El texto Marcos 1, 7-11 (lee este texto, serena y tranquilamente una o varias veces hasta desentrañar parte de su estructura, personajes y organización)

Juan 7predicaba diciendo: “Viene detrás de mí el que es más poderoso que yo, y yo no soy digno de inclinarme para desatar la correa de sus sandalias. 8Yo los he bautizado en agua, pero él los bautizará en el Espíritu Santo”.
9Y sucedió que en aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado en el Jordán por Juan, 10y luego emergiendo del agua vio rasgados los cielos y al Espíritu como una paloma bajando hacia él, 11y hubo una voz desde los cielos: “Tú eres mi hijo amado, en ti me he complacido”

 

Busca leyendo... (Lo que dice el texto en si mismo para entenderlo mejor)
El evangelista, después de presentarnos el perfil de Juan el Bautista (vv. 2-6), nos presenta el contenido de su predicación (vv.7 y 8) y el cumplimiento de la misma en Jesús que es bautizado en el Jordán y la revelación divina que se sucede (vv. 9-11).
Jesús es presentado como uno que viene detrás, y al mismo tiempo como uno más poderoso; no se trata de un discípulo de Juan, tampoco de una simple sucesión temporal. Juan no es antecesor (que precede en el tiempo a otro en una dignidad, ministerio o encargo) es sobretodo precursor del Cristo (que profesa doctrinas o acomete empresas que no tendrán razón sino en tiempo venidero).
Él reconoce la grandeza del que ha de venir, y la pequeñez de su servicio. El poder y autoridad de Jesús reside en la cualidad de su bautismo: el bautismo de agua que permanece en la pureza externa es un movimiento del hombre hacia Dios – si bien necesario –, mientras que el bautismo en el Espíritu unge y consagra desde el interior.
Desatar la correa de las sandalias era tarea del esclavo que lava los pies de los que llegan a la casa, pero también es signo del garante que con la entrega de la sandalia cierra un compromiso (Rut 4, 7). Así Juan muestra que no es él quien sellará la Alianza, sino Jesús.
La teofanía sucede en el momento en que Jesús emerge del agua, lo que nos hace un recuerdo de la resurrección. La revelación de Dios es vista por una sola persona, podemos pensar que es Jesús, pues el destinatario de la voz es claramente él: “Tú eres...”
Los cielos abiertos nos recuerdan momentos de fuerte confrontación entre Dios y los hombres. Se abren los cielos en el diluvio, se cierran para castigar la tierra con la sequía en tiempos de Elías, se abren para entrever el trono de Dios y su gloria. El evangelio usa el mismo verbo que describe la división del Mar Rojo (Ex 14, 21) y los velos del templo rasgados a la muerte de Jesús (Mc 15, 38) es acción pascual.
El Espíritu baja, como ha bajado en los profetas. Baja como una paloma como eco del diluvio es signo de la vida restaurada por Dios. Hay una variación entre antiguos escritos, unos dicen que el Espíritu baja “sobre él” – lo que insinúa una acción puntual de posesión – y otros “hacia él” – insinúa un movimiento continuo –.
No es el Hijo quien por sus propias acciones complace al Padre, ese poner la complacencia es una acción del Padre hacia aquel que llama: el Amado.

 

... y encontrarás meditando. (Reflexión personal y profundización sobre la Palabra, lo que a mí me dice ahora)
Yo también soy “el Amado”
Si pensamos en ese movimiento del Espíritu hacia el Hijo, podemos intuir un dinamismo espiritual maravilloso. Jesús es el Cristo – palabra griega que designa la “unción” al “mesías”– no como quien acumula el Espíritu, sino que da plenitud a la obra de la Creación, hacia él, el Espíritu se mueve de nueva cuenta sobre la superficie de las aguas (Gn 1, 2). Y así como el mal fue exterminado con las aguas del diluvio (Gn 8, 8-12), en el bautismo de Jesús se anuncia una destrucción del mal pero ya no a través de la muerte del hombre, sino de la resurrección del Hijo, que se alza de las aguas como será levantado del sepulcro.
Este movimiento del Espíritu tira la creación entera hacia el Hijo, nos recuerda que él es el primogénito de toda la creación (Col 1, 15); y como primer Hijo lo es de muchos hermanos que somos nosotros (Rm 8, 29). El don del Espíritu en Jesús es para bautizar y ungir a otros tantos en el mismo don: de ahí que nos llamemos “cristianos”, ungidos para continuar la misión del Hijo eterno de Dios.
En Marcos, la identidad de Jesús es un tema importante, inicia con la declaración de parte del Padre: “Tú eres mi hijo”, luego en el centro de la trama Jesús pregunta a los discípulos: “¿Quién dicen que soy yo?” (Mc 8, 27ss); y se cierra con la declaración del oficial romano: “Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mc 15, 39). Así, la identidad de Jesús pasa de una relación íntima con el Padre, al conocimiento de los discípulos, y de ahí al anuncio al mundo entero. Ser hijos es comunicar esta noticia de sabernos amados por el Padre.
Dios también ha depositado su Espíritu en nosotros para llamarle “Abbá, Padre” (Rm 8, 15), no por nuestro mérito, sino porque nos ama. No podemos poseer este Espíritu como un tesoro individual, sino hacer camino como y con Jesús, dejándonos guiar como él incluso al desierto (Mc 1, 12; Rm 8, 14) para comprender el proyecto de Dios en nuestra propia vida. Para ello tendremos que recordarnos constantemente nuestra identidad: “soy hijo de Dios, hijo amado”.

 

Llama orando... (Lo que le digo, desde mi vida, al Dios que me habla en su Evangelio. Le respondo)
Te he llamado por tu Nombre... (Is 43, 1)
Señor, tú has grabado mi nombre en la palma de tu mano para no olvidarme, y me has sellado en la frente con el don de tu Espíritu. Me has llamado “hijo amado”, y aún conociendo mi pecado has puesto en mí tu complacencia. Hazme recordar siempre que soy hijo tuyo cuando vea que mis limitaciones y pecados afean la hermosura de tu imagen en mi ser, para que así yo sea lavado en las aguas de tu perdón. Cuando mi espíritu se apague ante mis tristezas o al desaliento ante un mundo lejano a tu proyecto, que yo recuerde que porto tu Espíritu que es agua y fuego para encender mi esperanza y dar vida aún en el desierto. Que el don de mi bautismo me haga estar cada día más unido a Cristo Jesús, tu Hijo y mi Señor, para que al final de mi vida se pueda decir: “éste también era hijo de Dios”. Amén.

 

y se te abrirá por la contemplación (Hago silencio, me lleno de gozo, me dejo iluminar y tomo decisiones para actuar de acuerdo a la Palabra de Dios)
¿Cuánto me gozo y me lleno de esperanza en reconocerme “hijo amado” de Dios?¿Esto me da “poltronería espiritual” o me da seguridad y libertad para actuar como Cristo? ¿Qué cosas descubro en mi corazón que no son “dignas” de un hijo y que más que complacer a Dios tienen necesidad de ser lavadas con el agua de la conversión? ¿Qué tanto me he guardado la acción de Dios en mi vida? ¿Con qué actitud rezaré ahora el Padre Nuestro, especialmente al decir “hágase tu voluntad”?