con nosotros, si en nosotros encontraras siervos como María! Sé con nosotros tan grande como fuiste con ella, para que podamos bendecirte como ella, y como ella, ser benditos para siempre. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

3 Dom Adviento CLc 3, 10-18  Descargar PDF

10 La gente le preguntaba: «Pues ¿qué debemos hacer?»
11 Y él les respondía: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.»
12 Vinieron también publicanos a bautizarse, y le dijeron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
13 El les dijo: «No exijáis más de lo que os está fijado.»
14 Preguntáronle también unos soldados: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?» El les dijo: «No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos con vuestra soldada.»
15 Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo;
16 respondió Juan a todos, diciendo: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
17 En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.»
18 Y, con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva.

 

Para comprender la Palabra

Este evangelio es la continuación casi inmediata del que leíamos la semana anterior. La figura del Bautista sigue ocupando el centro de la escena. El evangelio actual nos presenta el ministerio de predicación de Juan el Bautista y la respuesta del pueblo a su llamado a la conversión. Este texto tiene dos centros principales: a) por un lado se halla la figura de Juan que, retomando las palabras del Antiguo Testamento, anuncia el juicio que se acerca e interpela a todos exigiendo un cambio de conducta; b) por el otro, se muestra el poder de Dios que viene como fuerza transformante en la persona de Jesús, el Mesías de Dios, como juicio de Espíritu y de fuego para el hombre.

Juan ha sido presentado por Lucas como el último profeta de Israel, el nuevo Elías cuya misión consiste en “preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17). La llamada a la conversión por parte del Bautista suscitó una respuesta positiva entre el pueblo, que Lucas ejemplariza en un triple diálogo. Por tres veces aparece la pregunta: “Qué hemos de hacer?” Al anuncio de la inminente irrupción del Señor el pueblo espera una orientación ética. Quien había incitado a la conversión a Dios indica el modo de realizarla, en concreto, mediante una conversión al prójimo. Juan no pide a la gente que adopte un estilo de vida, ni exige una radicalidad extraordinaria. La relación interpersonal, renovada, es consecuencia y prueba de una relación renovada con Dios. Pero no se trata de frutos específicamente religiosos, puesto que no se menciona la observancia de la ley ni las oraciones, sacrificios, votos o actos de piedad propios del judaísmo. La conversión se concreta en la relación fraterna con el prójimo, en la práctica de la justicia, en la renuncia a la violencia y en la ética profesional, que son dimensiones que implican a cualquier ser humano. El Interés desinteresado por el prójimo es el reto ético que se puede dar a un judío o a un pagano. El camino de la salvación está abierto a todos. El regreso al Padre pasa por la recuperación de la fraternidad. Hay que empezar por lo más cotidiano – como el vestido y el alimento -. Cada uno, según su condición, busque aquello que precise un reajuste moral en su vida: los publicanos, la justicia y los militares, la honestidad (ni unos ni otros obligatoriamente judíos). La buena noticia entraña una exigencia nítida: los que tienen bienes o poder deben compartirlos con los que no tienen nada o son más débiles.

La segunda parte del texto nos señala que algunos depositaron sus expectativas en Juan por lo que aparece en él mismo la confesión: el “Mesías” que espera el pueblo es “el que está por llegar” y es “el más fuerte”. Tras Juan vendrá uno que no sólo llamará a la conversión, sino que la hará posible con el bautismo del Espíritu. Juan imagina al Mesías como juez definitivo que vendrá a separar a los buenos de los malos – el trigo de la paja – para dar a cada uno su merecido. En cambio, el ministerio histórico de Jesús se caracterizó por la práctica liberadora de la misericordia y no por amenaza de un juicio inminente. Por eso más tarde el mismo Bautista se muestra desconcertado y manda preguntar si es él, Jesús, el Mesías (cf. 7, 18-30). Lucas presenta al Bautista con un carácter apocalíptico con algunas palabras (cf. Lc 3, 7.9.17) y concluye su presentación declarándolo pregonero de la Buena Noticia.

Para escuchar la Palabra
Este domingo es conocido como el domingo de la alegría ya que sabemos cercano a Dios a pesar de la prueba. La alegría del cristiano es la alegría del que espera que Dios sea más grande que su propia necesidad. Es el gozo de sentirnos sus hijos queridos, sin querernos libres de toda dificultad o tentación. ¿Por qué vamos a ser siempre los cristianos quienes más nos distinguimos por la adustez de nuestras caras, por las prohibiciones continuas, por el recelo ante los desconocidos, por el alejamiento, cuando no condena, de cuantos no son o piensan como nosotros? ¿Cómo anhela mi corazón al Señor? ¿Qué provoca en mí saber que está próximo el Señor?

La conversión que Dios nos pide hoy a cuantos le esperamos es la vuelta a la alegría de vivir. Una vida que se pasa aumentando la esperanza a través de la caridad al prójimo no es una vida acabada, sin salida. ¿Cuáles serán los gestos de conversión al prójimo para avivar nuestra esperanza en la llegada del Señor? “¿Qué tenemos que hacer?”

Los que oyeron al Bautista siguieron al siervo; tendrán que ver a su Señor, para experimentar lo que es bueno. Cualquier voz que nos hable de nuestro Dios, no es todavía la voz del Señor que nos habla. Ni cuanto nos dicen sus precursores se identifica con lo que nos dirá. Pero oír a quien hable en su nombre, alienta la esperanza de oírle a Él un día. Si se echa de menos al Señor, al menos se podría pasar el tiempo escuchando a cuantos de Él nos hablen. ¿Reconozco su llamada a través de sus mediaciones? ¿Soy mediador de Dios ayudando a los de mi entorno a encontrarse con él?

Para orar con la palabra
Señor, deseo el gozo y parece que estoy condenado a no encontrarlo. A veces me diera la impresión, que esperándolo, hubiera sido más grande la espera que su duración; mayores los esfuerzos previos que la satisfacción conseguida. Anhelo la alegría y arrincono esa sensación en unas pocas horas de la semana, en unos pocos días del año, en unos pocos meses en mi vida. Todos buscamos con afán, y a veces hasta con ingenio, alegría y logramos a lo sumo alguna distracción o algo de evasión. Me da la impresión, Señor, que en la sociedad se alquila la alegría por horas, se la confunde con la despreocupación y el ocio inútil, o lo que es peor, con el desinterés por los demás.

Quiero, Señor, comprender y vivir la auténtica alegría. Esa que surge como consecuencia de saberme amado por Ti. Tan interesado estás conmigo que me anuncias que vienes a mi encuentro. Tan importante nuestra historia que quieres hacerte presente.

Sé, en la fe, que habitas en nosotros, me aseguras una alegría que nadie puede arrebatarme, ni yo puedo construir. Desde ti y contigo confieso que tengo razones para vivir con alegría. A pesar de todo lo malo que pueda haber en nuestro entorno, a pesar de lo malo que podamos aún ser, tenemos razones para vivir con gozo. Porque Tú nos amas y vienes a nosotros.

Haz brotar en mi interior esa alegría por saberte cercano. Necesito ese gozo de saberme hijo querido aún en medio de dificultades o tentaciones. Una vida que se pasa aumentando la esperanza no es una vida acabada, sin salida. Tenerte cercano me mantendrá atareado preparando tu venida. Haz surgir en mí ese gozo de tenerte cercano y al alcance.

 

 

 

 

 

2 Dom Adviento cicloCLc 3, 1-6  Descargar PDF

1 En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene;
2 en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
3 Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados,
4 como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas;
5 todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos.
6 Y todos verán la salvación de Dios.

 


Para comprender la Palabra
El evangelio nos presenta el contexto histórico y político-religioso de la figura de Juan el Bautista. Lucas, con dotes de historiador, ha precisado cuando se da el gran viraje de la historia de los hombres en la venida de la Palabra de Dios sobre el Bautista por eso ha datado este suceso. Pero también lo sitúa en un lugar: la comarca del Jordán que es el desierto, con todo el significado religioso que tiene este lugar para el pueblo de Israel. Es intención del evangelista anunciar que la salvación de Dios no es intemporal o abstracta, sino que se ha hecho presente de un modo real en la historia humana. Todo el mundo es beneficiario de la revelación de Dios y de su obra salvífica y, por consecuencia, la Buena Noticia no conoce límites geográficos ni culturales pues “todos los hombres verán la salvación de Dios”.

El Bautista es presentado también dentro de las coordenadas teológicas de Israel, es decir, sobre el campo de esperanza del Antiguo Testamento. Juan es la realidad de aquella vieja voz que proclamaba: “Preparad en el desierto el camino del Señor...”, que en el texto de Isaías esa voz provenía del mismo Dios y aseguraba que el desierto de lejanía, que separaba a los israelitas de su tierra, se convertiría en un camino de libertad y de esperanza. Si el profeta Isaías anunciaba el mensaje gozoso restringido a Israel, el evangelista Lucas amplía el horizonte prometiendo que la salvación de Dios es para todos. En la tradición cristiana esa voz se ha individualizado: es Juan, que en el desierto y desde él proclama un bautismo de penitencia preparando los caminos de Dios, que son ahora los caminos de Jesús.

La Palabra de Dios no vino sobre el hombre más poderoso del momento: el emperador romano, ni sobre el gobernador de Judea, ni sobre los tetrarcas mencionados; no ha venido ni siquiera a los sumos sacerdotes: Anás y Caifás sino sobre Juan, hijo de Zacarías, un humilde sacerdote del templo de Jerusalén y “en el desierto”. Así, el Bautista reanuda la acción de los grandes enviados de Dios del tiempo anterior y se enlaza con la tradición profética. La Palabra de Dios que lo llama, le confiere su ministerio y es la fuerza que domina su vida. Le hace pregonero itinerante, va delante de su Señor y anuncia lo que va a suceder. El mensaje que él anuncia es el llamado a la conversión y la práctica del bautismo penitencial. La conversión es el prerrequisito; con la conversión se vuelve el hombre hacia Dios, reconoce su realidad y su voluntad, se aparta de sus pecados y los reprueba; en esto consiste, esencialmente la conversión y el arrepentimiento.

El bautismo, la inmersión en las aguas del Jordán, acompañada de una confesión de los pecados (Mc 1, 5), sellará esta voluntad de conversión y, al mismo tiempo, otorgará el perdón de los pecados por Dios. El que ha recibido el bautismo se halla pertrechado y preparado para formar parte del nuevo pueblo de Dios de los últimos tiempos. Va a iniciarse lo que tanto se había esperado: El Señor viene. La preparación del camino se entiende en sentido religioso-moral; se llama penitencia, conversión, retorno a Dios, bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. Obra verdaderamente gigantesca: trazar un camino por el desierto; transformar los corazones. Dios prepara la salvación para toda carne.

 

Para escuchar la Palabra
Quienes hoy preparen el camino del Señor que llega, verán pronto la salvación. La liberación es gratuita, pero no impreparada. Oír “la voz que grita en el desierto” implica hoy saberse en espera del Salvador y reconocer la urgencia de nuestra conversión a Dios. No hay esperanza sin conversión; no se pueden desear bienes mejores y definitivos sin alejarse del mal; quien vive deseando a su Señor, vive lamentando su ausencia, pero ya conforme a su querer. ¿Qué realidad me impide esperar al Señor en mi vida? ¿De qué cosas y realidades habría de despojarme de manera que mi espera sea más fehaciente?

Nos faltan precursores de Dios que nos anuncien ya su llegada, cuando nosotros no logramos siquiera darnos cuenta de que le hemos abandonado. Necesitamos que se nos recuerde que Dios sólo viene para quienes le esperan y que cuantos le esperan tienen la obligación de hacerle viable el camino hacia nosotros. Que no nos visitará si no mejoramos la senda que ha de tomar para venir a nosotros. ¿En la actual situación histórica me sé llamado a preparar el camino, como el Bautista, al Señor? ¿Qué necesitamos “allanar”, “rellenar”, “rebajar”, enderezar” o “nivelar· en el plano personal y comunitario?

Si no queremos correr el riesgo de perdernos a nuestro Dios, empecemos por escuchar a todo aquel que nos hable de Dios; hagámonos más atentos con quienes nos hagan ver que aún nos falta Dios; comprobar que nuestro mundo no es el cielo, que nuestra vida familiar no es el hogar que anhelamos, que en nuestros corazones hay todavía mucho mal. Esto no será desesperante, si ello nos lleva a aceptar la falta que Dios nos hace, lo necesario que es para nuestro mundo, para nuestra familia y en nuestro corazón. Dios se sirve de cualquiera con tal de anunciársenos cercano; bastaría que le echáramos un poco de menos y que le deseáramos un poco más, para escuchar al precursor que nos ha designado. ¿Está todavía Dios ante nuestra vista? ¿Es nuestro por-venir? Hagámonos más atentos con quienes nos hagan ver que aún nos falta Dios. Nosotros mismos podremos ser precursores ante los demás por estar esperándole.

Para orar con la palabra
Llévame al desierto, Señor, donde suscitas a los precursores que anuncian tu llegada. Me he instalado en mi historia y no tengo horizonte alguno por delante que me impulse a dejarme transformar. A duras penas encuentro en mi entorno alguien que te evoque a ti y tus exigencias. No sólo te echo en falta a ti, sino también a esos grandes creyentes que convenzan de que estás en camino. Creo que nos faltan precursores que nos anuncien que llegas porque con frecuencia te perdemos de vista. Y es que estoy tan preocupado con mis problemas, incluso con los problemas que tengo contigo que no siempre pienso en los que tú tienes para venir conmigo y a mi historia.

Por eso te pido que me lleves al desierto, al lugar donde resuene tu Palabra en mi vida, donde están esos precursores coherentes, donde pueda reconocer la necesidad que de ti tengo. Cumple tu Palabra suscitando en el desierto precursores que nos sigan hablando de preparación, de conversión, de la necesidad de allanar los caminos de manera que todos vean tu salvación. Y es que puedo estarte perdiendo por darte, sin más, por supuesto en mi corazón y en mi vida.

Me falta experiencia del desierto Señor para echarte de menos y salir a tu encuentro. Edúcame a través del desierto, como lo hiciste en otro tiempo con Israel, pactando alianza, para vivir anhelándote en mi vida y preparando mi encuentro definitivo contigo.

 

 

 

 

 

1 Dom Adv CLc 21, 25-28.34-36  Descargar PDF

25Habrá signos en el sol, en la luna y en las estrellas y sobre la tierra angustia de los pueblos, en perplejidad del rugido del mar y de las olas, 26desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de lo que viene sobre el mundo, pues las potencias de los cielos serán sacudidas. 27Y entonces verán al hijo del hombre viniendo en una nube con poder y gran gloria. 28Cuando comiencen a suceder estas cosas, álcense y levanten sus cabezas porque se acerca su liberación. [...]
34 Atiendan a ustedes mismos para que no se haga pesante su corazón en borrachera y bebedera y por las ansiedades de la vida, y venga sobre ustedes de improviso aquel día 35como una red, pues vendrá sobre todos los que residen sobre la faz de toda la tierra. 36Velen, pues, en todo tiempo, pidiendo para que sean fortalecidos para escapar de todas estas cosas que están por suceder y estar de pie delante del hijo del hombre.

¡Gloria a ti, Señor, Jesús!

 

LEXIO

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De frente otra versión apocalíptica de la venida del Hijo del hombre, el evangelio de Lc a diferencia de Mc, acentúa más lo improviso del día que el desconocimiento de la hora precisa. Una diferencia sutil, pero que remarca la responsabilidad de estar vigilantes. También a diferencia de Mc, Lc no propone los signos después de una gran tribulación, sino que los mismos signos causan ansiedad en los pueblos, y añade los signos del mar y de las olas. Aparece una doble postura ante los signos que aparecen: los hombres de las naciones desmayan, mientras se pide a los destinatarios del mensaje que se alcen. Para poder mantenerse en pie, se pedirá estar atentos, mantener ligero el corazón – sin cargas de “desorden” como el alcohol, pero también de las cosas “ordinarias” de la vida – y a través de pedir, de orar. No obstante lo que se anuncia es la liberación, el creyente debe de responder con esa actitud de mantenerse firme.

Se puede intuir una sutil diferencia entre los destinatarios del mensaje y el resto de los hombres de todos los pueblos, de todos los residentes de toda la tierra, pero si leemos atentamente, también los destinatarios del mensaje, los creyentes, están insertos en la misma angustia de todos sus coetáneos. La diferencia entre unos y otros se obtiene por la propia vigilancia, remarcada con ese reflexivo: pongan atención a ustedes mismos,
La finalidad es estar de pie ante el Hijo del hombre. La postura de pie, delante de alguien que viene con tan gran poder, es la postura de dignidad delante de aquel que es por mucho superior a él. Mantenerse en pie, escapar de las ansiedades y tribulaciones, es una lucha continua, pero que se hace de cara a Él.

La versión que escucharemos en la liturgia, no contiene los vv. 29-33 que corresponden al ejemplo de la higuera, en la cual se anuncia la cercanía del verano al contemplar sus brotes.

 

REFLEXIO

… y encontrarás meditando...

Cuidar (preparar) de nosotros mismos.
Las contrariedades que continuamente vemos como signos aterradores en nuestro tiempo nos revelan la necesidad que tenemos de mantenernos en pie, con nuestra fe, en medio de un mundo que desfallece ante los horrores de la corrupción, la violencia, el terrorismo, las políticas no sólo injustas sino inhumanas de mercado, etc. El desfallecer, el perder toda esperanza, hacen que no veamos al Señor delante de nosotros, como juez, pero también como ayuda para nuestro camino.

Es interesante ver que se habla de un corazón ligero, no pesado. Un corazón pesado se asemeja a un corazón de roca, insensible; es un corazón que se le dificulta vivir y sentir, porque se “emborracha” o se “agobia con lo ordinario”. El alcohol no es la única cosa que hace pesado el corazón, tantas evasiones de la vida con que tratamos de acallar nuestra ansiedad: compras, drogas, viajes, fiestas. Todo ello podría estar en función nuestra, pero cuando estas cosas se adueñan del corazón, no permiten ver los signos delante de nosotros, mucho menos al Señor que está delante como salvador. El otro, el agobio de las cosas ordinarias, una vida monótona, desencantada, más preocupada de sobrevivir que de dar sentido a la vida; también ésta nos aleja del apreciar los signos y la salvación que parecen tan lejanas. Cuando vivimos así, nos caerá el fin sin darnos cuenta, impreparados, y vacíos.

No estamos ajenos al drama de los demás seres humanos. Vemos tanta desgracia, mas comúnmente la sentimos lejana, hasta que no la vivimos en carne propia podemos comprender su gravedad. Estar preparados es cuidar de nosotros mismos, estar atentos a los movimientos de nuestros propios corazones, abrirlos a la esperanza y a la lucha por mantenernos en pie – ayudando a otros a hacerlo – para poder huir de la ansiedad y de todas estas cosas. Pero para ello, es necesario alzar la cabeza, ver delante de quién estamos. La salvación, el Hijo del hombre, nos espera delante, para guiar nuestros pasos. Poner atención es revisar y evaluar continuamente nuestro proyecto de Vida, para redirigirlo cada vez al Señor.

 

ORAXIO

… llama orando...

Ante un mundo fragmentado y sin esperanzas,
Señor, mantén mi corazón entero y vigilante en el temor de tu nombre;
ante un mundo embriagado en el éxito individual,
mantén mi corazón ligero para amar, para servir, para perdonar;
ante un mundo temeroso de sus propios horrores y autodestrucción,
mantén mi corazón capaz de mantenerse en pie para mostrar la belleza tu Rostro.
Que no desfallezca en mostrar a mis hermanos la gran dignidad del ser humano,
porque Tú, siendo Dios, quisiste ser Hijo del hombre.
Amén.

 

CONTEMPLAXIO

… y se te abrirá por la contemplación!

¿Qué sentimientos y pensamientos rondan mi cabeza ante los signos de nuestro tiempo? ¿Cómo manejo la ansiedad que nos traen: evado, asumo con agobio, les veo con esperanza? ¿Cómo hago concreta y operante mi esperanza?
¿Qué cosas hacen pesado mi corazón y no me dejan ponerme en pie delante del Señor que está delante de mí?
¿Dedico tiempo a la oración y me preparo para juzgar desde mi fe las situaciones? ¿Qué podrá cambiar el mundo si algo cambia en mí?

 

 

 

4Dom Adv CTexto: Lc 1, 39-48a [+48b-55]  Descargar PDF

 

39Levantándose pues María en aquello días fue a la serranía con premura hacia una ciudad de Judá 40y entró a la casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41Y sucedió que como escuchó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel fue llena de Espíritu Santo 42y exclamó a gran voz y dijo: “Bendita eres tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno. 43¿De dónde esta cosa a mí para que la madre de mi Señor venga a mí? 44He aquí que como fue la voz de tu saludo a mis oídos, el niño saltó con gran gozo en mi seno. 45Sea bendita la que ha creído porque será cumplida a ella los dichos de parte del Señor.”

46Entonces dijo María: “Engrandece mi alma al Señor, 47y proclama mi espíritu en Dios, mi salvador. 48Porque se ha fijado en la humildad de su sierva. [He aquí, pues, desde ahora todas las generaciones me declararán bienaventurada, 49pues el Poderoso ha hecho grandezas en mí, su nombre es santo 50y su misericordia es de generación en generación con los que lo temen. 51Hizo poder con su brazo, dispersó a los arrogantes en pensamiento y corazón. 52Desbancó a los poderosos de los tronos y elevó a los humildes. 53A los desposeídos ha llenado de bienes y a los ricos los despide vacíos. 54Acogió a Israel su hijo habiéndose recordado misericordia, 55según ha dicho a nuestros padres, a Abraham y su descendencia por los siglos.”]

¡Gloria a ti, Señor, Jesús!

 

LEXIO
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María se levanta y va presuorsa, es la misma actitud que tendrán las mujeres en la mañana de la resurrección (Mc 16, 2; Lc 24, 1; Jn 20, 1). Algo hay de nuevo que comienza, la inserción del Salvador en la historia, ya presente en las entrañas de María. La región montañosa de Judá es la zona de Jerusalén, un lugar cercano a la morada de Dios. El salto del niño en el vientre expresa una sensación de fuerte conmoción, la misericordia divina se expresa con un movimiento en las entrañas (Jr 31, 20; Os 11, 8). Aquí es una vida nueva, una nueva generación que se mueve por la llegada del Salvador en el vientre de María. Isabel queda llena de Espíritu Santo, las palabras que dirá serán pues inspiradas, actuando a la par de los profetas (Jue 6, 34; 11, 29; 13, 25; 1Sm 10, 6; Is 61, 1; Ez 2, 2): lo dicho por Dios será cumplido.
El cántico de respuesta de María tiene un antecedente famoso, el cántico de Ana, madre de Samuel, que agradece el ser bendecida sobre su esterilidad (1Sm 2, 1-10). Hay quien dice que María expresa doblemente el canto: como buena israelita agradece con las palabras de la Escritura la acción divina en su pariente y alaba a Dios en su nombre, o también anuncia una profecía sobre sí misma en un mismo movimiento espiritual, estando ella previamente llena del mismo Espíritu (Lc 1, 35). Son potentes las repeticiones de algunas palabras: los humildes, las generaciones, la misericordia. La respuesta de alabanza parte de una acción de Dios: mirado fijamente, ha hecho maravillas, su nombre es santo y su misericordia se muestra por generaciones. Se trata de la misma dinámica liberadora del éxodo (Ex 3, 7.15.20). El cambio de las suertes de los humildes y hambrientos nos muestran que no es el esfuerzo humano, sino la potencia divina la que actúa; mientras que con los ricos y arrogantes – de pensamiento y corazón –, nos muestra el destino de los confiados en sí mismos. La misericordia se extiende por generaciones en virtud del recuerdo de Dios a su promesa, Él acoge a Israel como hijo, como siervo, Él abarca a la descendencia de Abraham dentro de todo el arco del tiempo. Sólo un requisito: temer al Señor (Prov 1, 7; 9, 10; Salmo 111, 10).

 

REFLEXIO
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Dejémonos mirar por Dios para ver como Dios.
Dios se muestra solícito a socorrer con misericordia a quienes claman a él, y les responde con signos potentes y magníficos, especialmente a través de los humildes, de los pequeños. ¿Acaso Dios desprecia a los grandes y poderosos? Ciertamente Él es Padre amoroso de todos los hombres, pero muestra el poder de su brazo en la humildad de quienes lo temen porque son éstos quienes están abiertos a su acción, a su Palabra, sólo el humilde es capaz de conmoverse (Is 66, 2). El rico, el arrogante de pensamientos y sentimientos, es incapaz de abrirse a la Misericordia, porque confiado en su autosuficiencia se niega al don gratuito. Creyéndonos merecedores, desmerecemos.

María se muestra humilde en el servicio; Isabel en su esterilidad reconoce la mano potente de Dios – y es signo para María de la Misericordia Divina para la cual nada es imposible (Lc 1, 36-37) – y así ellas se pueden dejar llenar por el Espíritu Santo. Se cumple así lo dicho: los hambrientos, los humildes serán llenados de bienes; los ricos y arrogantes regresan vacíos.

La reticencia a reconocernos humildes delante de Dios se acentúa al constatar que si nos dejamos ver por Él, nos descubriremos siempre y cada vez más, inmerecedores de toda gracia. Esta mirada fija de Dios sobre nuestra humillación se vuelve nuestra; pero la fe nos lleva a pasar de esta mirada “objetiva” a una “subjetiva”, no ver sólo lo que somos, sino lo que Él nos ama Dios. Pasar y releer nuestra vida a la luz de sus promesas. Y descubrimos que que todo es Gracia, que somos benditos, bienaventurados, porque nos acoge como hijos. Mas este don de Dios no se da en solitario, se de generación en generación, su Misericordia nos constituye como una familia. Así el gozo pasa de padres a hijos y de hijos a padres, como pasa la promesa de Abraham a su descendencia, como pasa el gozo del niño a Isabel.

 

 

ORAXIO
… llama orando...

Salmo 135:La oración litánica con un continuo repetir de un estribillo, une y sintetiza tantos motivos de oración. Así hace este salmo, invitándonos a contemplar nuestra historia “de generación en generación” y descubrir la acción salvífica de Dios en ella, “porque eterna es su misericordia”. Hagamos oración con este salmo, pero no se agotan los motivos de alabanza en él, añadamos motivos, dejémonos conmover por su presencia en nuestras propias vidas, por ejemplo:
- Él nos envió a su Hijo hecho carne, porque es eterna su Misericordia.
- Él me ha dado consuelo en mis dificultdes, porque es eterna su misericordia.
- Etc., porque es eterna su misericordia.
Amén.

 

CONTEMPLAXIO
… y se te abrirá por la contemplación!

Contemplar desde la imagen. El logotipo del Jubileo de la Misericordia, hecho por el P.Iván Rupnik, presenta un hermoso juego con la mirada de Dios y la mirada del hombre, compartiendo un solo ojo. Se hace uno solo por la cercanía. Observo, contemplo y me contemplo desde este juego de miradas. ¿Qué siento? ¿Qué descubro? ¿Qué me pide Dios? ¿Cómo respondo a esta petición?

 

 

 

3 Dom Ord CTexto: Lc 1,1-4; 4,14-21  Descargar PDF

1 1Ya que muchos han asumido el compilar en un recuento acerca de los eventos que nos han acontecido, 2según nos fue transmitido a nosotros por los que fueron desde el principio testigos visuales y siervos de la palabra, 3ha parecido también a mí, habiendo seguido de nuevo todo cuidadosamente, el escribir ordenadamente para ti, ilustre Teófilo, 4para que conozcas con seguridad sobre las palabras que te fueron enseñadas.


14Que Jesús regresó, por el poder del Espíritu Santo, en Galilea, su fama se propagó por toda la región de él. 15Y él enseñaba en sus sinagogas, siendo alabado por todos.
16Y vino a Nazaret, donde fue criado, y entro en la sinagoga según le era acostumbrado en el día de los sábados y se levantó para leer. 17Le fue dado el libro del Profeta Isaías y desenrrollando el libro, encontró el lugar en el cual está escrito:
18“El Espíritu del Señor está sobre mí, ya que él me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres, me ha enviado a anunciar a los cautivos la redención y a los ciegos que volverán a ver, para enviar en libertad a los oprimidos, 19para proclamar el año favorable del Señor”.
20Entonces enrollando el libro, y habiéndolo dado al encargado, se sentó. Los ojos de todos en la sinagoga estaban observándolo. 21Entonces él comenzó a decir delante de ellos: “Hoy se ha cumplido esta escritura dada a sus oídos”.

¡Gloria a ti, Señor, Jesús!

 

LEXIO

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La liturgia quiere introducirnos al ciclo C, en el cual proclamaremos de modo especial el evangelio según san Lucas, por ello, hemos comenzado con su introducción (1,1-4). Lucas presenta su trabajo a Teófilo (amigo de Dios) quien podría haber sido un mecenas a quien dedicó su obra, o bien, una figura con la cual podríamos identificarnos cualquiera de nosotros. Siendo un texto muy antiguo, nos da testimonio de los muchos esfuerzos de conservar la memoria de Jesús. A nosotros sólo nos quedan como canónicos 4 testimonios (Mt, Mc, Lc y Jn), que son acogidos como Palabra de Dios por su cercanía histórica con los sucesos, como explica Lucas: con los testigos oculares. [De ahí que los textos llamados apócrifos, no negando la recta doctrina de muchos de ellos, no se consideren como divinamente inspirados por su desfase histórico].

Nos centraremos en el relato de la proclamación en la sinagoga de Nazaret (4,14-21). Jesús está lleno de la fuerza del Espíritu, es él quien lo mueve, y él se deja mover por él. Esto queda afirmado tanto en la parte narrativa, como en la parte de proclamación de un texto del Antiguo Testamento. La fama de Jesús se esparce por toda su tierra, todos lo alaban; lo que después no sucederá en su propia aldea. Jesús tiene un lugar y un día para predicar, que para él es habitual: la sinagoga. La sinagoga no es un templo – no hay sacrificios ni santuario – sino un lugar para leer y estudiar las Escrituras. Las sinagogas surgen como un punto de referencia para los judíos después de la caída de Jerusalén; en tiempos de Jesús no tienen una estructura rígida, por lo que la predicación de Jesús y de los primeros cristianos se desenvuelve en ellas. Jesús es presentado como un judío más, devoto y observante de las prácticas; sin embargo hay algo en él de especial que hace que todos estén atentos a él.

El pasaje que Jesús lee corresponde a Is 61,1-2, es parte de un mensaje de consuelo después del exilio en Babilonia. Está lleno de esperanza, y denota una restauración: buena noticia a los pobres, libertad/redención a los oprimidos y cautivos, la vista a los ciegos. Inicia con la declaración: el Espíritu del Señor está sobre mí. Jesús está ungido por el Espíritu, es el Mesías. Es una autopresentación fundada en la Escritura, con ello se cumple – como dice a los presentes – la Palabra que apenas se ha proclamado. El mensaje se cierra con el anuncio de un año favorable del Señor, lo que algunos han interpretado como el anuncio del año jubilar, en el cual se restituye la libertad a los hijos de Israel.

Un detalle sencillo, Jesús recibe las Escrituras y las devuelve al encargado. La Palabra que él proclama no es invención de él en ese momento, asume todas las promesas de Dios a su pueblo, y las vuelve a entregar. El cumplimiento de la Palabra no la anula, le da dimensiones nuevas, la actualiza: “hoy se ha cumplido”.

 

REFLEXIO

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Ungidos por el Espíritu cumplamos las promesas de Dios.
La salvación que espera el pueblo de Israel en su opresión es alentada por la esperanza que suscita la Palabra de Dios. También nosotros, esperamos ser salvados, y también escuchamos esta palabra como promesa de salvación. La promesa se diferencia de una simple palabra porque se espera sea cumplida. Jesús al hacer resonar en sus labios estas promesas, las actualiza y las cumple – no sólo con su voz – sino con toda su vida, movida por el Espíritu Santo. “La Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados” (Dei Verbum, 12). La actualización de la Palabra conlleva pues una proclamación y un cumplimiento. En estos dos movimientos se requiere la acción del Espíritu sobre nosotros.

El contenido del mensaje gira en torno a la acción de Dios, la liberación, el consuelo, la luz, sólo serán posibles en el tiempo favorable del Señor. Esto diferencia la acción meramente humana de la intervención divina. La acción del hombre creyente, iluminada por la Palabra, ve los problemas humanos desde una óptica diferente: no desmaya en su propio esfuerzo, porque su esperanza está puesta más allá de sus propias fuerzas y límites. No se espera con los brazos cruzados, se trabaja en cumplir hoy la profecía.

La promesa al cumplirse no se agota, sino que se continúa. Jesús, cumpliendo las promesas de Dios no agota su acción liberadora y de curación, se prolonga en quien escucha la Palabra y se deja ungir por el Espíritu. Mas no se trata de un cumplimiento imperfecto, sino de un cumplimiento progresivo. Por tanto, hemos de continuar hoy el cumplimiento de las promesas de Dios para los pobres y los oprimidos. Si Jesús es el Ungido (=Mesías, =Cristo), nosotros somos hemos sido llamados a ser cristianos (=ungidos) por la acción del Espíritu Santo. No se trata de un privilegio, sino de una misión, como Jesús es enviado.

 

ORAXIO
… llama orando...

Aquí estoy, envíame.
Señor, tu pueblo, mis hermanos, esperamos en tus promesas, desde antiguo nos has anunciado la potencia de tu brazo para rescatarnos, para liberarnos, para consolarnos. Tantas veces he escuchado tus palabras, pero no han calado en mi corazón, y ante el mundo parecerían huecas.
Más tú eres Fiel y Verdadero, derrama pues tu Espíritu sobre mí, para que tus promesas hagan latir de nuevo mi corazón y se conviertan para mí en Palabras Vivas de Salvación. Que tenga el coraje de decirte como Isaías: “aquí estoy, envíame” (Is 6,8), que tu Palabra se actualice en mis labios y se cumpla en mis manos para consolar y curar, en mis pies para caminar hacia la libertad. Que hoy diga como María, “se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1, 38). Amén.

 

CONTEMPLAXIO
… y se te abrirá por la contemplación!

¿Cómo escucho la Palabra de Dios?, ¿la leo como promesa de salvación? ¿Qué nace en mi corazón cuando veo dolor en el mundo?, ¿qué pienso de Dios?, ¿qué pienso de mí mismo? ¿Pido con insistencia el don del Espíritu Santo sobre mí, o me conformo con mi propio criterio o con lo que me dicen? ¿Cómo haré que se cumplan “hoy” - en especial en este año favorable del Jubileo de la Misericordia – las palabras de consuelo y liberación para mis hermanos y hermanas?

 

 3Dom Adv2 C

 

12 Dom Ord CEl texto: Lucas 9, 18-24.  Descargar PDF


18 Sucedió que estando orando él solo se reunieron con él sus discípulos y les preguntó diciendo: “¿Quién dice la muchedumbre que soy yo?” 19 Respondiéndole dijeron: “Juan el Bautista, otros que Elías, otros que un profeta de los antiguos que se ha levantado,” 20 Les dijo: ¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?”
Pedro respondiendo dijo: “El Cristo de Dios”.
21 Y advirtiéndoles les ordenó de no decir esto a ninguno, 22 dijo: “El hijo del hombre debe sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos y sumos sacerdotes y los escribas y será muerto, pero en el tercer día ser alzado.”
23 Y decía a todos: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue su cruz cada día y sígame, 24 pues el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi causa, éste la salvará.”

 

ORAXIO
Busca leyendo... (Lo que dice el texto en si mismo para entenderlo mejor)

La pregunta de Jesús sobre su propia identidad, en el relato de Lucas, se desenvuelve en un ambiente diverso. Mientras que en Mateo y Marcos, Jesús se encuentra con sus discípulos en la zona de Cesarea de Filipo, lugar de confín de Israel, donde la idolatría era común y hasta subvencionada por Herodes; en Lucas encontramos a un Jesús solitario, que ora.

Las preguntas dirigidas a los discípulos tienen dos referentes: la multitud y ustedes. Las respuestas de lo que dice la multitud son variadas, pero siempre en el campo profético. Un poco antes, ya Herodes se preguntaba sobre Jesús y daba respuestas similares (Lc 9,7-9). En cambio, la respuesta de Pedro a la segunda pregunta es directa y única: “El Cristo de Dios.”

Inmediatamente viene el anuncio de la Pasión, pero también de la resurrección. El verbo “alzarse” usado para designar la resurrección aparece en el v.19 referido a un profeta de antiguo, y en el v. 22 referido al Hijo del hombre. Jesús no es “otro” resucitado, no es continuación de los profetas anteriores, sino una novedad que será alzada tras haber tenido que sufrir y ser rechazado.

Casi de improviso aparece un “todos” (mientras que en Mc se habla de un llamar a la muchedumbre, y en Mt se dirige sólo a los discípulos) a quienes hace la invitación de seguirlo tomando la cruz de cada día. Invitación que se refuerza con la paradoja de que para ganar vida hay que perderla. La presencia de la cruz es enigmática, ya que el sentido que le damos a la expresión es siempre post-pascual y le damos connotación de un sufrimiento transitorio, mientras que la cruz consiste en una muerte ignominiosa con un sufrimiento definitivo.

REFLEXIO

... y encontrarás meditando. (Reflexión personal y profundización sobre la Palabra, lo que a mí me dice ahora)

Y tú, ¿quién dices que soy yo?.
Jesús, como revelación del Amor del Padre, se nos revela también él mismo a nosotros, pero no de una manera invasiva, sino como un misterio que es acogido y desvelado poco a poco en la situación propia de nuestra historia y en nuestro momento específico de maduración personal.

El mundo, al igual que Herodes, también se pregunta sobre Jesús, y escuchamos tantas voces a favor y en contra de él. Podemos responder a esta pregunta “desde Cesarea”, en confrontación con tantas situaciones que no son de Dios. Esta es la vía negativa o apofática, que al descartar lo que Jesús no es, nos permite acercanos a saber quién es él realmente: no es un profeta más, no es un mero filósofo, no se puede reducir a un revolucionario. Sin embargo estas son siempre parcialidades.

La pregunta más decisiva es la que nos hace a nosotros mismos, y a esta nos conviene responder desde la soledad y la oración; pues nuestra fe, nuestro conocimiento del Señor, sólo puede partir de un encuentro personal con él.

Mas la fascinación que el Señor ejerce sobre nosotros no ha de ser ingenua, vemos así a Jesús que hace callar a los discípulos hasta que no hayan experimentado la corrección de la cruz para entender la verdadera fuerza de la resurrección. El ánimo exaltado puede conducirnos a una imagen triunfalista y desencarnada de Cristo – alejada de las preguntas y dolores de este mundo –, mientras que el seguimiento, al cual él nos invita, se vive en la simplicidad del día a día. La cruz no es una carga pasajera que luego botaremos, sino un sello definitivo sobre nuestra total existencia, en cuerpo y alma. De ahí que sólo el que pierda la vida por él la gana en eterno, el que huye de la cruz, huye del Cristo verdadero y por tanto huye de la verdadera vida, que es la que se entrega para salvación.

La pregunta ¿quién dicen/dices que soy yo? Seguirá abierta a lo largo de nuestro crecimiento humano y cristiano, ¿qué responderemos? Nuestra respuesta será más auténtica cuando, como Jesús, implicamos nuestra propia identidad en este diálogo: “¿Quién soy yo para Él?”


ORAXIO
Llama orando... (Lo que le digo, desde mi vida, al Dios que me habla en su Evangelio. Le respondo)

Te he conocido, crucificado.
Me preguntas “¿quién soy yo para ti?”, y Señor, no tengo más respuestas que el rumor del mundo en el cual fuiste crucificado: tantas ideas, tantos conceptos, y ninguno de ellos me sacia. Sólo la simple confianza de tu mirada me llena de paz.
Al descubrirte como el Señor de la historia, y como el Cristo prometido a nuestros padres; al mismo tiempo te me muestras frágil y sufriente, varón de dolores entre mis hermanos. Te he conocido así, crucificado: con los brazos abiertos para amar, con más preguntas que respuestas, en el llamado a seguirte con la cruz a mis espaldas. Cargar la cruz no para soportar las contrariedades de cada día, sino para asemejarme a ti; y sólo así poder no responderte con ideas, sino comprenderte desde mi carne y desde mi corazón. Dame tu luz, tu fuerza, tu pasión. Amén.

 

CONTEMPLAXIO

y se te abrirá por la contemplación (Hago silencio, me lleno de gozo, me dejo iluminar y tomo decisiones para actuar de acuerdo a la Palabra de Dios)

¿Qué experimento en mi corazón cuando Jesús me hace esta pregunta?
¿Verdaderamente me hago la pregunta de quién es Jesús para mí? ¿Cuándo, en qué circunstancias: dudas, problemas, oración, discernimiento vocacional, periódicamente...?
¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué experiencia de Cruz vivo? ¿Me acerca a configurarme con Jesús o sólo es sufrimiento soportado? ¿Cómo viviré mi seguimiento de Cristo desde esta Palabra?

 

 

 

 

18 Dom Ord CEl texto: Lucas 12, 13-21.  Descargar PDF


13 Le dijo uno de los de la muchedumbre: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. 14 Le dijo: “Hombre, ¿quién me ha instituido juez o repartidor sobre ustedes?” 15 Les dijo: “Miren y guárdense de toda avaricia, porque no en la abundancia de sus posesiones está la vida de uno”.
16 Y Les dijo una parábola diciendo: “La tierra de un hombre rico reportó mucho. 17 Razonó en sí mismo diciendo: “¿Qué haré, ya que no tengo donde reunir mis frutos” 18 Y dijo: “Esto haré, derribaré mis almacenes y construiré unos mayores y reuniré allí todas las espigas y todos mis bienes, 19 y diré a mi vida: 'Vida, tienes muchos bienes depositados para muchos años, reposa, come, bebe, regocíjate'. 20Le dijo Dios: 'Insensato, en esta noche te será reclamada tu vida, todo lo que has preparado, ¿para quién será?' 21 Así es el que atesora para sí y no se enriquece ante Dios”.

 

LEXIO

Busca leyendo... (Lo que dice el texto en si mismo para entenderlo mejor)

Encontramos dos momentos: una controversia con uno que pide la intervención de Jesús en un reparto de herencia y una parábola que Jesús da como respuesta, no sólo a él, sino a toda la muchedumbre.

El hombre hace un reclamo de justicia, pero Jesús se desliga de intervenir preguntando sobre su función de juez o repartidor. La palabra “juez”, hace referencia a la justicia entre los hermanos; mientras que “repartidor” hace referencia a la herencia. Jesús más que resolver un caso particular, nos pone en alerta del origen de la injusticia: la avaricia, que sobrepone el poseer sobre la propia vida. La palabra griega para designar la avaricia expresa el “poseer más que otros”, “más de lo debido”, no se trata sólo del deseo, sino de la realidad de poseer de más – muchas veces fruto de engaño y astucia en detrimento de los otros –.

El ejemplo que Jesús propone inicia con la tierra como sujeto, no es que el hombre haya trabajado más, fue la tierra que produjo mucho. De igual manera, el que hereda no ha trabajado lo que recibe. El hombre de la parábola en su pensamiento descubre que tiene bienes para muchos años, mas no posee este tiempo para disfrutar de esos bienes; aquí reside su insensatez.

Existen tres palabras para designar la vida: bios (la vida física), zoé (la vida plena), psiqué (la vida humana natural). En el texto encontramos que Jesús habla de zoé, mientras el hombre rico habla a su psiqué. Esta psiqué le será pedida por algunos, en plural; ¿quiénes son estos? Podría tratarse de un plural mayestático que haría referencia a Dios como el único capaz de pedir la vida; o esta pluralidad de quienes piden la vida contra la singularidad de ésta, nos mostraría la fragilidad de la vida humana.

El hombre no sabe a quién dejará cuanto ha preparado, algunos sugieren se trata del mismo padre del hombre que pide justicia contra su hermano. Sea o no el mismo, la parábola termina con el problema que la motivó: el destino de la herencia.
Nos quedamos al final con una pregunta: ¿qué significa hacerse rico ante Dios?

REFLEXIO

... y encontrarás meditando. (Reflexión personal y profundización sobre la Palabra, lo que a mí me dice ahora)

El hombre rico e inconsciente es como un animal que perece (Salmo 48).
El origen de la injusticia es el tener más que los otros, el exceso de uno sólo puede venir del despojo del otro. Frente a una sociedad que considera que la riqueza es sólo el fruto del trabajo y el esfuerzo humano, el Señor nos recuerda que es más lo que recibimos como bendición gratuita que como fruto de nuestro empeño. Es la tierra que la que produce fruto, dependemos de ella; no obstante sea necesario nuestro trabajo. Recordamos de frente a las palabras de Jesús la doctrina de la propiedad originaria de los bienes que postula la Iglesia, donde la propiedad sólo tiene razón de ser como una función de administración en pos del bien social (YouCat #427). De ahí que el atesorar para uno mismo no responda a la voluntad del Creador, pues retiene los bienes que debiesen de ayudar a la vida de los demás, incluso la propia. Jesús nos previene de una vida artificial, atada a los cálculos de bienes, y no al cálculo de los años que nos otorga sabiduría (salmo 89,12), es decir, la capacidad de gozar cada pequeño momento como una bendición que podemos compartir. Es el ensimismamiento lo que nos hace atesorar, cerrar los ojos a las necesidades de los demás, y al disfrute de nuestra propia vida.

Esta pérdida de conciencia, esta insensatez, nos conduce a fracturar incluso lo que más amamos, como lo es la familia; la división exigida de la herencia no mira a la justicia, sino a la avaricia. Para sanar esto, Jesús nos invita a enriquecernos ante Dios, cambiar la perspectiva de nuestra vida; descubrir que el poseer está al servicio de la vida y no al revés. El redescubrir en el otro a mi hermano, en vez del contrincante de mis deseos. Por ello la insistencia de Jesús de “mirar y guardarnos”, porque fácilmente podemos cerrar lo brazos y el corazón a los bienes, creyendo que nos los merecemos.


ORAXIO
Llama orando... (Lo que le digo, desde mi vida, al Dios que me habla en su Evangelio. Le respondo)

Libra mis ojos de la muerte.
Libra mis ojos de la muerte
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milgro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto…!)
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo.

 

CONTEMPLAXIO

y se te abrirá por la contemplación (Hago silencio, me lleno de gozo, me dejo iluminar y tomo decisiones para actuar de acuerdo a la Palabra de Dios)
¿Qué experimento al pensar en mi propia muerte, en mi fragilidad?
¿Soy consciente de que cuanto poseo no puede alargar mis años? ¿Cómo aprovecharé mi tiempo?
¿Qué papel juegan en el tiempo “gastado” de mi vida: Dios y mis hermanos?
¿Reconozco sinceramente en cuanto tengo – de bienes y de tiempo – una bendición de Dios?
¿Cómo puedo poner mis bienes y mi tiempo al servicio para tener vida plena ante Dios?