EN EL CUARTO CENTENARIO de la Muerte de san Francisco de Sales:

Dos Gigantes que se suceden en el carisma salesiano

Debo comenzar declarando que no es mi intención escribir un opúsculo sobre la vida de san Francisco de Sales. Existen magníficas biografías escritas por verdaderos expertos. Sería absolutamente presuntuoso por mi parte y supera, sin duda, tanto mi pretensión como mi interés. Pero, en cambio, sí pretendo con estas páginas, ante la espléndida figura de san Francisco de Sales, iluminar en este cuarto centenario de su muerte a nuestra Familia Salesiana, la Familia de Don Bosco, que hunde sus raíces y bebe cotidianamente de esta espiritualidad salesiana.

Desde el inicio hablo de dos gigantes que se suceden en el carisma salesiano, porque ambos son un gran don en la Iglesia, y porque Don Bosco supo traducir, como ningún otro, la fuerza espiritual de Francisco de Sales en la cotidianeidad de la educación y evangelización de sus muchachos pobres y, por ende, toda su Familia Salesiana sigue teniendo este deber en la Iglesia y en el mundo de hoy.

Por esto quiero declarar, desde el inicio, que «simbólicamente» ambos, Francisco de Sales y Juan Bosco (Don Bosco), tienen mucho en común, ya desde la cuna.

Francisco de Sales, nace bajo el cielo de Saboya que corona valles atravesados ​​por torrentes que nacen en las cumbres más altas de los Alpes.

¿Cómo no pensar que Juan Bosco también era un «saboyano»? No nació en un castillo, pero tenía el mismo don que Francisco: una madre dulcemente llena de fe. Françoise de Boisy era jovencísima cuando esperaba su primer hijo y, en Annecy, frente a la Sábana Santa, que le hablaba de la pasión del Hijo bendito de Dios, emocionada, hizo una promesa: ese niño debía pertenecer a Jesús para siempre.

Mamá Margarita le dirá a su Juan un día: «Cuando viniste al mundo, te consagré a la Santísima Virgen».

Frente a la misma Sábana Santa, Don Bosco también se arrodillará en Turín. Las madres cristianas generan santos. En un castillo, como Francisco, o en una casa de campo destartalada, como Juan.

Dicen que la primera frase completa que logró formular Francisco fue: «El buen Dios y mi madre me quieren mucho».

Y el buen Dios cuidó de Francisco y de Juan. Y a ambos les dio un gran corazón. Francisco estudió en París y Padua, en las universidades más prestigiosas del momento. Juan estudiaba a la luz de las velas en el hueco debajo de la escalera del «Caffé Pianta». Pero el Espíritu no se detiene ante las dificultades humanas. Los dos estaban destinados a «encontrarse». Y un día Don Bosco dijo a un grupo de jóvenes que habían crecido a su lado: «Nos llamaremos Salesianos». Y desde aquel momento, siempre guiado por el Espíritu, se irá desarrollando el gran árbol de la Familia de Don Bosco, la Familia Salesiana.

San Francisco de Sales es una de las figuras de la historia que, con el paso del tiempo, han crecido en relevancia y significatividad, debido a la fecunda expansión de sus intuiciones, experiencias y convicciones espirituales. Después de cuatrocientos años no deja de ser fascinante su propuesta de vida cristiana, su método de acompañamiento espiritual y su visión antropológica de la relación del ser humano con Dios.

El lema que he elegido para este Aguinaldo en familia, fiel como siempre a la herencia y tradición que nos dejó el mismo Don Bosco, viene de la pluma misma de Francisco de Sales, puesto hoy en el centro de nuestras miradas en el cuarto centenario de su muerte[1].

Las Constituciones de los Salesianos de Don Bosco tienen numerosos elementos y características de la espiritualidad de san Francisco de Sales. Lo mismo las de las Hijas de María Auxiliadora y las de otros muchos grupos de la Familia de Don Bosco, ya que tienen en su identidad tantísimos elementos salesianos. Por eso no resulta difícil encontrar sintonía, conexiones y aplicaciones directas entre los textos escritos hace cuatrocientos años por Francisco de Sales y lo que, como rasgos de identidad, forma parte de nuestro patrimonio espiritual salesiano.

Y, en particular, como guía del presente escrito, me sirvo del artículo 38 de las Constituciones de los Salesianos de Don Bosco en el que se describen las características del Sistema Preventivo en nuestra misión, en el marco de nuestro servicio educativo-pastoral, y expresa una síntesis de los aspectos que deseo desarrollar, casi como si se tratara de un índice de lectura actualizada del pensamiento de san Francisco de Sales. Dice así:

«Para realizar nuestro servicio educativo y pastoral, Don Bosco nos legó el Sistema Preventivo.

“Este sistema descansa por entero en la razón, en la religión y en el amor”: no apela a imposiciones, sino a los recursos de la inteligencia, del corazón y del anhelo de Dios, que todo hombre lleva en lo más profundo de su ser.

Asocia en una misma experiencia de vida a educadores y jóvenes, dentro de un clima de familia, de confianza y de diálogo.

Imitando la paciencia de Dios acogemos a los jóvenes tal como se encuentra el desarrollo de su libertad. Los acompañamos, para que adquieran convicciones sólidas y progresivamente se vayan haciendo responsables del delicado proceso de crecimiento de su humanidad en la fe» (Const. 38).

Si algo distingue a nuestra Familia Salesiana en las sociedades y las culturas de hoy, tan multiformes y diversas, es probablemente el Sistema Preventivo de Don Bosco, que es capaz de aplicarse, ser conocido y aceptado en los más variados contextos. Encuentro en el artículo citado, y en las líneas centrales del pensamiento y de la espiritualidad de san Francisco de Sales tantos elementos comunes, que me he permitido entablar un diálogo entre Francisco de Sales y Don Bosco a partir de lo que aquí descubrimos:

 

  1. Nada a la fuerza. La libertad, don de Dios: à y por eso nuestro sistema educativo «no apela a imposiciones».
  2. La presencia de Dios en el corazón humano: à por eso reconocemos el «anhelo de Dios, que todo hombre lleva en lo más profundo de su ser».
  3. La vida en Dios: à que «asocia en una misma experiencia de vida a educadores y jóvenes».
  4. La dulzura y amabilidad de trato: à que nos lleva a vivir con nuestros jóvenes “dentro de un clima de familia, de confianza y de diálogo”.
  5. Un amor incondicional y sin restricciones: à que hace posible en nuestra familia que «imitando la paciencia de Dios acogemos a los jóvenes tal como se encuentra el desarrollo de su libertad».
  6. Con la necesidad de una guía espiritual: à y por eso «los acompañamos para que adquieran convicciones sólidas».
  7. Hasta vivir «todo por amor»: à para que «progresivamente se vayan haciendo responsables del delicado proceso de crecimiento de su humanidad en la fe».

 

1. Nada a la fuerza. La libertad, don de Dios

Y por eso nuestro sistema educativo «no apela a imposiciones».

 

«La caridad y la dulzura de san Francisco de Sales me guíen en todo»[2]. Don Bosco tuvo ocasión de conocer en el seminario de Chieri las obras fundamentales de san Francisco de Sales. Uno de sus propósitos en la ordenación sacerdotal nos hace ver que había encontrado en él un modelo no solo de acción sino también de vida. La caridad y la dulzura que desplegó san Francisco de Sales en el trato con las personas, a lo largo de su vida, tuvo en Don Bosco un impacto y una convicción que lo marcaron toda su vida, comenzando por recordar siempre el sueño de los nueve años: «no con golpes»[3].

«Nada a la fuerza» es una propuesta hermosa, una invitación para que sea una preciosa regla personal de vida.

Orienta en el modo de aceptar una tarea, en la actitud con la que se desarrolla una misión, en el modo de asumir una responsabilidad o un servicio a los demás. Y lo que sostiene y da consistencia a esta opción, a este modo de vivir como cristianos, tiene que ver con la decisión misma de Dios, que nos ha creado y nos ha hecho libres.

Todos hemos experimentado que las cosas que vienen impuestas, sin razones, sin un porqué, simplemente por imperativo y a la fuerza, no se sostienen durante mucho tiempo; tan solo dura el tiempo que dure la imposición. Dios no hace así, y san Francisco de Sales lo pudo experimentar en su actividad pastoral. Siendo un obispo tridentino, promotor de la reforma católica, educado en la lucha contra la tibieza de la fe, eligió el camino del corazón y no el de la fuerza. Y no hizo más que fijarse y vivir la actitud de Dios. Así lo dice a su hija espiritual: «Como un buen padre que tiene de la mano a su hijo adaptará sus pasos a los vuestros y estará contento de no caminar más deprisa que tú»[4].

Para el santo humanista Francisco de Sales, la libertad es el elemento más precioso de la persona[5]. La realidad de la Encarnación es el motivo más sublime para poder afirmar esta dignidad. Se puede decir que Dios no solo nos ha creado a su imagen y semejanza, sino que, en Cristo, Dios mismo –con palabras de Francisco de Sales– «se ha hecho a nuestra imagen y semejanza»[6]. Esta grandeza del ser humano, su valor como persona, se manifiesta en la libertad que hace a la persona responsable. Para Francisco de Sales la libertad es la parte más importante de la persona porque es la vida del corazón. Y tiene tanto valor y dignidad que Dios mismo, que nos la ha dado, no la pretende con la fuerza, y cuando nos la pide, quiere que se la entreguemos sinceramente y de propia voluntad. Dios «no ha obligado nunca a ninguno a servirlo y no lo hará jamás»[7].

La acción de Dios, su gracia, no actúa nunca sin nuestro consentimiento. Actúa con fuerza, pero no para obligar o constreñir, sino para atraer el corazón; no para violentar, sino para enamorar a nuestra libertad. La libertad donada por Dios a la persona humana es siempre respetada. Dios, como le gustaba decir a Francisco de Sales, nos atrae hacia Él con su bondadosa iniciativa, a veces como una vocación o una llamada, otras veces como la voz de un amigo, como una inspiración o una invitación y otras como una «prevención» porque se anticipa siempre. Dios no se impone: llama a nuestra puerta y espera a que le abramos[8].

De igual modo, Don Bosco, en el trato con sus muchachos más desfavorecidos y pobres de Valdocco, aprendió a seguir la vía del corazón en la acogida y en el acompañamiento educativo. La puesta en práctica del celo pastoral, del deseo de salvar almas, del compromiso por el desarrollo pleno de sus muchachos se realiza sin coacción, sin imposiciones, siempre con la aceptación por parte del joven de entablar esta relación de amistad porque en su corazón siente que se quiere su bien, que hay alguien que piensa en su bien y que quiere que sea feliz.

La libertad humana será siempre un valor que custodiar, incluso cuando entren en juego otros valores como la fe, la justicia y la verdad. Para nosotros, como Familia de Don Bosco, esto es fundamental. No aceptamos que se pueda educar sin el respeto sagrado a la libertad de cada persona. Donde no se respeta la libertad de la persona, ahí no está Dios. Por eso según san Francisco de Sales, Dios atrae con su amor a la persona del modo más conforme a nuestra naturaleza. Así lo expresa en este bello texto:

«El lazo propio de la voluntad humana es el goce y el placer. Muéstrale a un niño nueces, dice san Agustín, y se sentirá atraído como un imán; es atraído por el lazo, no del cuerpo sino del corazón. Ved, pues, como nos atrae el Padre Eterno: enseñándonos nos deleita, pero sin imponernos ninguna necesidad. Tan amable es la mano de Dios en el manejo de nuestro corazón y tanta es su destreza en comunicarnos su fuerza, sin privarnos de la libertad, y en darnos su poderoso impulso, sin impedir el de nuestro querer, que, en lo que atañe al bien, así como su potencia, nos da suavemente el poder, de la misma manera su suavidad nos conserva poderosamente la libertad del querer. Si tú conocieras el don de Dios, dijo el Salvador a la Samaritana, y quién es el que te dice: Dame de beber; puede ser que tú le hubieras pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva. Las inspiraciones, Teótimo, nos previenen y, antes de que pensemos en ellas, se dejan sentir; pero, una vez las hemos sentido, de nosotros depende el consentir, para secundarlas y seguir sus movimientos, o el disentir y el rechazarlas. Se dejan sentir sin nosotros, pero no hacen que consintamos sin nosotros»[9].

Dios atrae, llega a decir Francisco de Sales, como lo hacen los perfumes de los que habla el Cantar de los Cantares. El intento de compaginar libertad del hombre y atracción de Dios se lleva a cabo con la dulzura. La fuerza de la atracción de Dios, potente, pero no violenta, está en la dulzura de su atracción, y además el amor de Dios no es para nada rival del amor humano hacia las criaturas en la experiencia espiritual que vive y comparte Francisco de Sales. Ningún amor aleja nunca nuestro corazón de Dios sino aquello que le es contrario. La mística salesiana, este amor a Dios del que hablamos, lejos de excluir el amor a los demás, lo requiere[10].

Es así como entendemos que Dios respeta la libertad humana al mismo tiempo que quiere nuestro bien y nos da tantas muestras de su amor. Quizás la primera de ellas será, sin duda, el respeto de forma incondicional a nuestra libertad. El amor desaparece si se pretende imponer o exigir, y en esto reside la fuerza con la que Francisco de Sales presenta la imagen positiva de Dios amante, que ofrece su amistad, y dona sus bienes, y deja espacio abierto en libertad a la reciprocidad, mediante la comunicación con Él.

Esto también nos ilumina acerca del cuidado y respeto de la libertad religiosa de toda persona. Tener como Francisco de Sales una presencia amable entre los no católicos, presencia que entendemos que es una forma de evangelización a través del testimonio, tener una presencia que a veces deberá ser callada, silenciosa, respetuosa, será perfectamente válida ya que parte no solo del principio de la no violencia sino, lo que es más importante, del respeto profundo a la libertad de las personas.

Nos sentimos muy identificados con este modo de presencia que ya practicó san Francisco de Sales en zonas de conflicto a causa de las guerras de religión de su época, dando un testimonio profético de paciencia y perseverancia con un estilo centrado en la cruz de Cristo y en la materna intercesión de María.

Nuestra presencia como Familia Salesiana en tantos lugares del mundo requiere, por opción, este tipo de presencia.

Y ciertamente, ahondar en el legado de Francisco de Sales, e intentar aplicar su espiritualidad en situaciones concretas de nuestro tiempo, será el mejor modo de crecer en «salesianidad».

 

 

2. La presencia de Dios en el corazón humano:

Reconocemos «el anhelo de Dios, que todo hombre lleva en lo más profundo de su ser».

Decir «nada a la fuerza», no es únicamente una estrategia o un método sino, sobre todo, esa profunda convicción de confianza y fe en el ser humano –el humanismo cristiano– que vivió san Francisco de Sales, en cierto modo contracorriente, y que Don Bosco supo desarrollar magníficamente con su optimismo y confianza plena en los jóvenes, en sus muchachos: el ser humano, el joven, cada persona, todos nosotros, llevamos inscrito en nuestro ser la necesidad de Dios, el deseo de Dios, «la nostalgia de Dios»[11]. El deseo natural de ver a Dios se transforma en nuestros santos en la convicción de que Dios está presente y se hace presente a cada persona en esos momentos de su vida, que solo Dios mismo elige, y del modo que solo Dios conoce[12].

Estos principios teológicos, tan contemporáneos a nosotros, se expresan en concreto en una actitud espiritual de colaboración con la acción de Dios, profundamente salesiana: la de servir en espíritu de libertad al hombre, que ya en san Francisco de Sales toma forma en el optimismo, en la positividad, en la confianza en la naturaleza humana y, como consecuencia, en el valor de la amistad y en la posible búsqueda de la felicidad.

Desde la imagen positiva de Dios que nos ofrece su amistad, es fácil comprender este elemento que ilumina la espiritualidad salesiana vivida y propuesta por Don Bosco: «procura hacerte amar más que hacerte temer»[13]. Nuestro padre Don Bosco, siguiendo a Francisco de Sales, quiere que Dios sea amado más que temido y, si el «temor de Dios» ha de ser una vía de santidad, no lo será como temor y miedo a un terrible castigo, sino como un temor estrechamente unido a la confianza en la bondad de Dios.

Lejos de sembrar pesimismo, negatividad o temor, la presencia de Dios, el anhelo del encuentro con Dios, el deseo de su amistad y de verla correspondida, son la base de la espiritualidad salesiana. Frente a los que consideraban a Dios como un guardián que reprime las infracciones a la ley, o un Dios lejano e indiferente, Francisco de Sales lo experimenta como un Dios preocupado por sus criaturas y por su felicidad, respetuoso siempre de su libertad y empeñado en guiarlo con firmeza y dulzura[14].

Francisco de Sales comparte la idea aristotélica de que en toda persona existe una aspiración a la felicidad, un movimiento que tiende a este fin, un deseo natural que es común a toda la humanidad. Pero, a su vez, desde su propia experiencia personal se da cuenta de que un primer acercamiento a la felicidad se produce en la aceptación de sí mismo, de lo que uno es, porque se confunde la felicidad con los medios para alcanzarla. Algunos la buscan en las riquezas, otros en el placer, otros en la gloria humana.

En realidad, para Francisco de Sales solo el bien supremo puede colmar plenamente el corazón humano. Y este sumo bien es Dios, al cual el corazón humano tiende por su naturaleza. Había aprendido de sus maestros de filosofía que la «felicidad práctica» consistía en la posesión de sabiduría, honestidad, bondad y placer, pero que la «felicidad esencial» de la persona humana no puede encontrarse más que en Dios y solo en Él. Como discípulo de Tomás de Aquino, tenía confianza en la capacidad de la inteligencia y de la voluntad humana para intuir o descubrir a Dios como su fin último, y le viene a la mente la confesión de san Agustín, que admirablemente sintetiza estas ideas y con la que Francisco de Sales confeccionaba algunas de sus homilías: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti» (Confesiones, I, 1.1)[15].

Pero la tendencia a Dios, que sentimos de modo natural, no la podemos alcanzar por nosotros solos, porque es don de Dios, quien toma siempre la iniciativa. San Francisco de Sales nos ofrece en su espiritualidad la convicción de que, si bien tendemos a la felicidad, identificada con el encuentro con Dios, y no podemos alcanzarla solos, Dios se ha comprometido a dárnosla, porque así lo ha querido. Y esta promesa de plenitud, junto al deseo de Dios que hay en nosotros, están llamados a dar muchos frutos.

Podemos entender que la visión antropológica y teológica que tiene Francisco de Sales consiente mantener perfectamente en su justo equilibrio –y esto es muy importante para nosotros también hoy– el diálogo entre fe y razón. En su tiempo Francisco de Sales, dialogando con sus adversarios –a los que llamaba hermanos– sostenía que acoger a Dios como bien supremo encontraba apoyo en la razón, en la misma naturaleza humana. Frente a quien solamente se fundamentaba en la Biblia, Francisco de Sales hacía ver que la razón y la fe brotan de una misma fuente, y siendo obra del mismo Autor, no pueden ser contrarias entre sí. La teología no destruye el uso de la razón, sino que la presupone, y no la anula, sino que la completa.

Este es el contexto en el que Francisco de Sales elaboró su reflexión y desarrolló su espiritualidad. Hoy nos corresponde dar continuidad a esa corriente espiritual que aportó tanta luz a la vida de tantas personas, en su búsqueda de la felicidad y, en definitiva, en la búsqueda de Dios mismo.

Francisco de Sales en su tiempo, y Don Bosco en el suyo, vivieron con esta fuerte convicción que nos han legado. Francisco escribe: «no hay terreno tan ingrato que la dedicación del agricultor no consiga hacerlo productivo»[16]. Y así nos propone otro elemento fundamental de la espiritualidad y de la pedagogía salesianas: la paciencia, que no es más que imitación de la que Dios tiene con nosotros. Esto mismo ha sido una constante, también, en Don Bosco.

Hoy nos corresponde, como familia que participa de esta espiritualidad, seguir confiando y potenciando los recursos de la inteligencia, del corazón y de nuestro anhelo de Dios, frente a cualquier tipo de dificultad. Ciertamente, esta labor exige un perfil propio y definido de educador o educadora salesiano que viva fuertemente la convicción de que el bien siempre anida en el corazón de cada persona, de cada joven, por escondido que esté, tal como creía también Don Bosco, y que cada corazón humano está capacitado para el encuentro con Dios. A nosotros nos toca ayudar a recorrer este camino.

 

 

3. La vida en Dios

Que en nosotros «asocia en una misma experiencia de vida a educadores y jóvenes».

Francisco de Sales ha sabido presentar la vida espiritual como una realidad al alcance de todos. El término por excelencia que utiliza para referirse a esta vida cristiana en Dios es «devoción», como expresión de amor a Dios con las características de no ser exclusivo y cerrado.

Francisco de Sales no encuentra oposición en querer ser completamente de Dios, viviendo en plenitud la presencia en el mundo. Esta es probablemente su propuesta más original y «revolucionaria».

Si la devoción es amor, amor a Dios en primer lugar, también es amor al prójimo, y esta devoción puede ser practicada por todos y en cualquier realidad humana. Para llevar una vida cristiana auténtica, no es necesario retirarse del mundo, irse al desierto o entrar obligatoriamente en un convento.

En su Introducción a la vida devota, dirigiéndose con el poético nombre de Filotea a toda persona que quiere amar a Dios, traza un itinerario de vida cristiana en medio del mundo, mostrando que es necesario servirse de las propias alas para elevarse a la altura de la oración, y, al mismo tiempo, hay que servirse de los propios pies para caminar junto con las demás personas en santa y amigable conversación.

«La devoción viva y verdadera, Filotea, presupone el amor de Dios; mejor dicho, no es otra cosa que el verdadero amor de Dios, y no un amor cualquiera; pues cuando el amor divino embellece nuestras almas se llama gracia, ya que nos hace gratos a su divina Majestad; cuando nos comunica la fuerza necesaria para bien obrar, se llama caridad; pero, cuando llega a un tal grado de perfección, que no solamente nos hace obrar bien, sino también actuar cuidadosa, frecuente y prontamente, entonces se llama devoción. […] En pocas palabras, la devoción no es otra cosa que una agilidad o viveza espiritual por cuyo medio la caridad actúa en nosotros y nosotros actuamos en ella con prontitud y alegría; así como la caridad nos hace cumplir todos los mandamientos divinos, la devoción nos los hace practicar pronta y diligentemente. Por esto, quien no observe los mandamientos de Dios no puede ser tenido por bueno ni por devoto, pues, para ser bueno, es necesaria la caridad y, para ser devoto, además de tener caridad, es necesario practicarla con diligencia y prontitud»[17].

No me resisto a traer aquí algunos de los renglones más luminosos y fecundos de nuestro autor que hacen referencia a la convicción de que cada persona que viene a este mundo llega con un proyecto personal de Dios para ella; un proyecto de felicidad y de realización plena de la voluntad de Dios para cada una de sus creaturas. En la Introducción a la vida devota, hablando de la necesidad de que cada uno encuentre en su estado de vida el modo mejor de alabar a Dios, san Francisco de Sales, en diálogo con Filotea, dice:

«La devoción debe ser practicada de forma diferente por el caballero, por el artesano, por el criado, por el príncipe, por la viuda, por la doncella, por la casada; y no solo esto, hay que acomodar su práctica con las fuerzas, las ocupaciones y los deberes de cada estado. Te ruego, Filotea, que me respondas: ¿sería justo que el obispo observase una vida de semejante a los cartujos? Y si los casados no quisieran poseer nada, como los capuchinos, si el artesano pretendiese estar todo el día en el templo, como los religiosos, y estos entregados a toda suerte de relaciones para servir al prójimo, como el obispo, ¿no sería todo ello ridículo, desordenado e intolerable? Sin embargo, este desorden es muy frecuente y el mundo, que no distingue o no quiere hacer distinción entre la devoción e indiscreción de quienes se dicen devotos, murmura y censura la devoción que, ciertamente, no es causa de semejantes desórdenes […]»[18].

Este camino conduce a una teología cristiana de la vocación en la que corresponde a cada persona realizar el proceso de búsqueda de su propia vocación, en línea con el Concilio Vaticano II: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre» (Lumen Gentium, 11).

Tanto Francisco de Sales como Don Bosco hacen de la vida de cada día una expresión del amor de Dios, que es recibido y también correspondido. Nuestros santos han querido acercar la relación con Dios a la vida y la vida a la relación con Dios. Se trata de la propuesta de «la santidad de la puerta de al lado» o «la clase media de la santidad» de la que con tanto afecto nos habla el papa Francisco. «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”»[19].

Como Don Bosco, también nosotros hoy debemos estar abiertos a realizar esta tarea tan importante de acompañar a los jóvenes en su búsqueda vocacional y de santidad, así como de vivirla nosotros mismos. Es quizás lo que con más urgencia y necesidad nos pueden estar pidiendo. Tenemos aún reciente el eco de la llamada de los jóvenes a la Iglesia en el Sínodo sobre los jóvenes pidiendo, entre otras cosas, ser acompañados en el discernimiento de su vocación. La exhortación apostólica del papa Francisco Christus vivit, queriendo responder a los jóvenes, es también un desafío como Familia Salesiana que somos:

«Hay sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, profesionales, e incluso jóvenes capacitados, que pueden acompañar a los jóvenes en su discernimiento vocacional. Cuando nos toca ayudar a otro a discernir el camino de su vida, lo primero es escuchar»[20].

Y así tocamos, casi con la mano, otro elemento fundamental de nuestra espiritualidad: la presencia y la escucha, precisamente para ayudar a todo el que llegue a nosotros, y al que nosotros nos acerquemos, para entablar una relación de amistad, de encuentro de cercanía, algo que, de nuevo, adquiere el sabor salesiano de poner al joven, a la persona, al centro. El «Da mihi animas» de Don Bosco, y antes de Francisco de Sales, siguen teniendo plena vigencia hoy.

San Francisco de Sales orientó su propia vida pastoral como la realización de una misión que se le había encomendado. La participación del amor de Dios es lo que lo lleva a participar también en la misión salvadora de Cristo Buen Pastor. A partir de su experiencia del amor de Dios en sí mismo, siente que ese amor ardiente, o ardor amante, se traduce en alegría por la conversión del pecador y en pena ante la dureza de corazón de quienes rechazan esta invitación. Esta es la particular lectura del da mihi animas de san Francisco de Sales[21].

Haríamos una buena actualización de este celo y caridad pastoral de san Francisco si, como él, mantuviésemos firmemente arraigada en Cristo nuestra vida. Solo así la acción apostólica es fecunda, porque se realiza desde la necesidad que se experimenta de comunicar el amor con el que uno se siente amado. De nuevo, un buen homenaje a san Francisco de Sales en el cuarto centenario de su muerte sería la renovación y, en algún caso la recuperación, del dinamismo apostólico del da mihi animas cetera tolle, entregándonos a Dios y a los jóvenes con su misma caridad pastoral y la de Don Bosco.

La espiritualidad salesiana de Don Bosco, frente a otras corrientes espirituales que algunos especialistas denominan «abstractas», se sitúa en una línea bien diversa, porque se inspira en un maestro como Francisco de Sales proponiendo una espiritualidad para la vida ordinaria[22]. En una expresión feliz atribuida al santo se dirá que «hay que florecer donde Dios nos ha plantado». Es esta una característica fundamental de la espiritualidad salesiana: que es realista. Aprender a amar la condición que tenemos, asumir la vida como se presenta, y amarla como manifestación de la aceptación del querer de Dios, puede parecer algo pasivo, pero no resulta tal cuando se trata de practicar la virtud, hacer el bien, cumplir el propio deber, las cosas de cada día, en el lugar donde la providencia de Dios nos ha plantado, y tal vez donde no siempre habríamos querido estar, o quizá sí. Es disponer el corazón para la aceptación de la voluntad de Dios.

Nos viene enseguida a la mente que esta era la espiritualidad propuesta por el mismo Don Bosco a sus muchachos y a los Salesianos. Como muestra, un botón: las mortificaciones de Domingo Savio.

«[…] ¡Pobre de mí! Yo estoy verdaderamente hecho un lío. El Salvador dice que, si no hago penitencia, no iré al paraíso; y a mí se me prohíbe hacerla: ¿cuál será entonces mi paraíso?”

– La penitencia, que el Señor quiere de ti, le dije, es la obediencia. Obedece, y esto te basta. - ¿No podría permitirme alguna otra penitencia?

– Sí: se te permiten las penitencias de soportar pacientemente las injurias que se te hiciesen; tolerar con resignación el calor, el frío, el viento, la lluvia, el cansancio y todas las incomodidades de salud que Dios quiera enviarte.

– Pero esto se sufre por necesidad.

– Lo que debas sufrir por necesidad ofréceselo a Dios, y se convierte en virtud y mérito para tu alma.

Contento y resignado con estos consejos, se fue tranquilo»[23].

Nuestra Familia Salesiana tiene asumido su modo de vivir la relación con Dios mediante el cumplimiento del deber, con la conciencia de que es la forma que tenemos de corresponder, participar y cooperar con Dios en su acción creadora y con Cristo en la construcción del Reino.

Don Bosco promovió y vivió con sus jóvenes y sus Salesianos las características de este modo sencillo, cercano, cotidiano de estar en relación con Dios. Se corresponde con el modo de Francisco de Sales de proponer la práctica de la virtud cotidianamente, pero aquellas que le corresponden a su condición y a su estado, no otras. «Dios, en el acto de la creación, mandó que cada planta diese fruto según su especie; de igual modo ordena a los cristianos, plantas vivas de su Iglesia, que produzcan frutos de devoción según propia calidad y carácter»[24].

 

4. La dulzura y amabilidad de trato

Que nos lleva a vivir «dentro de un clima de familia, de confianza y de diálogo».

Si por algo es bien conocido nuestro Francisco de Sales es por su amabilidad y su dulzura. Así escribe en una de sus cartas:

«Me gustan especialmente estas tres pequeñas virtudes: la amabilidad en el corazón, la pobreza de espíritu y la sencillez en la vida. Y también los ejercicios más exigentes: visitar al enfermo, servir al pobre, confortar al afligido, y otros, pero todo no por obligación, sino con verdadera libertad»[25].

Quienes han estudiado su vida y su personalidad coinciden en destacar que su carácter afable no era espontáneo[26], como tampoco lo fue en Don Bosco. San Francisco de Sales se propuso como modelo la imitación de Jesucristo manso y humilde de corazón[27], y podría decirse que la dulzura fue su virtud característica. «Una dulzura, sin embargo, muy distinta de aquella amabilidad artificiosa que consiste en andar buscando maneras y en el desahogo de una afabilidad ceremoniosa, y que es muy ajena tanto a la apatía, que no se conmueve por nada, como de la timidez, que no se atreve a indignarse ni siquiera cuando es necesario. Tal virtud, germinada en el corazón de san Francisco de Sales como el fruto suavísimo de la caridad y nutrida del espíritu de compasión y de condescendencia, templaba de dulzura la gravedad de su aspecto y hacía agradable su voz y su gesto, granjeándose de esta forma el respeto y el afecto de todos»[28].

Fue esta dulzura la que atrajo, también, a Don Bosco, desde el inicio de su labor pastoral, y la que caracterizó también su estilo educativo en la relación con sus muchachos. Reflexionar hoy sobre la amabilidad y la dulzura, desde Roma, permite intuir algunos de los sentimientos que tuvo el mismo Don Bosco hacia sus muchachos y que transmitió, no sin dolor, en la carta del 10 de mayo de 1884 a sus Salesianos. En ella, nos recuerda: «La caridad de los que mandan y la caridad de los que tienen que obedecer hagan reinar entre nosotros el espíritu de san Francisco de Sales»[29]. Don Bosco nos enseña que la acogida, la cordialidad, la bondad, la paciencia, el cariño, la confianza, la dulzura, la amabilidad, la mansedumbre, son expresiones del amor que suscita confianza y familiaridad. En este ambiente es donde surge nuestra espiritualidad salesiana, llena de comprensión y misericordia, de acogida y capacidad de esperar con paciencia el crecimiento de los jóvenes.

Al igual que Francisco de Sales, Don Bosco quiso vivir con la mansedumbre y humildad de corazón de Jesucristo (cf. Mt 11, 29). En el sueño de los nueve años recibió una consigna de la «Maestra», en medio de una multitud de cabritos, perros, gatos, osos y otros animales: «He aquí tu campo, he aquí donde tienes que trabajar. Hazte humilde, fuerte, robusto; y cuanto veas que ocurre ahora con estos animales, lo deberás hacer tú con mis hijos»[30]. Conmueve que en los primeros recuerdos plasmados en las Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales que Don Bosco escribe por obediencia, tenga una gran prioridad la actitud humilde con la que hacer frente a las dificultades.

Las cualidades de la mansedumbre y la humildad de corazón fueron para Francisco de Sales las únicas ayudas para su misión en la región del Chablais, donde como misionero realizó un hermoso trabajo pastoral, modelo hoy de estilo apostólico. De modo muy diferente a la forma de actuar de otros misioneros, que buscaban hacerse temer, Francisco de Sales atraía más moscas con una cucharada de aquella miel que le era habitual, que todos esos con un barril de vinagre[31].

Este espíritu de amabilidad, dulzura y mansedumbre debió quedar muy grabado en los primeros Salesianos, ya que pertenece a nuestra más antigua tradición. Todo indica que no lo podemos descuidar, y menos aún perder, a riesgo de dañar de modo significativo, nuestra identidad carismática. La forma en que se transmite entre nosotros este espíritu de bondad y mansedumbre la descubrimos en la vida de los chicos que se hicieron Salesianos, precisamente, por la experiencia en su propia persona del trato familiar, acogedor, amable, respetuoso que ofrecía la convivencia con Don Bosco y los primeros Salesianos de Valdocco. De hecho, se hablaba en los primeros tiempos de un «cuarto voto salesiano» del que formarían parte la bondad (en primer lugar), el trabajo y el Sistema Preventivo[32].

Uniendo este testimonio al que nos dejan los testigos del sueño de la Carta de Roma, en particular Valfré, quien aparece en el sueño y estaba en el Oratorio antes de 1870, leemos:

«[…] era una escena llena de vida, todo movimiento, toda alegría. Uno corría, otro saltaba, […] En un lugar se había reunido un grupo de jóvenes que pendían de los labios de un sacerdote que les narraba una historieta. En otro lugar un clérigo en medio de otros jóvenes jugaba al burro vuela y a los oficios […] Se veía que entre los jóvenes y los superiores reinaba la mayor cordialidad y confianza. […] la familiaridad produce amor, el amor produce confianza. Eso abre los corazones […]»[33].

No podemos imaginar una presencia salesiana en el mundo, una presencia de las Hijas de María Auxiliadora, de los Salesianos de Don Bosco, y en la actualidad de los 32 grupos que integramos la Familia Salesiana de Don Bosco, que no tenga esta característica de la bondad como elemento distintivo, o al menos la deberíamos tener, como nos ha querido recordar el querido papa Francisco con su luminosa expresión de la «opción Valdocco»[34]. Se trata de nuestra opción por el estilo salesiano de la bondad, del cariño, de la familiaridad, de la presencia. Tenemos un tesoro, que es un don recibido, y que nos corresponde ahora reavivar.

En la Carta de identidad carismática de la Familia Salesiana se contempla que el cariño, la «amorevolezza» salesiana son un aspecto característico de la identidad de la Familia Salesiana.

«El cariño de Don Bosco es, sin duda, un rasgo característico de su metodología pedagógica considerado válido también hoy, tanto en los lugares todavía cristianos como en otros en los que viven jóvenes que pertenecen a otras religiones.

Pero no se reduce solo a un principio pedagógico, sino que debe considerarse como elemento esencial de nuestra espiritualidad.

Es, en efecto, amor auténtico porque nace de Dios; es amor que se manifiesta en los lenguajes de la sencillez, de la cordialidad y de la fidelidad; es amor que produce deseo de correspondencia; es amor que suscita confianza, abriendo el camino a la confianza y a la comunicación profunda (“la educación es cosa del corazón”); es amor que se difunde creando un clima de familia, donde estar juntos es bonito y enriquecedor»[35].

Francisco de Sales atraía a la gente por su dulzura. San Vicente de Paúl lo describió como la persona más parecida a nuestro Señor[36]. Había aprendido de Jesús, que es manso y humilde de corazón. Este corazón de Jesús tiene un profundo significado para Francisco de Sales y para Don Bosco. El amor de Dios hecho carne, encuentra en el corazón humano de Jesús la expresión más elocuente del amor. Partiendo de la libertad con que Dios crea la humanidad, siguiendo por la dulzura, la bondad y el cariño como modo que tiene Dios de tratar a sus hijos e hijas, llegamos al centro de la espiritualidad salesiana, que es también el modelo de nuestro ser y vivir: el amor.

Para muchos de nuestros jóvenes, la experiencia más recordada del contacto con las presencias de la Familia Salesiana en el mundo es, con mucha frecuencia, el trato familiar, la acogida y el afecto con que se sienten tratados, en definitiva, el espíritu de familia.

¿De dónde nace en Francisco de Sales su capacidad de amor y amabilidad, donación y entrega? Sin duda de la certeza profunda a la que llega, tras superar dos fuertes crisis que lo hacían sentirse indigno del Amor de Dios. De hecho, la experiencia de crisis y de oscuridad, que podemos experimentar todos, la han experimentado también grandes santos como Teresa de Ávila, Teresa de Calcuta, San Juan de la Cruz, etc. En Francisco de Sales nació una esperanza purificada que lo llevó a confiar no en sus méritos, sino en la misericordia y en la bondad de Dios. Se movió en la dirección del «puro amor», un amor que ama a Dios por Él mismo. Dios no nos ama porque seamos buenos, sino porque Él es bueno, y no amamos a Dios porque queramos de Él algo bueno, sino por Él mismo que es el mayor bien. A hacer la voluntad de Dios no se llega por sentimientos de «indignidad», sino por la esperanza en la misericordia y en la bondad de Dios. Esto es el optimismo salesiano. Esta mirada nos lleva a la convicción de rechazar cualquier idea que describa a Dios como un tirano justiciero, y a aceptar, en cambio, al Dios revelado por Jesús, un Dios de misericordia y de amor, y contemplar cómo en Francisco de Sales su corazón se ensancha al percibir el infinito amor de Dios. Por tanto, cuando nos habla del amor de Dios, está hablando de su propia experiencia. Francisco de Sales responde al amor de Dios con amor. Resulta conmovedora esta declaración profundamente sincera, que hace en oración:

«Pase lo que pase, Señor, tú que tienes todas las cosas en tu mano, y cuyos caminos son la justicia y la verdad; lo que hayas decidido para mí sobre este secreto eterno de la predestinación y la reprobación; tú cuyos juicios son un profundo abismo, tú que eres siempre un Juez justo y un Padre misericordioso, te amaré, Señor, al menos en esta vida, si no me es dado amarte en la vida eterna; al menos te amaré aquí, oh Dios, y siempre esperaré en tu misericordia, y siempre repetiré todas tus alabanzas, a pesar de todo lo que el ángel de Satanás mantiene para inspirarme allí en contra. Oh, Señor Jesús, siempre serás mi esperanza y mi salvación en la tierra de los vivos. Si, porque necesariamente lo merezco, debo ser maldito entre los malditos que no verán tu dulce rostro, concédeme al menos no estar entre los que maldicen tu santo nombre»[37].

En la crisis, Francisco de Sales deja traslucir lo más profundo de su ser: un corazón enamorado de Dios. Constató que la sumisión de la voluntad propia, a imitación de Cristo en el Huerto de los Olivos, es la cima del amor puro. Una respuesta como esta, solo se puede dar por puro amor, y nace del centro más sublime del espíritu. Es un amor basado en la fidelidad y el sacrificio por el amado. Jesús, en la agonía del huerto, es nuestro modelo: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mc 14, 36)[38].

La convicción de que el amor de Dios no se basa en sentirse bien, sino en hacer la voluntad de Dios Padre, es el eje de la espiritualidad de Francisco de Sales y debe ser el modelo para toda la Familia de Don Bosco. De modo espléndido lo expresa Francisco aludiendo a la necesidad que tenemos de hacer un camino desde los consuelos de Dios al Dios de los consuelos, del entusiasmo hacia el verdadero amor, permaneciendo fieles en medio de las pruebas; pasar de estar enamorados al verdadero amor a los otros. Un amor puro, desinteresado, que no busca nada para sí, descentrado de sí mismo. Dios que quiere salvar a todos y nos hace ver que el amor perfecto excluye todo temor. Hacer todo por amor, nada por temor, porque es la misericordia de Dios y no los propios méritos la que nos mueve a amar.

De esta espiritualidad salesiana será significativo para nosotros descubrir el amor incondicional a Dios como centro de todo el dinamismo de caridad y de celo apostólico hacia los demás que Francisco de Sales primero, y Don Bosco después, desarrollaron magníficamente.

 

 

5. Amor incondicional y sin restricciones:

«Imitando la paciencia de Dios acogemos a los jóvenes tal como se encuentra el desarrollo de su libertad».

La santidad para todos es un elemento esencial de la propuesta espiritual de Francisco de Sales que se fundamenta en el amor a Dios a todos y a cada uno. Este amor tiene, en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, un sólido modelo de imitación y seguimiento. Junto a la mansedumbre y humildad, ofrecer la sumisión de la voluntad propia a imitación de Cristo en el Huerto de los Olivos, es la cima del puro amor. Amar es un acto de voluntad, un acto de entrega, en el que escogemos la voluntad de Dios.

En su Tratado del Amor de Dios, Francisco de Sales cita más de trescientas veces el corazón. Siendo un humanista cristiano, apela continuamente a la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios, y en la persona humana encuentra la «perfección del universo»:

«El hombre es la perfección del universo; el espíritu es la perfección del hombre; el amor es la perfección del espíritu, y la caridad es la perfección del amor. Por esto, el amor de Dios es el fin, la perfección y la excelencia del universo. En esto consiste la grandeza y la primacía del mandamiento del amor divino, llamado por el Salvador máximo y primer mandamiento»[39].

El corazón del ser humano (mujer y hombre), un corazón pródigo cuando se aleja del bien, siempre contará con esa voluntad que lo sigue atrayendo al bien, porque es la forma en que Dios nos ha creado, y no podremos llegar a Dios solo por medio de nuestras propias fuerzas, dependiendo solo de nuestra naturaleza humana, si no nos ayuda con su providencia, su gracia y su amor. La inclinación natural hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero, puede ser suficiente para empezar, para ponernos en camino, y es ahí cuando la acción de Dios en nosotros, su gracia, que no es negada a ninguno que lo busca, nos asiste y nos guía.

Si san Agustín decía que «nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»[40], siguiendo el pensamiento de Francisco de Sales, podíamos decir con von Balthasar, que «tu corazón [oh, Dios], se siente inquieto hasta que nosotros descansemos en ti, hasta que el tiempo y la eternidad se confundan sumergidos el uno en el otro […]»[41].

En la tradición salesiana encontramos numerosos ejemplos de una preferente devoción al Corazón de Jesús, tanto con Francisco de Sales y Juana de Chantal, como de modo muy especial en una de sus hijas de la Visitación, santa Margarita María de Alacoque, hasta llegar incluso a los tiempos de Don Bosco, con el particular impulso a la devoción por parte del papa Pío IX[42], que beatificó a Margarita María de Alacoque, y en 1877 declaró a san Francisco de Sales doctor de la Iglesia.

La época que vivió Don Bosco estuvo marcada por la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y desde la Basílica construida por nuestro padre, por deseo de Pío IX y después a petición del papa León XIII, queda ligada la Familia Salesiana al amor de Jesús expresado en su corazón. Quizás sea este otro punto de semejanza entre san Francisco de Sales y Don Bosco: la fidelidad a la Iglesia y a la misión de anunciar el Evangelio, poniendo a Cristo en el centro de la acción pastoral y queriendo llegar a todos. No es irrelevante el hecho de denominar a la basílica menor del Sagrado Corazón de Roma «Templo Internacional», como lo es el Tibidabo en Barcelona y lo son muchos templos dedicados al Sagrado Corazón de Jesús en todo el mundo salesiano, y naturalmente, en la Iglesia toda.

En el Corazón de Jesús está presente la presencia encarnada del amor de Dios y su voluntad de redención del mundo, garantizándonos que la última palabra de Dios en el mundo es Él, el amor. El papa emérito Benedicto XVI, en su preciosa y magistral encíclica Deus Caritas est, hace hincapié en Jesucristo como encarnación del amor de Dios, manifestación del actuar de Dios a lo largo de la historia de la humanidad, y que en Jesús encuentra la máxima expresión:

“[…] Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata solo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”[43].

Este pequeño excursus sobre la devoción al Sagrado Corazón, nos acerca también al centro de nuestra espiritualidad. No hay bondad, no hay dedicación a los necesitados, no hay amabilidad ni libertad, ni caridad o cualquiera de los rasgos que venimos presentando, si falta la fuente originaria del Amor de Dios. Es el amor y no el pecado lo que explica la decisión libre de Dios de formar parte de la humanidad y ser uno de nosotros. Entendemos así, que la Encarnación, el hacerse hombre, ha sido eternamente querida por Dios. No es el plan «b» de Dios por el pecado del hombre. Aunque no hubiese habido pecado del que redimirnos, Dios se hubiera igualmente hecho hombre. Esta es la convicción de Francisco de Sales. La Encarnación, además no es solo un hecho histórico, sino continuo, metafísico y personal. Dios se encarna en nuestra historia, por pura iniciativa suya.

Desde aquí tiene pleno sentido el apostolado y la dedicación a nuestra misión, como imitación de Aquel que dio su vida por amor hacia nosotros, amando de igual modo con la entrega de nuestra vida, con esa humildad que Francisco de Sales llamaba «caridad descendente», entrando en relación con los demás, haciéndonos pequeños con los pequeños, por amor, para elevarles. Este es el «éxtasis», el salir de uno mismo e ir al encuentro de los demás con actitud de servicio como en el lavatorio de los pies de Jesús (cf. Jn 13): «Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26) y «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir» (Mt 20, 28).

A la luz de la Palabra del Señor y con el buen ejemplo de Francisco de Sales leemos la paternidad de Don Bosco, expresión de su amor incondicional a los jóvenes pobres, abandonados y en peligro.

En nuestra espiritualidad salesiana, la devoción y la vida espiritual no se separan del apostolado y del ejercicio de la caridad, y por eso, junto al templo, Don Bosco quiso un centro educativo y de formación de sus muchachos, una casa que, como la de Valdocco y todas las demás del mundo, fuese casa de acogida de los jóvenes más necesitados, y patios donde encontrarse con los amigos. Así es como se completa y da plenitud a una auténtica devoción que lleva al ejercicio de la caridad hacia el prójimo. Tal y como quería Don Bosco, ¡Que el amor a Cristo nos lleve al amor a los jóvenes!, característica salesiana de nuestra vida y permanente desafío para la Familia de Don Bosco hoy y siempre.

 

 

6. La guía espiritual:

«Los acompañamos para que adquieran convicciones sólidas».

La Familia Salesiana sigue poniendo en práctica el arte de acompañar, ese mismo arte que supieron desarrollar, cada uno en su tiempo, Francisco de Sales y Don Bosco. El ministerio, el servicio de guía espiritual, ha sido y es estimado en la Iglesia por algo que en la pedagogía y en el sistema educativo salesiano es importante y que tendremos que hacer mejor: el acompañamiento. También en esta tarea se ponen en práctica los principios salesianos que, heredados de Francisco de Sales, venimos haciendo vida: la bondad, la amabilidad, la paciencia, la escucha, la espera.

Los jóvenes de hoy, como los de todas las épocas, están esperando la mano amiga que los ayude a caminar. La dirección espiritual que Francisco de Sales realizaba con tantas personas, ayudándolos a caminar hacia Dios en el estado de la vida en que se encontraban, fue también lo que llevó a cabo Don Bosco con sus jóvenes. Acompañar a cada uno mediante un ambiente educativo y un trato personal. No en vano inventó Don Bosco las «palabras al oído», que es el modo de decir que a cada uno proponía un itinerario personal de santidad y de crecimiento en su vida, hasta llegar a ser lo que Dios había «soñado» para a cada uno de ellos.

Reflexionar sobre este servicio a los jóvenes nos impulsa a profundizar en el significado que tiene, para nosotros, el acompañamiento de la persona. Un modo precioso de servir a los demás con la generosidad del tiempo concedido a la escucha. No hay cosa que más se aprecie en la relación entre las personas que el tiempo generosamente concedido a la escucha del otro, dejando otros compromisos, otras tareas, ofreciendo la plena disponibilidad para acoger, escuchar, orientar, guiar, proponer, acompañar.

En este año centenario de san Francisco de Sales no podemos olvidar este sencillo y humilde servicio a los jóvenes, que expresa de forma evidente el aprecio y la importancia que damos a sus vidas cuando dedicamos nuestro tiempo a estar con ellos, escucharlos, comprenderlos y ayudarlos a que sigan en su vida el proyecto que Dios les propone. Para nosotros, seguidores de la espiritualidad de san Francisco de Sales en Don Bosco, da sentido a nuestra vocación educadora y evangelizadora ayudar a los jóvenes a descubrir y seguir la voluntad de Dios. También para esto hemos nacido en la Iglesia, para esto ha suscitado el Espíritu Santo el carisma salesiano en Don Bosco, vivido hoy en su familia religiosa.

En esta dimensión del servicio pastoral del acompañamiento se pone en práctica nuestra predilección por los jóvenes pobres y abandonados. Sin duda no se tratará ni del ambiente cultural, ni del tipo de personas a quienes acompañó Francisco de Sales, pero no hay diferencia en cuanto a la importancia dada a la búsqueda de la voluntad de Dios en la vida de cada persona, de cada joven, de cada destinatario de nuestra misión. Se hace evidente que la persona que tenemos delante es importante cuando se dejan otras cosas para prestar atención a su vida, a su historia, a su situación. Es el modo concreto de poner en práctica el lema de Don Bosco «Da mihi animas, cetera tolle», tan urgente e importante hoy para nosotros como lo fue para él.

En el más vivo lenguaje salesiano, encontramos el deseo de Don Bosco de llegar a ser el «amigo del alma» de tantos jóvenes, del mismo modo que Francisco de Sales había experimentado esa amistad espiritual que surgía en las personas por él acompañadas. Don Bosco, siguiendo la estela de Francisco de Sales, intenta que sus jóvenes lleguen a la amistad con Dios, centro de toda vida espiritual. Así, en la vida de cada día, en las más normales circunstancias, y también en los momentos especiales y difíciles. Él quería ser ese amigo de aquellos muchachos que pudieran confiar en él, y como amigo y padre acercarlos a Dios. Así nos lo cuenta Don Bosco mismo:

“En circunstancias así, constaté que algunos volvían a aquel lugar porque estaban abandonados a sí mismos. ¿Si estos muchachos tuvieran fuera un amigo que se preocupara de ellos, los asistiera e instruyese en la religión los días festivos, quién sabe – decía para mí – si no se alejarían de su ruina o, por lo menos, no se reduciría el número de los que regresan a la cárcel? Comuniqué mi pensamiento a Don Cafasso; con su consejo y ayuda, me dediqué a estudiar cómo llevarlo a cabo, dejando el éxito en manos del Señor, sin el que resultan vanos todos los esfuerzos de los hombres”[44].

En la Introducción a la vida devota, Francisco de Sales proponiendo la búsqueda del «amigo del alma» para poder caminar en la vida, no pone ninguna condición. En esto consiste también la acogida incondicional. Este es el estilo «salesiano de acompañamiento»[45].

Cuando al joven Tobías se le ordenó ir a Ragés, dijo: «No conozco el camino». «Ve, pues –le replicó su padre–, y busca un hombre que te acompañe». Lo mismo te digo yo, Filotea. ¿Quieres de veras entrar la devoción? Busca un hombre de bien que te guíe y te conduzca; he aquí la más importante de las recomendaciones. «Por más que busques –dice el devoto Juan de Ávila–, jamás encontrarás con tanta seguridad la voluntad de Dios como por el camino de esta humilde obediencia, tan recomendada y practicada por todos los antiguos devotos»[46].

Encontrar esos amigos del alma que nos acompañen en el camino sería también un hermoso fruto de este centenario salesiano. Don Bosco lo tuvo muy en cuenta, y lo hacía realidad con la acogida incondicional, el cuidado del ambiente y de la presencia, la amistad, el afecto, la confianza, la búsqueda del bien de cada uno, la escucha a Dios que es quien ha puesto en nuestro camino la persona misma que nos pueda acompañar. Él mismo nos hace ver, con su propia experiencia, el gran valor del acompañamiento en su vida, especialmente en algunos momentos decisivos. Dice así:

“Don Cafasso – desde seis años antes, mi guía – fue también mi director espiritual y, si he realizado algún bien, se lo debo a este digno eclesiástico, en cuyas manos deposité todas las decisiones, aspiraciones y acciones de mi vida”[47].

Francisco de Sales, al respecto, había escrito en su Filotea:

«[Este amigo] debe ser siempre para ti un ángel; es decir, cuando lo hayas encontrado, no le consideres como un simple hombre, no pongas tu confianza en él ni en su ciencia humana, sino en Dios, que será quien te hable y favorezca por su medio, poniendo en su corazón y en sus labios cuanto sea necesario para tu bien; de forma que le debes escuchar como si fuere un ángel descendido del cielo para llevarte allí. Ábrele tu corazón con toda sinceridad, manifestándole fielmente cuanto en él hay de bueno y de malo, sin fingimientos ni paliativos: por este medio, el bien será examinado, y quedará más asegurado, y el mal será remediado y corregido; y te sentirás aliviada y fortalecida en tus aflicciones y regulada en tus consuelos. Pon en él suma confianza unida con cierta sagrada reverencia, de suerte que el respeto no haga decrecer la confianza, ni la confianza sea obstáculo para el respeto que una hija siente hacia su padre; respétale con la confianza que el hijo tiene con su madre; en una palabra, esta amistad debe ser fuerte y dulce, santa, sagrada, divina y espiritual»[48].

Terminando su tiempo en el Convitto Eclesiastico de Turín, Don Bosco quiere que sea la voluntad de Dios quien guíe sus pasos en lo que tendrá que iniciar, y se confía al criterio de quien mejor lo conoce y lo puede orientar: Don Cafasso. En este breve diálogo que mantiene con él, nos muestra cómo había asimilado totalmente lo que Francisco de Sales había enseñado sobre la indiferencia, la búsqueda sincera y la obediencia en el acompañamiento. Nos muestra un camino de vida no solo para proponer a otros, sino para poner en práctica nosotros mismos.

Un día Don Cafasso me llamó y dijo:

–Ya ha terminado el período de sus estudios; es necesario que vaya a trabajar. En estos tiempos, la mies es muy copiosa. ¿A qué os sentís más inclinado?

–A lo que usted me indique.

–Hay tres empleos: vicepárroco en Buttigliera de Asti; repetidor de moral aquí en el Convitto; director del pequeño Ospedaletto junto al Refugio. ¿Cuál elegiría?

– El que usted juzgue conveniente.

–¿No se inclina más por uno que por otro?

–Mi inclinación apunta a ocuparme de la juventud. Usted haga de mí lo que quiera; percibo la voluntad del Señor en su consejo.

–¿Qué ocupa en ese momento su corazón, ¿qué alberga su mente?

–En este momento, siento encontrarme en medio de una multitud de muchachos que solicitan mi ayuda.

–Vaya, pues, a pasar unas semanas de vacaciones. Al volver, le indicaré su destino.

Tras las vacaciones, Don Cafasso dejó pasar algunas semanas sin comentarme nada; tampoco yo le consulté.

–¿Por qué no pregunta por su destino?, me manifestó un día.

–Porque quiero reconocer la voluntad de Dios en su deliberación, sin añadir cosa alguna de mi parte.

–Prepare su equipaje y vaya con el teólogo Borel. Será director del pequeño hospital de santa Filomena; trabajará también en la Obra del Refugio. Mientras tanto, Dios le pondrá delante lo que deberá hacer por la juventud.

A simple vista, tal consejo parecía oponerse a mis inclinaciones, porque la dirección de un hospital, predicar y confesar en un instituto de más de cuatrocientas muchachas me quitaría el tiempo para cualquier otra ocupación. Sin embargo, tal era –como pronto comprobé– el designio del cielo”[49].

En la espiritualidad de Francisco de Sales descubrimos, por tanto, respecto al acompañamiento, que nuestro estilo educativo es una «mistagogía espiritual» que se hace cargo del otro con una amistad educativa que ilumina, introduce en la vida interior y genera una relación con Dios; con un estilo de vida y de relación simpática, jovial, cercana, que no es superficial, sino capaz de llevar a cada uno por un camino que conduce al Amor de Dios. Y también, que el acompañante salesiano debe tener las actitudes propias de quien vive el Sistema Preventivo y la caridad pastoral[50].

 

 

7. Todo por amor:

Para que «progresivamente se vayan haciendo responsables del delicado proceso de crecimiento de su humanidad en la fe».

Un aspecto que atraviesa toda la espiritualidad salesiana (de Francisco de Sales), es el gran valor de la oración. Me he referido a lo largo de estas páginas a algunas formas de expresión devocional, también al Sagrado Corazón, a la actitud fundamental de la confianza, al abandono en manos de la Providencia, a la conciencia de tener en nosotros un «santuario interior», a la amistad con Dios que debemos cultivar, y a la bondad de Dios que nunca niega su ayuda a quien hace todo lo que puede y es fiel en las pequeñas cosas.

Se puede percibir en todo ello el celo pastoral de Francisco de Sales, su paciencia con todos, su bondad, su optimismo, su fortaleza de ánimo, y hasta su deseo de comunicar, a todos, la buena noticia del Evangelio. Todo es fruto de su relación con Dios, a la vez profunda y sencilla, cotidiana y de amistad verdadera. Su vida de oración es su historia personal de amor con Dios, con sus progresos y los ejercicios para evitar que su relación con el Corazón de su corazón, siempre central en la vida, se enfriara.

Para Francisco de Sales la oración como comunicación con Dios, es el corazón de la persona humana que habla al corazón del Señor. Es la forma de oración de la espiritualidad encarnada. Dios no es solo Dios del corazón humano, sino también «amigo del corazón humano».

La oración nos permite encontrar ese corazón de Dios y conformar nuestro corazón con el suyo. «Unimos nuestra voluntad a Dios para saborear y sentir las dulzuras de su incomprensible bondad, pues, en lo alto de esta escalera, Dios, inclinándose hacia nosotros, nos da el beso de amor y nos da a gustar los sagrados pechos de su dulzura, mejores que el vino»[51].

Francisco de Sales vive la oración como diálogo de corazones, en el que Dios toma la iniciativa.

«Nunca es más agradable un presente que cuando nos lo hace un amigo. Los más suaves mandatos se hacen ásperos si un corazón tirano y cruel los impone, y nos parecen muy amables, cuando los dicta el amor. La servidumbre le parecía a Jacob un reinado, porque procedía del amor. Muchos guardan los mandamientos como quien toma una medicina, a saber, más por temor de morir y condenarse que por el placer de vivir según el agrado de Dios. Al contrario, el corazón enamorado ama los mandamientos, y cuanto más difíciles son, más dulces y agradables le parecen, porque así mejor complace al Amado y es mayor el honor que le tributa»[52].

Se trata de amar la voluntad de Dios, ponerla en práctica, encontrando en la oración el mejor apoyo para realizarla. La clave de esta espiritualidad está en que se acude a la oración para estar con quien sabemos que nos ama, acompasar el latido de nuestro corazón con el del Maestro, como el discípulo amado, contemplar, ya que la oración consiste no en pensar mucho sino en amar mucho, y descansar en Él, como forma de reponerse y recobrar fuerzas para continuar amando.

 

à La caridad como medida de nuestra oración

 

La caridad es la medida de nuestra oración, porque nuestro amor a Dios se manifiesta en el amor al prójimo. En esto consiste la «oración de la vida» que en san Francisco de Sales tiene tanta primacía[53]. Consiste en realizar todas las actividades en el amor y por el amor de Dios, de tal modo que toda la vida se convierta en una oración continua. Quien hace obras de caridad, visita a los enfermos, asiste en el patio, da tiempo a otros para escucharlos, acoge a quien tiene necesidad… hace oración. Las ocupaciones y tareas no deberían impedir la unión con Dios, y quienes practican esta forma de oración no corren el peligro de olvidarse de Dios. Cuando dos personas están enamoradas una de otra, concluye Francisco de Sales, el pensamiento se dirige siempre hacia el otro.

Los sencillos medios que propone él para llegar a la unión con Dios (tema que nos es tan querido en nuestra espiritualidad como hijos e hijas de Don Bosco), los reconocemos, justamente, en las prácticas de piedad que Don Bosco proponía a sus muchachos y a sus primeros Salesianos. A quien tiene ocupaciones en cosas temporales, le aconseja encontrar momentos, incluso brevísimos, de recogimiento para unir el corazón a Dios con breves suspiros, jaculatorias y buenos pensamientos, o para tomar conciencia de Dios en nuestro espíritu. Mientras estamos en medio de las conversaciones o actividades, podemos siempre permanecer en la presencia de Dios. De esta manera, la verdadera oración no nos hace descuidar las obligaciones de la vida de cada día. Quienes lo conocían, reconocen que Francisco de Sales vivía lo que aconsejaba y enseñaba a otros. Lo que hacía, lo hacía por Dios y en Dios. Consideraba que esta «oración activa» era mejor que las demás. Cuando estaba sobrecargado de tareas y compromisos, no dedicaba casi tiempo a la oración formal: «su vida era una continua oración»[54].

En la Introducción a la vida devota, Francisco de Sales presenta los grados de la oración, siguiendo muy de cerca a santa Teresa de Jesús (oración vocal, mental, contemplativa y de quietud). Para nuestra práctica cotidiana, valdría la pena profundizar en el valor que la meditación tiene para Francisco de Sales, quien considera que, al igual que a un reloj se le da cuerda para que no se pare, la oración y el tiempo dedicado al Señor en la meditación y el examen de conciencia, y otras prácticas de piedad, mantienen vivo nuestro celo, nuestro ardor apostólico y nuestro deseo de ser de Dios. Conviene encontrar momentos para retirarnos al propio corazón, apartados del ajetreo y el activismo, y conversar de corazón a corazón con Dios.

«No hay reloj, por bueno que sea, al que no tengamos que dar cuerda por lo menos dos veces al día, por la mañana y por la noche; y después, por lo menos una vez al año, desmontarle todas sus piezas para limpiar el orín que en ellas se haya formado, enderezar las torcidas y reparar las desgastadas. De la misma manera, el que tiene buen cuidado de su corazón, debe ajustarlo a la ley divina dos veces al día, por la mañana y por la noche, mediante los ejercicios señalados anteriormente; además de esto, cada uno debe considerar varias veces su estado, para enmendarlo y enderezarlo; y finalmente, al menos una vez al año, debe desmontar y reparar minuciosamente cada una de las piezas, es decir, todos los afectos y pasiones, a fin de destruir los defectos que pueda encontrar. Y, así como el relojero engrasa con aceite refinado las ruedas, los resortes y todos los muelles del reloj, para que los movimientos sean más acompasados y las piezas se vean libres del orín, así la persona devota, después de haber verificado este desmontaje, para renovarlo convenientemente, debe engrasarlo con los sacramentos de la confesión y de la eucaristía. Mediante este ejercicio repararás las fuerzas abatidas por el tiempo, templarás tu corazón, harás reverdecer en el alma tus buenos propósitos y, por consiguiente, florecerán las virtudes de tu espíritu»[55].

Cuando el proceso es auténtico, la oración lleva a la acción y viceversa. El valor añadido, está en que la oración se practica con la sencillez y el abandono de «nada pedir, nada rehusar». Y esto ayuda a purificar las motivaciones del seguimiento, nos permite ser guiados por Dios, y dispone una verdadera libertad dentro de nosotros.

 

à María la Madre de Jesús. Acudamos a esta Madre, invoquemos su Amor Maternal

 

Solo haré una referencia breve, sintética, pero sí deseo hacer notar que el crecimiento humano en la fe encuentra también un modelo en María, la madre de Jesús[56]. San Francisco de Sales decía que la obra de la Visitación, fundada con Juana de Chantal, tendría como símbolo un corazón traspasado por dos flechas, coronado con una cruz, circundado de una corona de espinas y los sagrados nombres de Jesús y María, grabados en él. María aparece en la teología de Francisco de Sales, en forma similar a la que será la teología del Concilio Vaticano II. Ella está en el corazón de la Iglesia. Y su misión es atraer y llevar a todos a su Hijo[57]. Y esta es la razón por la que Francisco de Sales anima a unirse a María, como los discípulos, para recibir a la fuente de la unidad, el Espíritu Santo.

«Honra, reverencia y respeta con amor especial a la santísima y gloriosa Virgen María, Madre de Jesucristo y, por eso, nuestra abuela. Recurramos, pues, a ella y, como nietos, arrojémonos en su regazo con toda confianza; en todos los momentos, en todas las ocasiones, recurramos a esta dulce Madre, invoquemos su amor maternal y, procurando imitar sus virtudes, tengamos para Ella un corazón filial»[58].

Además, la figura de María, modelo de todas las virtudes, presentada como «revestida de Cristo», recorre como su hijo el camino de la humildad, con su total dependencia de Dios, disponible para Dios; recibe abundantemente la generosidad de Dios. Cuando canta en su magníficat la humildad de la sierva, es porque ha atraído la mirada de Dios.

Por último, el rasgo salesiano de la devoción a la Virgen, nuestra madre y guía, corresponde a la confianza que Don Bosco depositó en María como Consolata, Inmaculada y Auxiliadora de todos los hermanos de su Hijo. Ella coopera en el plan de salvación de Dios y, con palabras de Francisco de Sales, Dios «hizo pasar a María por todos los estados de vida, de modo que todos puedan encontrar en Ella lo que necesiten para vivir adecuadamente su propio estado de vida»[59]. En Ella comprobamos lo que Dios está dispuesto a hacer con su amor, cuando encuentra corazones disponibles como el de María. Vaciándose de sí misma, recibe la plenitud de Dios. Permaneciendo disponible para Dios, Él es capaz de realizar en Ella grandes cosas.

La contemplación de María, con su vida y su sí a Dios, nos invita a abrirnos al amor de Dios, sabiendo que el corazón de Jesús, en el árbol de la cruz nos contempla y nos ama. En María vemos completado el verdadero destino de nuestro corazón, el corazón de Dios.


Francisco de Sales, un humanista cristiano que comunica a Dios

Hay otra característica de Francisco de Sales por la que quizás es más conocido en los ambientes culturales de nuestro mundo: es el patrono de los periodistas. En una época en la que la comunicación se realiza de tantos modos, con sus indiscutibles ventajas y carencias, Francisco de Sales destaca por un valor que dignifica la profesión periodística: la búsqueda y la difusión de la verdad.

Cuando el papa Pío XI en 1923, declaró a Francisco de Sales patrono de los periodistas[60], indicó sus características principales como comunicador. Su modo amable de santidad mostró a los demás en sus escritos la vía segura y sencilla hacia la perfección cristiana.

Mostrar, como hizo Francisco de Sales, que la santidad es para todos y que es perfectamente conciliable con todos los oficios y condiciones de la vida civil, comporta también saber comunicar los contenidos de la fe y de la religión con un lenguaje sencillo, comprensible y agradable. Y esta es la virtud y la característica salesiana de una comunicación de la verdad, por todos los medios posibles, para que el anuncio llegue a todos y los ayude a comprender el mensaje que se quiere transmitir.

Este deseo de comunicar la verdad del Evangelio se vio acompañado de una creatividad y originalidad sin igual, como los carteles que colgaba en lugares públicos o distribuía por debajo de las puertas, cuando no disponía de un púlpito para impartir sus catequesis al pueblo de Dios que le había sido confiado como su pastor. De esta forma sencilla, libre y asequible se hacía presente.

Pío XI, en su encíclica del tercer centenario de la muerte de Francisco de Sales, declara los principios fundamentales que siguen de actualidad, y que. son dignos de consideración como modelo de comportamiento íntegro, profesional y honesto.

«Pero quisiéramos que este solemne aniversario [tercer centenario de la muerte de Francisco de Sales] beneficiara especialmente a todos los católicos que, mediante la publicación de periódicos u otros escritos, ilustran, promueven y defienden la doctrina cristiana. Es necesario que, en las discusiones, imiten y mantengan ese vigor, combinado con la moderación y la caridad, que es propio de Francisco. Porque con su ejemplo les enseña claramente la conducta que deben adoptar. En primer lugar, que estudien con la mayor diligencia y, en la medida de sus posibilidades, adquieran el conocimiento de la doctrina católica; que se guarden de faltar a la verdad, ni, con el pretexto de evitar la ofensa a sus adversarios, de atenuarla u ocultarla; que cuiden la misma forma y elegancia del discurso, y procuren expresar sus pensamientos con perspicuidad [claridad, transparencia, inteligibilidad] y el ornato de las palabras, para que sus lectores se deleiten en la verdad. Si tienen que luchar contra sus adversarios, deben saber refutar los errores y resistir la falta de probidad de los perversos, pero de tal manera que muestren que están animados por la rectitud y, sobre todo, movidos por la caridad. Y puesto que no parece que san Francisco de Sales haya sido hecho Patrono de los mencionados escritores católicos por un documento público y solemne de esta Sede Apostólica, Nosotros, aprovechando esta favorable oportunidad, con conocimiento cierto y madura deliberación, por Nuestra autoridad apostólica damos o confirmamos, y declaramos, por esta Carta Encíclica, a San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia, como Patrono celestial de todos ellos, no obstante cualquier cosa en contrario»[61].

Tenemos aquí un precioso compromiso con la verdad y su anuncio, con el estilo salesiano de la bondad y la dulzura, con el anuncio sencillo, con la recta intención de hacer llegar a todos el anuncio de la verdad buscando siempre el bien de las personas.

El anuncio y la proclamación de la fe, además de cuanto acabamos de decir, conllevan otro aspecto importante a tener en cuenta porque a ello fue fiel Francisco de Sales. Como obispo de Ginebra estuvo siempre preocupado por la evangelización del pueblo de Dios, y en especial la catequesis. No podemos perder este valor carismático como familia de Don Bosco. Comunicar el mensaje del Evangelio para que sea vivido, forma parte de nuestro carisma. La Congregación salesiana, la Familia Salesiana nació de una sencilla catequesis[62]. La Iglesia ha establecido recientemente el ministerio del catequista[63]. Se nos ofrece una magnífica oportunidad para revitalizar nuestra dimensión evangelizadora con estas perspectivas.

No olvidamos también que Don Bosco, con los medios que tuvo a disposición en aquellos momentos, publicó 318 obras a lo largo de cuarenta años, porque como Francisco de Sales estaba convencido de que una buena palabra o una rica lectura podría hacer un gran bien. Todos los esfuerzos eran nada para él a fin de lograr el bien y la salvación de una persona.

Por último, siempre fue intención de Francisco de Sales llegar a todos y anunciar la salvación y la liberación que ofrece el Amor de Dios. Esto se hacía realidad en su particular ejercicio de la amabilidad y del celo pastoral yendo a visitar, saliendo al encuentro, buscando y propiciando de diversas maneras el encuentro con las personas. La fundación de la Orden de la Visitación, junto con Juana de Chantal nos habla, con el lenguaje de la época, de esta «Iglesia en salida» propuesta por el papa Francisco, que va al encuentro de quien quiera escuchar el mensaje de Jesús.

La imagen de Don Bosco visitando a los chicos durante la semana en sus puestos de trabajo, la imagen de Francisco de Sales visitando a sus feligreses y metiendo por debajo de las puertas de sus casas un mensaje de fe y de amor de Dios, la imagen inspiradora de la Virgen María en la visitación a su pariente Isabel, nos debería animar y entusiasmar, y resultar casi desafiante para nosotros.

 

 

Conclusión

 

Como Familia Salesiana también tenemos nosotros la necesidad de desplegar el «carisma de la visitación» como deseo del corazón de anunciar, sin esperar a que vengan a nosotros, yendo a espacios y lugares habitados por tantas personas a las que una palabra amable, un encuentro, una mirada llena de respeto les puede abrir los horizontes a una vida mejor.

En definitiva, salir al encuentro de los jóvenes, allí donde y como se encuentren, sigue siendo nuestro rasgo de identidad más propio que confirma el deseo de Don Bosco de amar lo que los jóvenes aman para que amen lo que nosotros amamos, expandiendo el espíritu salesiano, nuestra «opción Valdocco», allí donde nos lleve el deseo de estar con los jóvenes, viviendo un verdadero «sacramento salesiano de la presencia», y el compromiso de realizar «pequeños ejercicios de caridad». Así nacimos, y así queremos seguir a Don Bosco que encontró en Francisco de Sales un modelo y un alma gemela.

El aniversario que celebramos este año nos ayude a seguir creciendo en dedicación a los jóvenes pobres y abandonados con el carisma salesiano de Don Bosco imbuido del espíritu de san Francisco de Sales.

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PARA VOLVER A LEER Y REFLEXIONAR, PARA DEJAR REPOSAR EN EL CORAZÓN

 

Termino esta redacción recogiendo algunos de los pensamientos de san Francisco de Sales, Don Bosco, el papa Francisco o incluso de mi redacción que, quizá entre otros, pudieran ayudarnos a reflexionar, a dejarlos reposar en el propio corazón después de la lectura del Aguinaldo. Entre otros he «entresacado» los siguientes:

 

La caridad y la dulzura de San Francisco de Sales me guíen en todo.

“Nada a la fuerza” es toda una propuesta hermosa, una invitación para que sea una preciosa regla personal de vida.

Como obispo tridentino que era, promotor de la reforma católica, educado en la lucha contra la tibieza de la fe, eligió el camino del corazón y no el de la fuerza. Y no hizo más que fijarse en la actitud de Dios.

Dios, en su gracia, no actúa nunca sin nuestro consentimiento. Actúa con fuerza, pero no para obligar o constreñir, sino para atraer el corazón, no para violentar, sino para enamorar a nuestra libertad.

Dios, como le gustaba decir a Francisco de Sales, nos atrae hacia Él con su bondadosa iniciativa, a veces como una vocación o llamada, otras veces como la voz de un amigo, como una inspiración o una invitación y otras como una «prevención», porque se anticipa siempre. Dios no se impone: llama a nuestra puerta y espera a que le abramos.

No aceptamos que se pueda educar sin el respeto sagrado a la libertad de cada persona. Donde no se respeta la libertad de la persona, ahí no está Dios.

La fuerza de la atracción de Dios, potente, pero no violenta, está en la dulzura de su atracción.

La mística salesiana, este amor a Dios del que hablamos, lejos de excluir el amor a los demás, lo requiere.

El ser humano, el joven, cada persona, todos nosotros, llevamos inscrito en nuestro ser la necesidad de Dios, el deseo de Dios, «la nostalgia de Dios».

Dios está presente y se hace presente a cada persona en esos momentos de su vida que solo Dios mismo elige y del modo que solo Dios conoce.

Tanto Francisco de Sales como Don Bosco hacen de la vida de cada día expresión del amor de Dios, que es recibido y también correspondido. Nuestros santos han querido acercar la relación con Dios a la vida y la vida a la relación con Dios. Se trata de la propuesta de «la santidad de la puerta de al lado» o «la clase media de la santidad» de la que con tanto afecto nos habla el papa Francisco. «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”».

Dios no nos ama porque seamos buenos, sino porque Él es bueno

A hacer la voluntad de Dios no se llega por sentimientos de «indignidad», sino por la esperanza en la misericordia y en la bondad de Dios. Esto es el optimismo salesiano.

Francisco de Sales responde al amor de Dios con amor.

Te amaré, Señor, al menos en esta vida, si no me es dado amarte en la vida eterna; al menos te amaré aquí, oh Dios, y siempre esperaré en tu misericordia

La crisis de Francisco de Sales deja traslucir lo más profundo de su ser: un corazón enamorado de Dios.

La convicción de que el amor de Dios no se basa en sentirse bien, sino en hacer la voluntad de Dios Padre; es el eje de la espiritualidad de Francisco de Sales y debe ser la guía para toda la familia de Don Bosco.

Hacer un camino desde los consuelos de Dios al Dios de los consuelos, del entusiasmo hacia el verdadero amor.

Pasar de estar enamorados al verdadero amor a los otros.

Hacer todo por amor, nada por temor, porque es la misericordia de Dios y no los propios méritos lo que nos mueve a amar.

Si San Agustín decía que «nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»[64], siguiendo el pensamiento de Francisco de Sales, podíamos decir con von Balthasar, que «tu corazón [oh Dios], se siente inquieto hasta que nosotros descansemos en ti, hasta que el tiempo y la eternidad se confundan sumergidos el uno en el otro».

Tal y como quería Don Bosco: ¡Que el amor a Cristo nos lleve al amor a los jóvenes!, característica salesiana de nuestra vida y permanente desafío para la Familia de Don Bosco hoy y siempre.

Su vida de oración es su historia personal de amor con Dios.

Para Francisco de Sales la oración como comunicación con Dios, es el corazón de la persona humana que habla al corazón del Señor. Es la forma de oración de la espiritualidad encarnada.

La oración nos permite encontrar ese corazón de Dios y conformar nuestro corazón con el suyo.

La caridad es la medida de nuestra oración, porque nuestro amor a Dios se manifiesta en el amor al prójimo.

En esto consiste la «oración de la vida»: en realizar todas las actividades en el amor y por amor de Dios, de tal modo que toda la vida se convierta en una oración continua.

Conviene encontrar momentos para retirarnos al propio corazón, apartados del ajetreo y del activismo, y conversar de corazón a corazón con Dios.

En Ella (María) comprobamos lo que Dios está dispuesto a hacer con su amor, cuando encuentra corazones disponibles como el de María. Vaciándose de sí misma, recibe la plenitud de Dios. Permaneciendo disponible para Dios, Él es capaz de realizar en Ella grandes cosas.

 

 

Ángel Fernández Artime

Rector Mayor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Lettre CCXXXIV. À la Baronne de Chantal, OEA XII, 359. La carta está fechada el 14 de octubre de 1604: «Pero si os gustan mucho las oraciones que antes habéis indicado, no cambiéis, os lo ruego, y si os parece dejar alguna cosa que os propongo, no hacerse escrúpulos, porque la regla de nuestra obediencia, que os escribo con grandes letras, es: HACER TODO POR AMOR, NADA A LA FUERZA; CONVIENE AMAR MÁS LA OBEDIENCIA QUE TEMER LA DESOBEDIENCIA. Os dejo el espíritu de libertad, no el que excluye la obediencia, que esta es la libertad del mundo, sino la que excluye la violencia, el escrúpulo, el ansia. Si amáis fuertemente la obediencia y la sumisión, querría que si viene la ocasión justa y amorosa de dejar algún ejercicio vuestro, que sea una especie de obediencia y que esta ausencia sea sustituida por el amor».

[2] Cuarto propósito hecho por el joven Don Bosco en ocasión de los ejercicios espirituales antes de la ordenación sacerdotal. Cf. J. Bosco, Propósitos hechos por el joven Don Bosco en los ejercicios espirituales, en Instituto histórico Salesiano, Fuentes salesianas. Don Bosco y su obra. Recopilación antológica, Editorial CCS, Madrid 2015, 883.

[3] J. Bosco, Memorias del Oratorio de S. Francisco de Sales, en Instituto histórico Salesiano, Fuentes salesianas, 1062.

[4] Carta a Juana de Chantal (OEA XIV, 111). Para las citas de san Francisco de Sales, vemos que muchos autores citan las mismas fuentes, en ocasiones usando nomenclatura diferente. Para evitar confusiones, citaremos, a ser posible, la obra original con su libro y capítulo para que pueda ser encontrado más fácilmente en cualquier versión o idioma. En la referencia más aceptada de sus obras es la edición completa de 27 volúmenes basada en los autógrafos y ediciones originales bajo el cuidado de las Religiosas de la Visitación del primer Monasterio de Annecy, Oeuvres de Saint François de Sales citado con las siglas OEA (“Obras Edición Annecy”, indicando el volumen y la página de esta obra). En ocasiones citaré solamente la fuente secundaria. Existen, para ventaja de la consulta de las citas y la lectura, una magnífica biblioteca digital con todas las obras de San Francisco, disponibles en diversos formatos digitales: https://www.donboscosanto.eu/francesco_di_sales/index-fr.php

[5] Cf. M. Wirth, San Francesco di Sales. Un progetto di formazione integrale, LAS, Roma 2021, 76-77.

[6] Cf. M. Wirth, San Francesco di Sales, 76. La cita completa: «Dios nos ha manifestado de tantas maneras y por tantos medios que quiere que todos nos salvemos, que nadie lo puede ignorar. Con este intento nos hizo a su imagen y semejanza por la creación, y Él se hizo a nuestra imagen y semejanza por la encarnación, después de la cual padeció la muerte, para rescatar a toda la raza de los hombres y salvarla». Tratado del Amor de Dios, VIII, 4.

[7] Cf. Homilía sobre la conversión de San Agustín (OEA IX, 335). Citado en M. Wirth, San Francesco di Sales, 76.

[8] Cf. M. Wirth, San Francesco di Sales, 140.

[9] Tratado del Amor de Dios, II, 12: «Que los llamamientos divinos nos dejan en completa libertad para seguirlos o para no aceptarlos».

[10] Cf. F. Vincent, Saint François de Sales, directeur d’âmes. L’éducation de la volonté, 264 (nota1). Citado en M. Wirth, San Francesco di Sales, 140.

[11] Cf. Francisco de Sales, Tratado del Amor de Dios, I, 18: «Mas, si no podemos naturalmente amar a Dios sobre todas las cosas, ¿por qué tenemos esta natural inclinación a ello? ¿No es una cosa vana el que la naturaleza nos incline a un amor que no nos puede dar? ¿Por qué nos da la sed de un agua tan preciosa, si no puede darnos a beber de ella? ¡Ah, Teótimo, qué bueno ha sido Dios para con nosotros!».

[12] Cf. Gaudium et spes, 22: «En realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado […] Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual».

[13] Los comentaristas de san Francisco de Sales sugieren que se atribuye al santo una frase que expresa la profundidad de este principio: «Los que aman hacerse temer, temen hacer amar».

[14] Cf. M. Wirth, San Francesco di Sales, 145.

[15] Cf. M. Wirth, San Francesco di Sales, 130, nota 1: «En el manuscrito del curso de filosofía del mes de marzo de 1586 había copiado en grandes caracteres esta frase latina de san Agustín: “Fecisti nos, inquit, Domine, ad te, et inquietum est cor nostrum donec revertatur ad Te” (OEA XXII, 7). También se encuentra en una homilía de 1594 (OEA VII, 189).

[16] Cf. OEA XV, 28, citado en M. Wirth, San Francesco di Sales, 29.

[17] Francisco de Sales, Introducción a la vida devota I, 1.

[18] Ibidem, I, 3.

[19] Joseph Malègue, Pierres noires. Les classes moyennes du Salut, París 1958, Citado en Francisco, Gaudete et exsultate, 7.

[20] Christus vivit, 291.

[21] Mons. Jean-Pierre Camus, obispo de Belley y amigo personal de Francisco de Sales, en su libro sobre el espíritu del bienaventurado Francisco de Sales, al tratar de su celo por las almas, alaba el desapego del santo por los bienes materiales, su preocupación puramente pastoral y pone en sus labios la oración dirigida al Señor: «da mihi animas, cetera tolle». Para el fecundo escritor, estas palabras expresarían el ardiente celo pastoral que guiaba siempre todas sus empresas. Cf. J. P. Camus, El espíritu de San Francisco de Sales II, Balmes, Barcelona 1947, 339. Citado en E. Alburquerque, Don Bosco y sus amistades espirituales, Editorial CCS, Madrid 2021, «San Francisco de Sales. Afinidad y convergencia espiritual», 11-27.

[22] Cf. M. Wirth, San Francesco di Sales, 156. San Francisco de Sales se inspira en maestros espirituales que fueron al mismo tiempo predicadores, pastores y directores espirituales, como san Felipe Neri, fundador del Oratorio en Roma. Sus fuentes principales de espiritualidad son obras de espiritualidad que acercan la perfección cristiana a la condición común del cristiano del mundo.

[23] Cf. J. Bosco, Vida del jovencito Savio Domenico, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales, en Instituto Histórico Salesiano, Fuentes salesianas, 959.

[24] Francisco de Sales, Introducción a la vida devota I, 3.

[25] Carta 308. À la Baronne de Chantal, del 8 de septiembre de 1605. Consultado en la edición digital, p. 83/321. OEA XIII, 92. Citado en: Eunan McDonnell, God Desires You, DeSales Resource Center, Stella Niagara, New York, 2008, 56.

[26] Así, por ejemplo: «Son muchos los biógrafos que aseguran que era de temperamento colérico, fuerte, impaciente, muy de su raza, un verdadero saboyano. Debido a ello, frecuentemente la cólera hervía en su cabeza, se sentía desazonado ante el lenguaje insolente o las acciones desconsideradas, le irritaba interiormente el desorden, su semblante cambiaba de color y se volvía rubicundo ante una contradicción. Sin embargo, la lucha constante contra esas tentaciones, la vigilancia, el esfuerzo ascético, el dominio personal y la ayuda de la gracia, le llevan a esa dulzura exquisita que hacen de él una imagen viva de Cristo. No se debería, pues, hablar de una dulzura natural de Francisco de Sales, sino que habría que ver en ella el fruto logrado de un combate victorioso». Cf. E. Alburquerque, Espíritu y espiritualidad salesiana, Editorial CCS, Madrid 2017, 105-112.

[27] Cf. Eunan McDonnell, God Desires You, 56-57.

[28] Cf. Pío XI, Carta encíclica Rerum ómnium perturbationem, del 26 de enero de 1923. En el tercer centenario de la muerte de San Francisco de Sales, el papa Benedicto XV tenía intención de escribir una encíclica. Lo hizo en 1923 su sucesor Pío XI, quien resalta la santidad amable y accesible a todos. Brillaba su dulzura de ánimo, que podría decirse su virtud característica.

[29] J. Bosco, Carta de Roma a la comunidad salesiana del Oratorio de Turín-Valdocco, en Instituto Histórico Salesiano, Fuentes salesianas, 408.

[30] Cf. Memorias del Oratorio de S. Francisco de Sales de 1815 a 1855, en Instituto Histórico Salesiano, Fuentes salesianas, 1062.

[31] Cf. J.-P. Camus, L’Esprit du bienheureux François de Sales, partie I, section 3. Citado en M. Wirth, San Francesco di Sales, 97. Mons. Jean-Pierre Camus, hablando de su personalidad, destaca las expresiones que empleaba frente a sus oponentes y adversarios, que reflejan bien su talante humilde y su mansedumbre. Habla de hermanos, hijos de la iglesia en disposición, hermanos en esperanza en la misma vocación a la salvación, y a la sede de Ginebra siempre la llamaba «mi pobre» o «mi querida», términos de compasión y de amor.

[32] Cf. A. Caviglia Conferenze sullo Spirito Salesiano, Centro Mariano Salesiano-Istituto Internazionale Don Bosco, Torino 1985 (edición de Aldo Girauido): Abbiamo tre quarti voti. Secondo i vari aspetti: la bontà, il lavoro, il sistema preventivo […]”, 70. Cf. el comentario de E. Alburquerque, Espíritu y espiritualidad salesiana, «El cuarto voto salesiano», 119-120.

[33] J. Bosco, Carta de Roma a la comunidad salesiana del Oratorio de Turín-Valdocco, en Instituto Histórico Salesiano, Fuentes salesianas,402-403. Cf. Giovanni Bosco, Epistolario. Introduzione, testi critici e note a cura di Francesco Motto, Vol. IX (1884-1886), Istituto Storico Salesiano, Scritti editi e inediti. Vol XVI. Fonti, LAS, Roma 2021, documento n. 4022a, 120.

[34] Cf. Francisco, Mensaje de su Santidad el papa Francisco a los miembros del CG28, en ACG 433, ¿Qué Salesianos para los jóvenes de hoy? Reflexión poscapitular de la Sociedad de San Francisco de Sales, Roma-Madrid 2020.

[35] Carta de identidad carismática de la Familia Salesiana, n.32.

[36] Cf. Eunan McDonnell, God Desires You, 57.

[37] OEA XXII, 19-20.

[38] Cf. Eunan McDonnell, God Desires You, 18.

[39] Francisco de Sales, Tratado del Amor de Dios, X, 1.

[40] Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1.

[41] Cfr. H. U. von Balthasar, El corazón del mundo, Ediciones Encuentro, Madrid 2009, Citado en Eunan McDonnell, God Desires You, 30.

[42] Pío IX publicó diversos documentos sobre el Oficio de la Misa del Sagrado Corazón, erigió numerosas cofradías, concedió indulgencias a múltiples prácticas de devoción, y también beatificó a Margarita María de Alacoque (19 de agosto de 1864). En la Basílica del Sacro Cuore en el Castro Pretorio de Roma, se ven reflejados algunos de estos motivos importantes: El cuadro del altar mayor, es un lienzo encargado por Don Bosco al pintor Francesco de Rohden. Representa la tercera aparición del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita Alacoque en 1687. La composición fue diseñada por el propio Don Bosco: Cristo está colocado en el centro con un corazón flameante en la mano. Alrededor de él hay una multitud de ángeles. En la parte inferior hay una predela con dos pinturas redondas que representan a San Francisco de Sales y Santa Margarita Alacoque. En la parte superior, un querubín sostiene un pergamino con la cita del libro de los proverbios: “Praebe, fili mi, cor tuum mihi” (Prov 23, 26): «Hijo mío dame tu corazón».

[43] Benedicto XVI, Deus caritas est, 12.

[44] Cf. J. Bosco, Memorias del Oratorio de S. Francisco de Sales, en Instituto histórico Salesiano, Fuentes salesianas, 1114.

[45] El estudio sobre el acompañamiento ha recuperado interés en los últimos años, y no faltan obras que presentan interesantes propuestas para profundizar. En nuestro ambiente salesiano, cf. Fabio Attard – Miguel Ángel García (editores), El acompañamiento espiritual. Itinerario pedagógico-espiritual en clave salesiana al servicio de los jóvenes, Editorial CCS, Madrid 2019; y también J. Crespo-Bueis, (coord.), Acompañar a los jóvenes, Editorial CCS, Madrid, 2021.

[46] Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, I, 4.

[47] Cf. J. Bosco, Memorias del Oratorio de S. Francisco de Sales, en Instituto histórico Salesiano, Fuentes salesianas, 1113.

[48] Francisco de Sales, Introducción a la vida devota., I. 4.

[49] Cf. J. Bosco, Memorias del Oratorio de S. Francisco de Sales, en Instituto histórico Salesiano, Fuentes salesianas, p. 1119.

[50] Cf. Aldo Giraudo, «Dirección espiritual en san Juan Bosco. Connotaciones peculiares de la dirección espiritual ofrecida por Don Bosco a los jóvenes» en: Fabio Attard – Miguel Ángel García (editores) El acompañamiento espiritual. Itinerario pedagógico-espiritual en clave salesiana al servicio de los jóvenes, 224.

«Don Bosco es modelo: tiende a identificar en sí al educador, al confesor y al director espiritual; insiste en la acogida afectuosa, en la bondad, en la magnanimidad y el cuidado de los detalles, la intensidad del afecto demostrado, de tal modo que los jóvenes se fíen, se confíen y colaboren en la acción formativa con una obediencia pronta y cordial».

[51] Francisco de Sales, Tratado…, o.c., XI,12.

[52] Ibidem, VIII, 5.

[53] Cf. M. Wirth, San Francesco di Sales, 160.

[54] Cf. M. Wirth, San Francesco di Sales, 160. En nota, refiere este hecho en la carta de madre de Chantal a dom Jean de Saint-François, en Jeanne-Françoise Frémyot de Chantal, Correspondance, t. II, 305.

[55] Cf. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, V, 1.

[56] Cf. Eunan McDonnell, God Desires You, 127-135.

[57] Cf. OEA XXVI, 266. Citado en Eunan McDonnell, God Desires You, 128.

[58] Cf. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, II, 16.

[59] OEA IX, 342. Citado en Eunan McDonnell, God Desires You, 134.

[60] Pío XI, Carta encíclica Rerum omnium perturbationem, 26 de enero de 1923.

[61] Ibidem. Las cursivas y paréntesis son míos.

[62] El encuentro con Bartolomé Garelli en la iglesia de San Francisco de Asís, el 8 de diciembre de 1841. “[…] Me levanté e hice la señal de la santa cruz para comenzar, pero mi alumno no la hizo porque no sabía. Aquella primera lección de catecismo la dediqué a enseñarle a hacer la señal de la cruz y a que conociera al Dios creador, junto al fin para el que nos creó. […] He aquí el origen de nuestro Oratorio, que con la bendición del Señor creció tanto como entonces nunca hubiera imaginado”. Cf. Memorias del Oratorio de S. Francisco de Sales de 1815 a 1855, en Instituto Histórico Salesiano, Fuentes salesianas, 1116.

[63] Cf. Francisco, Carta apostólica en forma de «Motu Proprio» Antiquum Ministerium, del 10 de mayo de 2021 (Memoria de san Juan de Ávila) con la que se instituye el ministerio de catequista.

[64] Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1.